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“Ningún país merece un violador como presidente”

Zoilamérica Ortega Murillo afirma que una red de abuso de poder y de corrupción se teje en toda Nicaragua. Califica las próximas elecciones, a celebrarse en noviembre, como un “teatro electoral”.
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América Latina vive tiempos convulsos para sus democracias: en pocos meses se han sumado la destitución de Dilma Rousseff en Brasil, la hiperinflación más grande del mundo en Venezuela, el tarifazo eléctrico y las protestas masivas contra el presidente Mauricio Macri en Argentina. Mientras eso sucede, hay un país del que se habla poco: Nicaragua.

La nación del poeta Rubén Darío vive una crisis democrática que amenaza con profundizarse aún más. El presidente Daniel Ortega, quien liderara la revolución sandinista que derrocó la dictadura de Anastasio Somoza Debayle en 1979, está a punto de iniciar una nueva dinastía política. El 29 de julio, el Consejo Supremo Electoral de Nicaragua destituyó a 28 diputados de oposición del congreso, dejando al partido de Ortega, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), prácticamente sin contrapesos. Una semana exacta después, el FSLN anunció que para las elecciones de noviembre Ortega será de nuevo candidato a presidente y Rosario Murillo, su esposa, abanderada a la vicepresidencia.

A escasos 340 kilómetros de esta crisis, la hija de Rosario Murillo observa con preocupación lo que pasa en el país del que tuvo que salir exiliada hace más de tres años. Se trata de Zoilamérica Ortega Murillo, quien ha tenido que radicarse en San José, Costa Rica, como consecuencia de que en 1998 presentó una denuncia por abuso sexual en contra de su padrastro, Daniel Ortega. Cuando el tema salió a la luz, Zoilamérica tenía 31 años, y desde entonces decidió dejar su cabello crecer en señal de lucha. Asegura que se lo cortará cuando en Nicaragua deje de reinar la impunidad. A pesar de las denuncias, la justicia nicaragüense entorpeció la investigación hasta que finalmente decidió dar carpetazo en 2002. Ni siquiera ganó el juicio de desadopción para quitarse el apellido de su padrastro.

Para Zoilamérica, parte de la crisis democrática que vive Nicaragua, la concentración de poder entre Ortega y Murillo, inició con un pacto de silencio: el que hizo su propia madre, como prueba de lealtad política para encubrir los presuntos actos de abuso y acoso sexual que sufrió su hija a manos de Daniel Ortega durante casi 20 años.

A un par de meses de las elecciones en Nicaragua, y en un contexto altamente complejo para su país y la región, Zoilamérica concedió una entrevista a EL UNIVERSAL.

En esta conversación da luces sobre los pactos, traiciones y ambiciones de la nueva pareja presidencial de América Latina y de sus expectativas sobre ese pedazo de tierra que tuvo que abandonar.

 

¿Qué implicaciones tiene, desde su perspectiva, la candidatura de Rosario Murillo a la vicepresidencia de Nicaragua?


Esta es una candidatura en la que por primera vez el vicepresidente por el partido sandinista no es nominado por el congreso. Eso denota que es una candidatura impuesta, es decir, fue una elección personal de Daniel Ortega, legitimado por un poder centralizado que le da el partido, pero no surgió del sandinismo organizado.


¿Es una forma de concentrar más el poder?


La candidatura en dúo de la pareja presidencial, como se le llama en Nicaragua, tiene que ver con la imposibilidad de confiar en alguien más, de encontrar a la persona perfecta que llegue a tener ese nivel de complicidad y de anuencia a favorecer todo el nivel de encubrimiento que hay en Nicaragua a toda una serie de hechos.

Quizá el primer gran encubrimiento tuvo que ver con negar los delitos sexuales por los que yo acusé a Daniel Ortega, pero luego han venido ambos a ser cómplices de toda esta concentración de los poderes del Estado, vía reformas constitucionales alejadas de lo que realmente era el espíritu de la Constitución.

Ellos han venido también siendo artífices de una serie de actos de corrupción. Han dado concesiones a empresas transnacionales, han cedido territorio nacional en nombre de grandes megaproyectos, y en todas estas acciones difícilmente encontrarán una persona que no emita ninguna opinión crítica.

Esos niveles de lealtad que cada vez son más fundamentalistas en pedir una obediencia ciega, cada vez van a ser más difícil de encontrar, por lo inescrupuloso de la forma de gobernar y de hacer política, que genera mucho descontento, aunque estén en silencio, a lo interno de sus propios colaboradores más cercanos.


¿Qué significó esta candidatura para usted a nivel personal?



El significado personal que tiene la candidatura de Rosario Murillo, mi madre, tuvo que ver con un sentimiento que creo que está en toda víctima de violencia, sobreviviente, que enfrenta la impunidad: siempre hay una dosis de impotencia, siempre hay una dosis de dolor, en el reconocimiento persistente, desde hace 18 años, de que ella siempre ha estado y va a estar al lado de la persona que me agredió. Sin embargo, en este momento, también creo que hubo una diferencia, primero que ya no estoy dentro del cerco de posibilidades de que me hagan daño.

Yo no quisiera que en Nicaragua nos acostumbremos a que un abusador sexual pueda ser presidente tres veces; más bien quisiera que en Nicaragua se recuerde que la impunidad ante el abuso sexual fue el primer gran acto de desmantelamiento del sistema judicial y el primer gran abuso de poder que cometió Daniel Ortega y que hoy se teje sobre todo un país.


Usted presentó la denuncia en 1998, en ese momento no estaban los sandinistas en el poder. ¿Cómo se mantiene la impunidad durante tanto tiempo para que Ortega pueda influir en este proceso?



En 1998 yo denuncié por la vía civil y penal a Daniel Ortega por abuso sexual, un juicio de desadopción civil que no me permitió, al cerrarse, recuperar los apellidos de mi padre biológico, y un juicio penal por los delitos de abuso sexual y violencia.

Desde muy temprano la impunidad empezó a tejerse desde el parlamento de diputados de aquel entonces. Daniel Ortega no estaba en la presidencia, era un diputado, y no existió forma de que los diputados ni siquiera permitieran una investigación sobre los delitos que yo lo acusé, para luego obligar, vía desafuero, a que Daniel Ortega asumiera en los tribunales su propia defensa.

El partido sandinista en pleno también respaldó a Daniel Ortega, y no fue sino hasta 2002, cuando él hubo garantizado que tenía el control del poder judicial, que se presentó a un tribunal aduciendo prescripción de la acción penal y el caso fue cerrado.

Luego de ver la impunidad dominando el sistema judicial en Nicaragua, puse mi caso en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, estuvo ocho años allí. Logré el informe de admisibilidad que denotó que la complicidad se extendió al Estado nicaragüense.

Se manipularon las soluciones amistosas, para siempre decir que yo había recibido plata, que fue al final lo que el gobierno sandinista trató de usar en mi contra, al manifestar que yo había cerrado el caso a cambio de dinero.

La Comisión Interamericana de alguna forma no estuvo exenta del manejo político, y sentí que todos los espacios eran permeables a la contaminación del poder. En una situación de extrema vulnerabilidad decidí adoptar otras vías para continuar en mi búsqueda de justicia, y en 2008 pedí a la comisión que archivara el caso. Si bien desde 1977 viví abuso sexual hasta 1991, y luego desde 1991 hasta 1998, cuando hice la denuncia y detuve los delitos sexuales, desde 1998 hasta la fecha he continuado viviendo violencia política, una suerte de venganza.






Entre finales de los setenta y la década de los ochenta del siglo pasado, Daniel Ortega fue conocido en el mundo como ese hombre de lentes cuadrados y gran bigote que creó un problema geopolítico para Estados Unidos, al alinear su revolución con el bloque soviético. En esa misma época, él conoció a su futura esposa e hijastra, en el mismo país al que la segunda huiría más de 20 años después. Al que huiría de él.




 

Usted conoció a Daniel Ortega en Costa Rica, cuando la revolución sandinista luchaba para derrocar una dictadura. Ahora vuelve debido a la impunidad y el autoritarismo en Nicaragua, producto de una figura que prometió librar al país de esas prácticas. ¿Cómo analiza esta contradicción?



En lo personal, es como un ciclo que se repite. Haber estado siendo parte de un exilio de mi madre por la persecución de la dictadura somocista, y luego me corresponde a mí regresar, esta vez perseguida por quienes lucharon contra la dictadura. Es decir, al final he vivido exilio por dos dictaduras. Eso, al mismo tiempo, creo que permite una reflexión muy profunda, porque eso significa que Nicaragua no ha logrado la transformación que merece.

Esta analogía que yo hago es la que se vive en Nicaragua, y por la cual cuesta mucho reconocer que volvimos al mismo punto. Creo que todavía en el mismo seno del sandinismo organizado sigue siendo difícil y doloroso admitir que hay formas de actuar y de proceder que son similares a las del somocismo. Esto traería la pregunta, ¿para qué luchamos?, ¿para qué se derramó tanta sangre en Nicaragua? Y mucha gente continúa prefiriendo negarse a esa realidad. A mí misma me costó muchísimo juntar el abuso sexual con el abuso de poder político. La revolución sandinista vivió una derrota ética. La izquierda no pudo tampoco eximirse del autoritarismo de la que llamamos derecha. Las izquierdas tampoco pudieron eximirse de la corrupción y de los abusos de poder de lo que en su momento llamamos la derecha.

 

¿Qué piensa usted sobre la actitud de México en la OEA por la destitución de diputados opositores?
 

Yo creo que de alguna manera estas expresiones que ha venido dando la comunidad internacional, que por ahora se traducen en manifestar su preocupación por lo que ocurre en Nicaragua, como fueron las declaraciones del embajador de México ante la OEA, Luis Alfonso de Alba, pueden ser expresiones que den una alerta. En esta etapa quizá sería lo necesario, pero no suficiente.

Vamos a estar en noviembre próximo ante un teatro electoral, donde no hay observación internacional, donde no se ha permitido que la comunidad internacional legitime. Si la comunidad internacional no manifiesta con actos que el Gobierno de Nicaragua no es un Gobierno legítimo, entonces de alguna manera estarán dando la espalda a la realidad de cómo se instauran dictaduras modernas.

 

¿Se ve participando en el escenario político de su país?
 

Yo quisiera seguir trabajando en los proyectos educativos en los que estaba trabajando en Nicaragua, en educación comunitaria, en educación política, en capacitación de la cultura del consenso en mi país, del diálogo. En eso trabajé desde el final del conflicto armado en 1990 hasta el momento de mi salida.
 

¿Se siente como una figura política que pueda aglutinar algún tipo de movimiento en Nicaragua?


Yo soy, como persona, hija de la revolución. Es decir, yo me formé en la revolución sandinista, a la par de toda una generación. Ese es mi currículum político. Agregar a eso que hice una denuncia por abuso sexual contra Daniel Ortega. Si haber hecho una denuncia no logró transformar la visión de que ningún país merece tener a un abusador sexual como presidente, ¿cómo se puede pensar que alguien puede hacer liderazgo político con eso? Lo que siento es que con ese currículum de ser hija de la revolución y de además haber dado un paso de libertad y autonomía como mujer, eso me convierte en una ciudadana que puede hacer una contribución sobre todo en la vida cotidiana.



 

 


Zoilamérica anhela regresar a su país. Pero es consciente que, ahora una vez más alza la voz en medios de comunicación, solo podría hacerlo una vez que el régimen de su madre y su padrastro no estén en el poder.

Todo apunta a que en noviembre Daniel Ortega se reelegirá, Rosario Murillo será la vicepresidenta que da pie a una dinastía y que, a 340 kilómetros de distancia, su hijastra e hija, respectivamente, seguirá dejando que su cabello crezca en señal de lucha y esperanza de que un pueblo que derramó sangre para librarse de una dictadura de décadas no se deje caer en otra.

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