No más injerencia

Es normal que los familiares de los militares, y ahora este servidor, estemos en contra de la injerencia extranjera. Está claro que la única injerencia que soportamos es cuando nos regalan armas. Las balas, y eso también lo aprendimos de los gringos, son el cemento de nuestra democracia.
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Estimados familiares de los militares detenidos, cansado de ver cómo todo el mundo los ignora, o –más bien– viendo cómo sus peticiones solo tienen acogida en los amantes del rifle, he pensado que lo más sensato, especialmente después de ver los mensajes de su concentración de esta semana, es apoyarlos: solo el olvido nos traerá la paz.

No es muy difícil de entender. O bueno, sí. Después de escuchar la defensa de uno de sus abogados, al principio costó pero ahora comprendemos que lo verdaderamente condenable son los asesinatos en masa, de 10 muertos para arriba (o tal vez más, el abogado no fue preciso), pues está claro que ocho víctimas, aunque estuvieran en un mismo espacio, solo pueden considerarse simples asesinatos. Y eso, en un país como el nuestro, es pura bagatela, como diría el buen Félix Garrid.

Pretender que las cosas nunca ocurrieron, como lo dictó nuestra Ley de Amnistía, es la clave para avanzar. Es obvio que después de los miles de muertos de la guerra, y de los miles subsiguientes en tiempos de paz, nada podemos hacer para procesar tanto duelo inconcluso. Lo mejor es seguir adelante, construyendo nuestro futuro sobre ese charco de sangre cada vez más extenso, una chinampa que, por cierto, nada tiene que envidiarle a la gran Tenochtitlán. Algunos dirán que las lágrimas que nuestro Haile Selassie derramó en Morazán no sirvieron de nada, pero al ver en lo que nos hemos convertido, después de aquel espectáculo, hasta los militares prófugos estarán de acuerdo con que vivir esta paz es mucho mejor que pasar la vejez en un calabozo.

Además, solo un incauto pensaría que el poco afán de nuestras autoridades en condenar aquellos simples asesinatos y otros miles más, procurar justicia más allá de lamentarse (que también), tendría alguna relación con nuestra impunidad actual. Todos sabemos, pues alguna vez un jefe policial lo dijo, que la culpa de nuestra violencia es lo que se conoce como “el indio cuscatleco”. Los antropólogos lo saben, vayan y pregunten.

Dicho lo anterior, es normal que los familiares de los militares, y ahora este servidor, estemos en contra de la injerencia extranjera. Está claro que la única injerencia que soportamos es cuando nos regalan armas. Las balas, y eso también lo aprendimos de los gringos, son el cemento de nuestra democracia.

Y que yo recuerde, aclárenme si me equivoco, España no nos mandó armas o algo que nos pudiéramos aventar. Es más, lo que sí hizo fue robarnos el oro y el penacho turquesa de Atonal. Supongo que los familiares ya lo habrán pensado, pero si no, sería bueno pensar en un boicot: no más Barcelona ni Madrid, que para el caso ya tenemos al Fas y al Alianza; no más español, pues, por suerte, ya casi solo hablamos en inglés (“Welcome to The Savior”, ¿se imaginan?); y de paso me le prohíben la entrada a Miguel Bosé por hereje.

Antes de terminar, quisiera retomar una frase dicha en la manifestación del otro día. Dijo alguien: “El país necesita paz, necesita trabajo, necesita libertad, tenemos que retomar los valores que hemos perdido”. Qué lindo. Todo esos valores que, precisamente, nos han acompañado desde la firma del armisticio del 92: cuando dejamos de acusarnos de matavacas y escuadroneros cuando discutíamos, cuando se acabó la desigualdad, cuando ya no hubo más resentidos que querían comer los tres tiempos, cuando las diferencias por un parqueo se dejaron de resolver con las 9 o las 3.57, cuando adoptamos la canción de José Luis Rodríguez como himno y nos agarramos de las manos.

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