No me calles

De cuando en cuando surgen causas públicas en las que las masas, ávidas de oportunidades para alzar la bandera de la moral, surgen encantadas a dar todo tipo de opiniones, condenas, insultos...
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OPINIÓN (Desde acá)

De cuentos y cuentas

En tantos años de hacer periodismo ya me acostumbré a que la gente suele desquitarse con el mensajero cuando un mensaje no le gusta. ¿Va mal la economía? Culpa de los medios que venden una mala imagen del país. ¿Más violencia? Los medios la engendran. ¿Polarización? Los medios la atizan.

Y un sinfín de etcéteras. No me voy a referir aquí a la discusión sobre los medios y la cultura de masas —que debería incluir el análisis de la publicidad, la propaganda, la fijación de agendas y la cosificación de la mujer, entre otros—, sino a la prensa, al trabajo periodístico, como parte del engranaje de las democracias.

En El Salvador gozamos actualmente de libertad de expresión. Hay cada vez más canales para expresar nuestras ideas y opiniones, del tipo que sean y del tema que sean. Han surgido cada vez más blogs, páginas, periódicos electrónicos, espacios radiales y programas televisivos en los que se puede ejercer esta libertad.

Sin embargo, hay quienes aún se quejan de que esta no existe, o de que es muy limitada. Quizá se trate de un caso de mala memoria o de no haber vivido lo que fue El Salvador 25 años atrás cuando, efectivamente, dicha libertad no existía. Pareciera que se nos olvidó que hubo una época en la que no se podía leer cualquier cosa, escuchar ciertos discos, tocar alguna música, entonar determinadas canciones o vestir colores específicos.

Se nos ha olvidado la cantidad de gente que murió en el proceso en el que, finalmente, logramos un primer intento de acuerdo como sociedad, se firmó un cese al fuego y desde entonces hemos tratado de construir nuestra democracia. Nos olvidamos de toda la sangre, el dolor, los desplazados, los exiliados y las familias desintegradas que quedaron en el camino para llegar a donde estamos hoy.

Resulta que ahora, incluso, se escuchan cada vez más voces a favor de limitar esta misma libertad. Sin importar quién esté en el poder, parece una tendencia irremediable querer callar o amedrentar al que piensa distinto, al que me critica, al que no me aplaude. La labor periodística debe lidiar con esto en todo el mundo, bajo todo tipo de regímenes, del color que sean.

Esta es una trampa en la que no se debe caer. Si bien es cierto que los medios tienen sus propias líneas e intereses, que se expresan en sus políticas editoriales, y que muchos de ellos son, además, empresas que buscan un beneficio para seguir funcionando, es de reconocer la pluralidad de opciones con las que ahora contamos. Los esfuerzos deben enfocarse en ser audiencias críticas y en lograr que la pluralidad de medios continúe ampliándose y, sobre todo, democratizándose.

En clases de periodismo se repite la misma pregunta: ¿Existe la objetividad? No, pero es una utopía, un deber ser, una meta que nos sirve como norte. Y en nuestro país, como en todo el mundo, existen periodistas que se dedican al oficio por amor y vocación, que están dispuestos a escarbar y a indagar, a ser los “perros guardianes” que vigilan al poder, y a ejercer su trabajo con método e integridad.

Mi invitación es a que leamos, con una perspectiva crítica, todo tipo de medios, desde los que se identifican más con nuestra manera de pensar como aquellos a los que simplemente no les creemos. Eso nos ayuda a tener una visión más amplia de la realidad, a informarnos mejor, a crearnos un criterio. No desaprovechemos la oportunidad de enriquecernos con este abanico de visiones ni de ejercer nuestra propia libertad de expresión, por los canales a los que tengamos acceso.

No olvidemos de dónde venimos y lo que como país hemos tenido que atravesar para que ahora se pueda expresar en voz alta lo que pensamos y en lo que creemos. No caigamos en el engaño de querer silenciar –o estar de acuerdo con que silencien– al que piensa distinto. Maduremos como sociedad, nos favorece a todos

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