No se debe repetir

Las Palmas ha cambiado, en algunas cosas. Lo que después de varias capturas y proyectos culturales todavía no se ha hecho desaparecer es el miedo.
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<p>No somos pocos los que aún nos estremecemos al recordar la imagen de las víctimas de la masacre de Antiguo Cuscatlán que ocurrió en junio de 2006. Daniel, Luis, Vilma y Mayra fueron asesinados cuando empezaban a instalar su venta de pupusas.</p><p>A seis años de esa madrugada, el periodista Ronald Portillo nos hace recorrer los pasajes de la comunidad Las Palmas, en San Salvador. El lugar del que salieron las víctimas y también las personas que fueron sentenciadas como autores intelectuales y materiales de estos homicidios.&nbsp;</p><p>Las Palmas ha cambiado, en algunas cosas. Lo que después de varias capturas y proyectos culturales todavía no se ha hecho desaparecer es el miedo. En este lugar en donde se debería tener muy presente el recuerdo de Daniel, Luis, Vilma y Mayra para no repetir ni su historia ni su final, nadie habla de ellos, al menos no sin mirar a todos lados.</p><p>Pocas medidas son las que llegan a calar en comunidades como esta. Los proyectos a largo plazo acaban ahogados por falta de dinero o de gente para ejecutarlos. Lo único que parece constante es la represión, y ni siquiera se hace de la forma más adecuada. Y este no es ni el primero, ni el único lugar en el país que se encuentra en esta situación. Son cientos, y solo reparamos en alguno de ellos cuando se manchan de tragedia.</p><p>Hemos incluido también la primera parte de una crónica que relata un doloroso episodio en la historia de Guatemala. Se trata de la masacre de Dos Erres, una aldea de Petén, en donde en 1982 fueron asesinadas más de 200 personas. Durante años, el ejército guatemalteco insistió en culpar de esto a la guerrilla, pero la evidencia encontrada recientemente involucra a los Kaibiles, un comando de la Fuerza Armada.</p><p>Aparte de testimonios, las pruebas involucran a dos jóvenes. Ellos son sobrevivientes de Dos Erres. Eran unos niños de tres y cinco años en 1982. Dos militares los apartaron de la muerte y los criaron como sus hijos. Ahora están empezando a asimilar lo que les pasó. Y empiezan a tomar en cuenta las dimensiones de lo que significa ser una prueba viviente de un exterminio, de algo por lo que su país no puede volver a pasar.</p>

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