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Nosotros, los hijos de los 70 y 80

No hay manera de explicar a fondo quiénes somos sin hablar de la guerra más reciente. Los que nacimos en esos años de conflicto vivimos una experiencia doble: un “yo” formado de experiencias propiamente vividas y otro “yo” heredado de la historia del país.
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“Soy el hijo de Guillermo Antonio Aldana Henríquez, el primero de la izquierda en la fila del medio, quien fue acusado con los otros estudiantes del atroz asesinato de Ernesto Regalado Dueñas”. Así se presentó Guillermo Emilio Aldana hijo, refiriéndose a la foto de la portada de un periódico, en una comunicación que me hizo llegar en junio de este año.

El hijo relató la historia del secuestro de Ernesto Regalado Dueñas, una coyuntura decisiva para su familia que terminó llevándolos a instalarse en Estados Unidos. Su padre, Guillermo Antonio Aldana Henríquez, fue acusado de ser parte de una célula armada que luego se conoció como El Grupo. El Grupo interceptó a Ernesto Regalado Dueñas mientras este se conducía a su oficina por la mañana el 11 de febrero de 1971. Le exigen que se baje de su carro y que se suba a otro a punta de pistola. Los secuestradores demandan la cantidad de un millón de dólares a la familia por la libertad de Ernesto. Regalado Dueñas es “ajusticiado” (ejecutado) casi una semana después y aparece su cadáver el 18 de febrero en la calle San Antonio Abad.

Guillermo Aldana hijo había leído una entrada en mi blog dedicada al suceso de su padre y me entregó otra parte de la historia: el testimonio sobre el caso, escrito por su tío abuelo. Ahí su tío abuelo garantizaba que Aldana nunca fue miembro de El Grupo, pero que cayó bajo esta sospecha por una crítica pública que escribió en contra del entonces presidente de la República, Fidel Sánchez Hernández. El testimonio y la falta de evidencia concluyente que presentó la parte acusadora en el juicio llevaron a que el juez de la causa sobreseyera a favor de su padre, Guillermo Antonio Aldana Henríquez.

Lo que quiero sacar a luz al compartir esta anécdota es la existencia de una generación de hijos salvadoreños cuyas vidas están estampadas por las décadas de los setenta y ochenta; con la generación de nuestros padres; con las ideologías y posiciones políticas que ellos asumieron y las organizaciones a las que ellos pertenecieron. No hay manera de explicar a fondo quiénes somos sin hablar de la guerra más reciente. Los que nacimos en esos años de conflicto vivimos una experiencia doble: un “yo” formado de experiencias propiamente vividas y otro “yo” heredado de la historia del país. Algunos llevamos los nombres y apellidos de los protagonistas de la guerra, otros ocupamos sus espacios cargados de memoria y heredamos sus historias contadas.

Nuestra generación vio las protestas, violencia, desplazamientos, encierros, secuestros y amenazas de la guerra sin poder entenderlos. Por ser niños, fuimos testigos a medias o apenas intuíamos lo que pasaba. Ahora recordamos la infancia de una forma fragmentada y nos apropiamos de las memorias ajenas en el proceso de construir una identidad. Así es que, como en este caso de Guillermo Aldana hijo, contamos las historias de nuestros padres para poder determinar quiénes somos nosotros.

Los que nacimos en los años setenta y ochenta en El Salvador heredamos una carga pesada de memoria; nacimos dentro de un esquema narrativo que nos sigue tiranizando y que requiere una negociación constante entre recordar el pasado y entregarnos a las exigencias de nuestras propias vidas. Es posible que nuestra generación no se dé cuenta aún que tenemos historias que valen la pena narrar; lo nuestro siempre parece intrascendente en comparación con la guerra. ¿Cómo recordar las historias de nuestros padres sin permitir que estas desplacen nuestras propias vidas? ¿Cómo re-presentar lo sucedido sin saquear la memoria, sin abusar de los recuerdos ajenos? ¿Qué le debemos a los espectros del pasado? y ¿qué nos deben a nosotros?

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  • ernesto regalado dueñas
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