Noticias del SS San Blas

El barco de vapor San Blas encalló en una playa de La Libertad en 1901. Su historia estaba sumergida en el olvido hasta que un arqueólogo, que busca protegerlo de los saqueos, investigó los detalles del naufragio. El San Blas es una cápsula de tiempo que guarda las noticias de la navegación en El Salvador de principios del siglo XX. Este es un viaje al pasado.
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El arqueólogo Roberto Gallardo está de pie sobre la arena de una playa desierta. Observa fijamente las olas del mar como buscando algo que ha arrastrado la marea, algo que está oculto bajo el agua, algo que se le ha perdido. Achinando sus ojos en lugar de usar binoculares y con su mano sobre las cejas para bloquear el sol, el investigador busca un barco de vapor que se hundió aquí hace 112 años. Antes que naufragara el trasatlántico Titanic.

—¡Allá está el barco! debajo de aquel remolino –dice Gallardo señalando un sector donde el agua está más agitada que en el resto del mar que se extiende frente a nosotros.

El arqueólogo dice que tendremos que nadar 180 metros para poder ver el naufragio. Al menos lo que queda del navío que estaba a cargo del capitán austriaco Joseph Cattarinich, un hombre políglota, masón y altamente educado; quien era un marinero respetado hasta que su SS San Blas encalló en la lengua rocosa de este lugar. El descuido de Cattarinich bautizó para siempre esta playa del departamento de la Libertad. Un naufragio que marcaría para siempre la vida del veterano capitán.

Parece una mañana ideal para buscar los restos del barco de 86 metros de largo. Una leve brisa y un cielo sin nubes complementan un mar con poco oleaje. El SS San Blas no puede verse todos los días. El naufragio está cerca de la barrera de olas que revuelven el lecho marino y enturbian el agua. Así que los arqueólogos y buzos buscan mañanas apacibles como la de este jueves. Roberto Gallardo agarra su snorkel, sus dos aletas y camina en calzoneta roja rumbo a las olas.

—Solo es otro día en la oficina –dice el investigador antes de comenzar a nadar mar adentro, como parte de su trabajo para preservar el patrimonio cultural subacuático del país.

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Cada barco se piensa indestructible. Los ingenieros navales dedican horas en la búsqueda de la innovación. Buscan crear navíos que sean hitos en la tecnología naval de su tiempo. Crear máquinas cómodas y precisas que sean capaces de sobrevivir las tempestades de los océanos. La premisa es ir más lejos y más rápido que sus predecesores. El barco de vapor Steam Ship (SS) San Blas no fue la excepción. Y cuando el navío salió de los astilleros de Chester, Pensilvania, estaba equipado con el mejor motor que un trasatlántico podía tener en 1882.

El vapor San Blas había sido mandado hacer por una de las grandes navieras estadounidenses de la época: la Pacific Mail Steamship Company (Compañía de barcos de vapor para correo del Pacífico). Una compañía subsidiaria del Gobierno norteamericano que buscaba negocios y, de paso, llevaba en sus barcos la tarea de unificar a Estados Unidos. La Pacific Mail Steamship Company había sido creada en 1847 para navegar la ruta marítima que conectaría el recién adherido estado de California con el resto de la unión.

La ruta no era sencilla. Un vapor zarpaba de Nueva York y navegaba hacia el sur hasta llegar a Panamá. La travesía continuaba cuando los pasajeros bajaban del barco y cruzaban hasta el lado del Pacífico por vías terrestres. Allí, abordaban otro navío que los transportaba desde Centroamérica hasta la bahía de San Francisco. Todo el viaje podía durar más de dos meses.

El trayecto a través de Panamá se convertiría en una ruta comercial. El SS San Blas cubría el recorrido entre Panamá y California. En su trayecto, el barco de vapor iba atracando en puertos centroamericanos, como Acajutla, La Libertad y La Unión. Era la primera vez que El Salvador estaba en una ruta naviera. Antes del gran imperio de la Pacific Mail Steamship Company, solo dos barcos llegaban a los puertos salvadoreños cada mes; después el número se incrementó a 63 embarcaciones.

La base del SS San Blas era el puerto de San Francisco, California. Desde ese puerto salió en su último viaje a Centroamérica sin conocer su destino final en la costa salvadoreña. La noticia sobre el viaje del San Blas se publicó en la tercera columna de la octava página del periódico The San Francisco Call, para la edición del sábado 30 de noviembre de 1901.

El vapor San Blas salió a tiempo rumbo a Panamá y los puertos centroamericanos. El navío dejó el muelle de San Francisco cuando era el mediodía. El San Blas partió junto a otros dos trasatlánticos hacia el mar del Sur. La salida del SS Australia rumbo a Tahití estaba prevista para las 10 de la mañana, pero se retrasó por problemas en la sala de máquina. Por su parte, el SS Palena también partió a su travesía hacia Suramérica. A esa hora, los bancos de arena de la bahía no eran visibles y los vientos soplando al sudeste empujaron a los barcos a mar abierto. Parece que los vapores se encontraron con una fuerte tormenta ya en el océano. Una gran multitud bajó hasta el puerto para ver a los barcos alejarse de la bahía. Los vapores Australia y Palena iban llenos de pasajeros pero el SS San Blas se fue sin personas en la primera cabina. Aunque el navío llevaba 62 tripulantes en la antecámara y unos asiáticos con destino a Panamá. El SS San Blas era comandado por el capitán Joseph Cattarinich y transportaba mercancía valorada en $97,000 para los puertos de Centroamérica. El vapor llevaba 3,228 barriles de harina, 80 pacas de cerveza, 5,664 galones de aceite, 335 libras de pan, 588 municiones, 6,000 libras de frijoles, 24,490 libras de maíz, 80 barriles de cemento, 450 libras de fruta seca, 42 paquetes de medicinas, 40 galones de licor, 10 toneladas de sal, 54 cajas de salmón, 10 cajas de zapatos, 5,410 galones de vino, 408 galones de whisky, 340 rollos de alambre para cercos, entre otra mercadería.

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El arqueólogo Roberto Gallardo avanza rápido entre las olas del mar. El océano no es tan apacible como se veía desde la playa. El agua está tibia y tiene una tonalidad verde oscura. Si se sumerge el rostro con la máscara de snorkel puesta se pueden ver unas grandes rocas en el lecho del mar. Lo demás es solo oscuridad. Nadamos a medio camino de donde debe de estar el San Blas. Roberto Gallardo avanza unos cinco metros adelante.

Nadar es un ejercicio natural para el investigador. Gallardo fue uno de los primeros surfistas que llegó a estas playas de La Libertad en 1979. El arqueólogo comenzó cuando tenía 13 años y sus compañeros de escuela llegaron con el cuento de lo bien que se pasaba surfeando. Eran muchos años antes que vinieran los surfistas israelitas y norteamericanos. Pero Roberto Gallardo también se graduó de arqueología y estudió una maestría en la universidad de Colorado, Estados Unidos. Ahora solo mezcla su pasión por el mar y el estudio del pasado.

—¡El barco debe de estar por aquí¡ –grita el arqueólogo para hacerse escuchar sobre el oleaje.

En seguida, Gallardo se sumerge en el agua en busca del naufragio. Nadando mar adentro, se ven las ramadas de la vecina playa El Majahual y los cerros con poca vegetación que coronan toda la línea costera. El investigador tarda varios segundos bajo el agua. Las corrientes de la costa y el cercano río Comasagua nos arrastran del lugar donde estamos sin darnos cuenta. Gallardo sale a superficie y dice que el vapor San Blas debe de estar más lejos de la orilla.

Nadamos unos metros mar adentro. Son casi las 10 de la mañana. Solo se ven unas rocas debajo de donde avanzamos. De repente, el arqueólogo grita que estamos sobre el costillaje de la nave. Metemos el rostro en la superficie del agua. El San Blas se alcanza a ver en el fondo del mar. Yace a unos 10 metros de profundidad de donde nadamos. Las otras partes del barco se asoman entre la oscuridad del lecho marino. Los cilindros de la nave lucen gigantescos y algunos hierros retorcidos parecen brazos delgados que salen del arrecife. El motor del SS San Blas está petrificado después de tantos años bajo las aguas del Pacífico. Una mancha de peces amarillos con rayas negras nadan entre el santuario submarino en el que se ha convertido. Por momentos, se siente como si el movimiento de las olas estuviera a punto de golpearnos contra los hierros que se miran con gran nitidez. Roberto Gallardo luce emocionado y dice que nunca lo había podido ver con tanta claridad. El surfista se sumerge de nuevo para tocar el pecio. El arqueólogo ha investigado hasta la saciedad para reconstruir la historia del barco que ahora está bajo sus aletas. Ha pasado horas y horas leyendo viejos periódicos en la librería del Congreso de Estados Unidos. Ahora, parece como si el arqueólogo quisiera revivir el antiguo barco de vapor y poder navegar en él.

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La travesía del vapor San Blas duraba un mes desde San Francisco hasta El Salvador. Eran días y días bordeando las costas del Pacífico. Hay pocos escritos sobre el viaje, pero aún queda uno. En junio de 1894, Verona Pollock –esposa de un cónsul estadounidense asignado en San Salvador– escribió sobre la travesía que la trajo a ella y a su esposo hasta Centroamérica. La historia fue publicada en el diario Salt Lake Herald con el título: “El viaje a la República Centroamericana, las impresiones de una dama reconocida de la ciudad de Salt Lake”.

El Océano Pacífico lleva un nombre adecuado a su naturaleza, generalmente es tranquilo y sin muchas olas. Pero cuando se prepara una tormenta es en una escala gigantesca. El vapor San Blas, de la Pacific Mail Company, tuvo la mala suerte de atravesar por una de estas tormentas a la salida de San Francisco. El mar estuvo rugiendo y espumando por dos días y sus noches como nunca antes lo había visto. El barco trataba de avanzar pero todo fue en vano porque el viento no lo permitía. Yo luché por mantenerme bien, pero sucumbí a los mareos como el resto de pasajeros. Y lo único que nos abstuvo de rendirnos al miedo fue que el veterano capitán William H. McLean estaba al mando. Él ha pasado por estas aguas por tantos años que conoce cada pulgada de ellas, y su seguridad es contagiosa.

El recorrido entre San Francisco y Mazatlán se realiza en cinco días sin parar, pero después, en todos los puertos donde el barco atraca se retrasa de uno a tres días. Más en esta temporada, cuando los cargamentos de café son pesados. El puerto de Acapulco, en México, es la bahía más grande y la única en el viaje. Abajo, al sur del Ecuador, el SS San Blas continúa cada día de nuestro viaje y el aire se vuelve más fragante y refrescante. Hasta que nos damos cuenta que hemos llegado a los trópicos. Aquí, la nieve es desconocida y el café es el producto principal de la tierra. Arribamos a Acajutla en una mañana soleada después de un viaje por más de 20 días. El San Blas fondeó aproximadamente una milla y media mar afuera. Es lo más cerca que pudo llegar de la costa. El acercamiento a Acajutla es peligroso. Grandes piedras negras sobresalen y las olas golpean contra ellas, mientras otras rocas se encuentran ocultas bajo el agua. Cuando hace un mal clima, para las lanchas es muy difícil llegar al muelle, y dicen que en muchas ocasiones, ni siquiera se intenta un desembarque. Si una lancha es arrojada contra las rocas, los remeros se dirigen a otra playa.

La forma de bajarse del vapor es una novedad. Se colocan seis pasajeros dentro de una caja que es bajada hasta la lancha por cables. La sensación no es desagradable. Desembarcamos con 30 americanos que se dirigían a San Salvador. Desde Acajutla, un ferrocarril de riel angosto nos lleva rápidamente hasta allá. Un ingeniero americano construyó la carretera y un conductor americano está a cargo del tren. Y mientras ahora, yo camino por las calles de San Salvador, bajo un cielo que quema, casi tengo lástima de los nativos que nunca han visto una genuina tormenta de nieve de Utah. Su idea de invierno es nada más que la lluvia. Todo es bonito durante el verano, pero se convierte muy monótono cuando dura 365 días al año.


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El arqueólogo Roberto Gallardo me dice que la costa de El Salvador es una trampa natural para los barcos. Las playas de naturaleza volcánica tienen lechos rocosos que no son fáciles de localizar a simple vista. Llevamos casi una hora nadando sobre el naufragio del SS San Blas y este es solo un ejemplo de lo traicionera que es la costa salvadoreña. Ahora, Gallardo está tratando de reconocer pieza por pieza de lo que queda del motor. La cercanía del antiguo vapor a las olas hace que grandes partes de la nave se hayan perdido. El investigador dice que en otras playas del país hay naufragios en mejor estado.

En El Salvador, el departamento de arqueología de la Secretaría de Cultura tiene registrados nueve barcos hundidos en distintos puntos del litoral. Hay pecios en Acajutla, la Barra de Santiago, Los Cóbanos, Jiquilisco y en la playa San Blas. Un patrimonio cultural subacuático que ha sido identificado por Roberto Gallardo, el arquitecto José Roberto Suárez y el arqueólogo Marlon Escamilla. La identificación de los naufragios comenzó hace 12 años con el minucioso trabajo de José Roberto Suárez por reconstruir la historia de los SS Columbus, el SS Douglas, el Cheribon y otros navíos que yacen en el fondo de Los Cóbanos. El arquitecto y fotógrafo subacuático hizo más de 100 inmersiones para registrar los barcos.

Unos días después de nadar sobre el San Blas, Suárez aseguró que su fascinación por los navíos nació cuando por accidente se topó con un naufragio en una de sus inmersiones para fotografiar la fauna marina. “Yo tenía un hotel en medio de una comunidad de pescadores y les conté sobre el barco que había visto debajo del agua. Después de eso, ellos me regalaban las piezas que encontraban porque sabían de mi interés por registrarlo. Poco a poco fui investigando y te das cuenta que esos barcos son cápsulas de tiempo, en ellos se exportaban todos los productos que se producían aquí, nuestro desarrollo como país fue gracias a esos barcos y es extraño no tener tantos antecedentes”, planteó Suárez.

El Salvador nunca le ha puesto demasiado interés a lo que se encuentra bajo sus aguas. El proyecto de arqueología subacuática nacional comenzó en 2005 sin siquiera $1 de presupuesto asignado. Todas las inmersiones para registrar los pecios eran gracias a escuelas de buceo como El Salvador Divers y Oceánica. El arqueólogo Marlon Escamilla, quien actualmente busca navíos hundidos en las aguas del golfo de Fonseca, aseguró que las investigaciones subacuáticas cuestan el doble que un estudio de la misma magnitud que se realice en tierra firme.

Pero el problema principal que atañe a los arqueólogos es la preservación de los naufragios en la costa salvadoreña. Los pecios son saqueados para extraer cobre y hierro. El mismo Roberto Gallardo llegó al San Blas porque un dueño de los negocios cerca de la playa le avisó que los ostreros de la zona estaban robándose las piezas del barco. Sin importales, los ostreros estaban borrando lo último que queda de la historia del barco de vapor que chocó contra los arrecifes.

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La noticia del naufragio del San Blas se propagó tan rápido como el agua del mar inundó sus motores. Toda la información se transmitió por los cables mandados de Panamá. La noticia llegó con agilidad hasta la bahía de San Francisco. Y para el jueves, 19 de diciembre de 1901, el periódico The San Francisco Call retomaba el incidente marítimo en su portada.

La Pacific Mail Company ha sufrido otra gran pérdida. El vapor San Blas ha encallado cinco millas al norte del puerto de La Libertad, El Salvador, y probablemente sea una pérdida total. Un agente de la Pacific Mail Steamship Company desde Panamá mandó un mensaje que decía que todos los pasajeros y la tripulación fueron rescatados. Asimismo, el equipaje y el cargamento de cubierta se salvaron del naufragio. Pero la carga que viajaba en los compartimentos inferiores está toda bajo el agua. El vapor será una pérdida total. No hubo exaltación cuando el navío encalló y los pasajeros fueron bien proveídos. El San Blas llevaba un cuantioso cargamento para los puertos de Nicaragua, Costa Rica y Panamá al sur de Acajutla.

Las novedades sobre el naufragio eran escuetas a finales de diciembre de ese año. No se sabía con exactitud lo que había ocurrido con el vapor San Blas en el litoral salvadoreño. La conmoción se olvidó por unos días en el gran puerto del oeste de Estados Unidos. Sin embargo, unas semanas después, algunos de los sobrevivientes del naufragio llegaron a San Francisco a bordo del SS Newport. Era el miércoles 8 de enero de 1902 y los periodistas se avocaron al puerto para conseguir el relato de la noche en la que el San Blas se estrelló en una trampa rocosa. El sobrecargo Purser R. C. Morton les contó como sucedió el naufragio cuando recién se había bajado del Newport:

Eran las 7:00 de la noche cuando zarpamos de Acajutla, y chocamos contra una lengua rocosa cuando el reloj marcaba las 11:00 p. m. Los pasajeros se habían retirado a sus camarotes. El naufragio sucedió por la espesa niebla que limitaba la visibilidad y por la equivocación del capitán Cattarinich, quien confundió las luces de algunos pescadores en la playa con las del puerto de La Libertad. El barco encalló a unas cuatro millas de ese muelle. El choque provocó que el San Blas perdiera toda la parte inferior de su casco. El vapor viajaba a toda velocidad y al colisionar con el arrecife, todo se llenó de agua hasta la cubierta principal. Un minuto después, todas las luces se apagaron y quedamos en la más completa oscuridad. Hubo pánico pero el capitán tranquilizó a todos. El mar estaba quebrando alto y las olas rompían con fuerza sobre la embarcación.

Las mujeres fueron transferidas a los botes salvavidas con gran dificultad por el oleaje. Los marineros nos mantuvimos en el barco por órdenes del capitán Cattarinich. Se tomaron precauciones y cuando se llegó a la conclusión que la nave estaba segura sobre las rocas, el capitán Cattarinich decidió que sería más seguro subir a bordo a las mujeres y niños. Sacaríamos a todos hasta el amanecer, porque la noche estaba demasiado oscura y el mar tenía corrientes. Cuando salió el sol, después de una angustiante espera, los botes fueron bajados y remamos en procesión hacia La Libertad. El oleaje era obstinado y el viaje cobró la fuerza de los marineros. Al llegar al puerto, todos estaban exhaustos. El capitán Cattarinich estaba en el puente de la nave cuando sucedió el accidente, el capitán se quedó en el barco.


Los pasajeros Thomas Dunn y Paul Jesurun también defendieron la actuación del capitán Joseph Cattarinich del naufragado San Blas. Los dos hombres dijeron a los periodistas que Cattarinich hizo todo lo que estaba a su alcance. Dunn aseguró que el SS San Blas tenía 120 personas a bordo cuando naufragó en El Salvador, y que nadie murió por sus previsiones ante la emergencia. Pero el barco de vapor quedó varado en las rocas como una estatua ineludible que recordaba el craso error de navegación del capitán. El hundimiento del San Blas le costaría a Cattarinich más de lo que cualquiera en San Francisco hubiera pensado.

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El arqueólogo Roberto Gallardo sale del agua después de nadar sobre el SS San Blas. Pero mientras camina por la playa, el investigador ve de reojo el lugar del naufragio. Unos hombres acaban de llegar a buscar ostras y Gallardo se cerciora que no estén robando las piezas que quedan de la embarcación. El investigador se quita las aletas y el snorkel. Luce un poco cansado por nadar contra corrientes. Son casi las 11.

Gallardo entra al rancho Coral Escondido, un hostal regentado por Walter Ascencio, un surfista retirado de 46 años, y su esposa, una holandesa que cambió su vida en Rótterdam por estos días pasivos de la playa de San Blas. En las paredes del lugar hay algunas de las letras que lucían en el casco del antiguo vapor. Las piezas han sido rescatadas por pescadores y ostreros de la localidad.

Gallardo se sienta cerca de la piscina. El arqueólogo dice que no desistirá en la protección de pecios como el San Blas. Las embarcaciones hundidas son sitios arqueológicos y están protegidos por la ley especial de protección al patrimonio cultural. Los arqueólogos de la Secretaría de Cultura ya han realizado talleres de sensibilización a la policía de turismo y la fuerza naval para que les ayuden a preservar los pecios y sus historias. Los hombres llenos de ilusiones por la fiebre del oro que transportó el SS Columbus y que está hundido en los arrecifes de Los Cóbanos; el navío Colón encallado en Acajutla, y donde viajó el ingeniero Fernando de Lesseps, quien diseñó el canal de Panamá; y la triste historia del San Blas y el trágico desenlace de su capitán Joseph Cattarinich.

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El capitán Cattarinich atraca su vida contra el arrecife del suicidio. Ese titular encabezó la nota en el diario The San Francisco Call sobre el suicidio del último capitán del San Blas. La historia del barco hundido en las costas salvadoreñas cobró un muerto colateral. Fue el lunes 29 de enero de 1906. La pérdida del San Blas caló hondo en Cattarinich –que cinco años después del naufragio en la costa de La Libertad– decidió morir por cuenta propia.

Orgullo, el orgullo de una antigua y gloriosa casa de Austria, el orgullo de un capitán de barco que estuvo de pie en la cubierta del SS San Blas, cuando conoció su perdición y chocó en la costa rocosa de El Salvador hace cinco años. La combinación de esos dos elementos fue lo que provocó que el capitán Joseph F. Cattarinich acabara con su propia vida en la madrugada de ayer, en su cuarto de la calle Geary. Cattarinich cometió el acto con fría deliberación. Tapó la cerradura de la puerta, cerró las ventanas, y encendió la cocina. Cattarinich se dejó asfixiar por el gas. No dejó nota.

Hace cuatro años desde que el capitán Cattarinich navegó los destinos de un barco de vapor. El último navío que comandó fue el San Blas, y lo dejó en los arrecifes de El Salvador como un triste naufragio. Ni un pasajero murió y la carga pudo salvarse, pero el navío se hundió por completo. La gente que estaba a bordo del barco dijo que el incidente no fue culpa del capitán pero a su vuelta a San Francisco fue removido del cargo. Le quitaron sus papeles de capitanía .

Esta desgracia fue un trago amargo. El capitán Cattarinich le dejó de escribir cartas a su hermano. Espero con impaciencia por el día en que sus papeles de capitán fueran regresados. Soñaba con retribuir todo lo que perdió en el naufragio. Pero la decepción más devastadora fue cuando le regresaron los papeles pero no su cargo de comandancia. Los dueños de los barcos de vapor parecían tener una sobre demanda de capitanes y lo hicieron a un lado. Cattarinich aplicó a decenas de puesto en vano. Le ofrecieron otros cargos dentro de la tripulación, pero el orgulloso capitán nunca aceptó otros puestos. Él sería capitán o nada. Por cuatro años luchó para conseguir una nave de los dueños que antes clamaban por sus servicios.

Después vino la estrechez económica. Y el capitán pasó de vivir en una gran casa a otra menos onerosa. No les dijo a sus amigos de sus problemas. Nunca aceptó ayuda y prefirió morir antes que hacerlo. Luchó contra su orgullo. Hubo tiempos que el capitán sintió que debía aceptar el trabajo que le ofrecían aunque no fuera la capitanía. Por último, aceptó un puesto dentro de la tripulación del barco Meade. Iba a estar bajo las órdenes del contramaestre y zarpar el próximo viernes. Fue apenas una semana que firmó para la travesía. Cattarinich se arrepintió enseguida. Pero un capitán de barco, un hombre de mar, nunca se retractaría de sus palabras. Toda la semana peleó con su orgullo. No vio a nadie. Se quedó en su habitación la mayor parte del tiempo. La lucha en su interior era feroz. Al final, el orgullo lo venció en la pelea. Solo había una forma de acabar con todo. Él eligió ese camino. Era un marinero de gran renombre hasta el infortunado viaje en el San Blas en diciembre de 1901.

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