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Nuestra Ruta Salarrué

Puedo ver a las familias salvadoreñas y a turistas llegando al punto del mirador, curiosos por visitar la casa donde vivió, creó y murió una de las máximas figuras de la narrativa salvadoreña.
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La primera vez que tuve la oportunidad de vivir la experiencia de una ruta dedicada a un autor fue en Suiza. Después de ver la película biográfica de Charles Chaplin guardé en mi memoria un dato crucial, mi actor preferido después de ser expulsado por las autoridades de Migración de Estados Unidos, bajo la acusación de ser comunista, se refugió en 1953 en Corsier-sur-Vevey, una bella ciudad ubicada en los bordes de la Riviera Suiza. Obstinada en seguir sus pasos, me fui a buscar su casa. Para mi sorpresa, cada cierta cantidad de kilómetros empecé a encontrar vallas con la imagen de Charlot que me anunciaban que estaba cerca de su residencia.

Al entrar a la ciudad, lo primero que vi fueron unos murales con imágenes de la película “Tiempos modernos” que cubrían por completo las paredes de unos edificios. Esta era solo la antesala para llegar a la casa donde vivió los últimos 25 años y donde escribió su autobiografía. En ese momento no pude entrar porque su familia estaba preparando el museo que ahora, dos años después de mi visita, está abierto al público.

Luego visité la Ruta de Salvador Dalí, en la Costa Brava de Cataluña. El recorrido debidamente señalizado empieza en Figueres con la visita al Teatre-Museu Dalí, hasta llegar a un pequeño pueblo de casas blancas y puertas azules llamado Cadaqués. Una vez ahí, se puede visitar Portlligat, la casa-museo del pintor, y presenciar el escenario de una de sus pinturas más famosas: la mujer de espaldas que observa desde una ventana la inmensidad del Mar Mediterráneo.

Después de esta experiencia, leí que en Londres se había planeado una ruta para conmemorar los 200 años del nacimiento del escritor Charles Dickens. El plan era visitar la casa-museo donde escribió sus novelas, ver sus manuscritos, objetos personales, mobiliario y todo lo que rodeaba su mundo personal. El recorrido incluía, además, la visita a los sitios que han servido como escenarios de sus historias y los lugares que el autor frecuentaba en el Londres de su época.

Ahora que vivo en Los Planes de Renderos, todos los días me pregunto por qué los salvadoreños no podemos tener nuestra Ruta Salarrué. Mientras subo la carretera de San Salvador a Los Planes, me gusta imaginar la ruta con vallas distribuidas cada cierta distancia que digan, por ejemplo: “Salarrué es el seudónimo de Salvador Salazar Arrué. Nació en Sonsonate en 1899 y murió en Los Planes de Renderos en 1975”, “Es autor fundacional de la literatura salvadoreña y convirtió el habla campesina en lenguaje literario”, “‘Cuentos de barro’, el libro más leído de Salarrué, reúne 33 cuentos cuya temática recoge estampas de la vida campesina de inicios del siglo XX en El Salvador”, “Cultivó amistades con otros jóvenes intelectuales, como Carmen Brannon (Claudia Lars), Serafín Quiteño y con el escritor Alberto Guerra Trigueros, propietario del diario Patria”, “Además de escritor fue pintor, escultor, músico y diplomático”. Las citas podrían incluir fotografías, pinturas y personajes literarios del autor.

Puedo ver a las familias salvadoreñas y a turistas llegando al punto del mirador, curiosos por visitar la casa donde vivió, creó y murió una de las máximas figuras de la narrativa salvadoreña. Lo que más me gusta de esta ruta es que nos daría un sentido de apropiación, de recuperación de patrimonio y alimentaría ese orgullo identitario que tanto necesitamos.

Como dice Roque Dalton en el prólogo de la antología “Cuentos de barro” editada en Cuba en 1968, “los salvadoreños tenemos una deuda de profunda gratitud con Salarrué: ha interpretado con ternura –la mejor calidad humana– y con gracia de depuradísimo talento a nuestro pueblo humilde. Lo ha puesto a hablar frente a nuestros ojos y nos ha hecho reconocernos a nosotros mismos en él”.

Bien podría el alcalde de Panchimalco, Mario Meléndez, reunirse con el Ministerio de Turismo, la Secretaría de Cultura, el Museo de la Palabra y la Imagen y todo el que quiera colaborar para cambiar las vallas de diputados sonrientes por lo que podría ser nuestra Ruta Salarrué. Los salvadoreños la merecemos.

P. D.: Gracias a mi amiga María Tenorio por compartirme sus textos de investigación sobre el autor

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