Nuestras “chiripiolcas”

Lo que hace este movimiento es positivo porque no está en disposición de negociar lo que no es negociable, sino demandable.
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Nuestras “chiripiolcas”

Nuestras “chiripiolcas”

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<p>Ya tenía decidido cuál iba a ser el tema sobre el que iba a escribir la columna de hoy, pero a última hora me tocó dar marcha atrás. Uno se programa, pero a este El Salvador le cuesta tanto estarse quieto. Pensaba celebrar un aniversario a través de la crueldad de un examen de conciencia. Verán, el 20 de julio se cumplen cuatro años de la fecha en que por primera vez lustré los “Pachines” y salté al engramillado como columnista de esta revista. En aquel domingo de 2008 debuté con un compacto de 442 palabras al que titulé «La “Sívar gore” que dejé atrás». En ella hablaba sobre el ejercicio de enfrentar a la persona que era antes de irme (en 2006) de El Salvador con la persona que hubiera sido por 2008 si no me hubiera marchado. Ahora pensaba comparar a esas dos personas con la de hoy, la que pese a solo estar dispuesto a volver como turista, se anima a opinar.</p><p> Y en esas estaba cuando al país le agarró otra de sus ya míticas “chiripiolcas”. Viéndolo y temiéndolo, de pronto, el país se encontró sin institucionalidad, con un desacato altanero de Legislativos y Ejecutivos, con una revolución inocua de la juventud más alfabetizada del país y con una serie de eventos que avergonzaría hasta a Trucutú y que derivaron en la orfandad de dirección técnica en la Selecta. Todo un poema.</p><p> Llegué a la conclusión de que el factor común de tanta bronca es la necedad en obviar los problemas estructurales. Nos creemos bomberos, pero a la hora de apagar un fuego, “somos los primeros en sacar el cuchillo”. Y como corría el riesgo de cometer el mismo error en esta columna, decidí enfocarme solo en una de tantas convulsiones: la disparidad de visiones que rodean al movimiento “Yo me visto de blanco”.</p><p>Es lógico que la juventud más pudiente e informada analice que los cambios sustanciales que necesita el país puedan conseguirse a través de campañas orquestadas a través de las redes sociales y utilizando herramientas publicitarias. Es decir, los jóvenes que por primera vez voten para elecciones presidenciales en 2014 provienen de procesos políticos en los que se privilegió lo mediático. Cuando los últimos dos presidentes de la República proceden de una pantalla de televisión, se tiende a pensar que a través de los medios se puede controlar la orientación del votante joven. Es probable que quienes apoyan a “Yo me visto de blanco” crean que a través de una red social que transmute a las calles se podrá obtener cambios inmediatos. Al fin de cuentas, aunque resulte inverosímil, El Salvador posee más usuarios registrados en Facebook que habitantes con acceso a internet. Habría que recordar que muchos de los usuarios salvadoreños de redes sociales somos (porque también es mi caso) población migrante, y por ende, con escaso margen de incidencia en asuntos internos del país. Y aun en el supuesto de que el total del un millón 36 mil usuarios que (según Internet World Stats) conforman la población online de El Salvador se identificara con el movimiento, aún quedaría más de 80% de la población total del país fuera de su “target”. Y esa es población que entrega su voto cuando les llevan edecanes a bailar al estilo “barra show” en un mitin.</p><p> Un amigo opina –y tiene razón– que lo que hace este movimiento es positivo porque no está en disposición de negociar con el Legislativo y el Ejecutivo lo que no es negociable, sino demandable. El asunto es que, ante el ya comprobado cinismo y desatención de la parte demandada e instalada en el poder, resulta improbable que vistiéndonos de blanco generemos algún impacto. Por eso, se equivoca el que me cree opositor a los movimientos ciudadanos de vigilancia y exigencia a nuestros gobernantes. Ese no es el caso. Simplemente opino que el esfuerzo está mal enfocado y que debería centrar sus objetivos en informar mejor al 80% de la población que a través de Facebook no pudo comprobar el precio de una guayabera inmaculada en un centro comercial.</p><p>&nbsp;</p>

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