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Nuestro tesoro nacional

No estimulamos la producción del libro ni fomentamos la lectura, porque no hay suficiente dinero para implementar esas políticas formativas, y hay escasez financiera porque no invertimos lo suficiente en educación.
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Escribiviendo

En noviembre, en la Biblioteca Nacional se ha tenido una intensa labor de promoción de la lectura y del libro. Pese a no ser su función propia. Sin embargo, por necesidades formativas y vacíos en el área, se considera fundamental emprender iniciativas lectoras, porque avanzar en estas acciones es responsabilidad de todos si queremos combatir la violencia y las desigualdades sociales.

Otras veces he escrito sobre la importancia de la lectura y del libro, si se trata de niños y niñas de edad temprana. Y fue así que entramos a desarrollar funciones que corresponden a las bibliotecas públicas. Porque se supone que a una Biblioteca Nacional no le corresponde fomentar la lectura, sino que debe centrarse en preservar, recopilar, organizar y divulgar información del patrimonio bibliográfico de la nación. Este tema se ha tratado en organismos internacionales y en el caso de los países del Triángulo Norte de Centroamérica, las bibliotecas nacionales deben convertirse en grandes bibliotecas públicas.

Por eso, en nuestro caso, se creó una Sala Infantil dedicada a niños y niñas de edades tempranas. También se organizaron visitas guiadas para atraer a jóvenes que llegan a conocer su biblioteca, no necesariamente a leer. Fueron cientos los que llegaron en 2016. Por otro lado, dentro de esa vía se cuenta la promoción de libros y autores. Y se agrega una exitosa biblioteca móvil que viaja al interior del país. Por último, hemos sacado la biblioteca a la calle del Centro Histórico, esto dentro del concepto de biblioteca humana.

Y la extensión cultural es parte de la humanización. Por eso se decidió crear el Festival Internacional de Literatura Infantil. El sueño es comenzar desde edades tempranas a romper con lo que llamo “síndrome antilibro” que se manifiesta en el escaso interés por divulgar el libro, por construir la paz alrededor de lo que en el pasado fue una “guerra fría contra las ideas”.

Recién firmado el Acuerdo de Paz no fueron dos o cinco que me afirmaron haber leído mis libros, pero necesitaban que se editaran de nuevo. Al preguntarles por qué los necesitaban, si los tenían en sus bibliotecas particulares, respondieron que los habían quemado o enterrado; o al esconderlos en los techos la humedad los había destruido. Esto parecería increíble para la generación “millennial”. Muchos que vivieron aquellas épocas lo sabemos, aunque preferimos olvidarlo, y es explicable, nadie quiere recordar aunque se tenga en la memoria. Un realismo trágico injustificable a más de dos décadas de firmarse la paz. No nos emocionamos con la lectura o el libro, ni siquiera con textos universitarios, y menos con obras literarias. Hay poca producción de libros y escaso consumo.

En el Triángulo Norte se lee el promedio de un libro al año, de acuerdo con estudios de CERLALC. Pese a incluir en estas estadísticas libros de Ciencias Sociales y Políticas, Economía, Matemática, porque en su mayor parte se sustituyen por fascículos. Y es minúsculo el dato sobre los que leen por placer. Conste que en el caso de Guatemala se incluyen los libros infantiles del Ministerio de Educación, que por sus programas de educación temprana distribuye por miles de ejemplares a los escolares y los jóvenes.

El marco regional de la producción de libros en 2010 fue de 4,173 títulos, inferior a los producidos en 2009 que fue de 4,881. Esto significa que en la pacificación y proceso democrático no fue incluido ese auxiliar formativo dentro del sistema de educación.

Respecto de las lecturas por medios digitales, con excepción de Costa Rica, no influyen en esas estadísticas. Se trata de un proceso lento insignificante para las estadísticas lectoras, pese al incremento de usuarios de medios electrónicos.

Pienso que en una sociedad la lectura despierta emociones constructivas, forma comunidades sensibles y críticas, al grado que el libro –incluyendo los que se leen en el sistema educativo– previene la violencia. En estos momentos San Salvador es la tercera ciudad más violenta del mundo. Sería excelente comprobar mi propuesta, con lo cual ganaríamos en desarrollo, en más empleo y más seguridad social. Pero da la impresión que hemos caído en un torbellino vicioso. No estimulamos la producción del libro ni fomentamos la lectura porque no hay suficiente dinero para implementar esas políticas formativas, y hay escasez financiera porque no invertimos lo suficiente en educación, la base del desarrollo de un país. Por lo contrario se gasta a manos en otros rubros perturbadores las emociones sociales.

Esa “guerra fría de ideas”, mencionada arriba, suprimido el autoritarismo dos décadas después de firmado el Acuerdo de Paz, nos hizo decrecer como sociedad pacífica. Entonces debe haber otros motivos, quizás sicológicos, por lo cual no se ha podido borrar el síndrome antilibro. Nos perdemos cultivar pensamiento crítico que crea tolerancia de ideas. No se han borrado los malos recuerdos, producto de las emociones. Aunque sí lo guardamos en la memoria como un proceso somático. Aquí podría estar la explicación. El recuerdo y el olvido, a diferencia de la memoria, están relacionados con las emociones. Pero esa construcción emotiva social no está para tafetanes, como la Magdalena.

Sin embargo, cuando contamos por miles los visitantes a las bibliotecas públicas, o se satura la programación de la biblioteca móvil visitando las comunidades se demuestra que sí hay interés en la lectura y el libro; en especial en las edades tempranas, quizás porque no recibieron directamente las conmociones destructivas.

Nota. –Agradezco a quienes hicieron posible realizar el VII Festival de Literatura infantil Internacional. Agradecimiento a los poetas salvadoreños; a los residentes en los EUA, a la canadiense Patricia Aldana, y a la mexicana notable Margarita Robleda. A las organizaciones civiles que transportaron a los escolares hasta la Biblioteca Nacional; a las empresas privadas y entidades educativas. En especial a la Biblioteca Pública ABK y a ESE Ediciones que organizaron grupos de niños y ofrecieron una recepción a los poetas visitantes y residentes, y al comité bibliotecario organizador. Todo para conservar ese tesoro nacional: los niños y las niñas de El Salvador.

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