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Nunca más Irak

Fuimos parte de esa guerra que intentó con mentiras legitimar una lucha contra el terrorismo que solo existía en la mente y en los intereses de un grupo.
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OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos

Antónimo gradual

*Periodista salvadoreño radicado en Washington D. C.

La fecha pasó sin pena ni gloria, apenas con un par de reportajes especiales en la televisión y los periódicos. No hubo desfiles, ni conmemoraciones. El silencio oficial en Washington dio cuenta de lo sombría que ha sido la década desde que la noche de Bagdad se iluminó con la furia de los bombardeos estadounidenses que llegaban para buscar un arsenal de destrucción masiva capaz de sembrar terror en Estados Unidos y sus aliados mucho más allá de aquel fatídico 11 de septiembre de 2001.

El ejército liberador comandado desde Washington por George W. Bush llegó para liberar a Irak de un dictador y al mismo tiempo darle paz mental a un Estados Unidos que todavía no lograba explicarse cómo el atentado terrorista más mortífero de su historia le quitó la tranquilidad y le cambió la vida para siempre.

114,000 muertos después, muchos iraquíes se siguen preguntando dónde está esa liberación. Irak descendió a los infiernos varias veces en esta década. El extremismo islámico, contenido por la fuerza del régimen eminentemente laico de Saddam Hussein, se explaya a sus anchas y la influencia del régimen iraní sobre el frágil Gobierno se extiende a casi todas las esferas de la vida pública.

Las víctimas de la guerra podrían ser muchas más que esas 114,000 que el proyecto de recuento independiente constató oficialmente. Sus cálculos estiman que esa cifra podría incluso cuadruplicarse si se toma en cuenta a las víctimas indirectas del conflicto.

Las armas de destrucción masiva se esfumaron fue la mejor explicación que la administración Bush pudo encontrar ante el hecho de que tales arsenales químicos, biológicos y de cualquier otra naturaleza no convencional no aparecieron nunca. Las pruebas que el entonces secretario de Estado, Colin Powell, presentó ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas resultaron ser tan falsas como la idea de que Estados Unidos estaría más seguro sin Hussein en el poder.

El costo humano de la guerra es doblemente repugnante cuando el tiempo no solo ha demostrado la futilidad de la guerra, sino los obscenos beneficios económicos que supuso para un grupo de contratistas privados que obtuvieron una tajada importante de los $138,000 millones que Washington les otorgó. El 52 % de ese dinero fue a parar a 10 empresas, la más importante de ellas es la tristemente célebre Halliburton, en donde el entonces vicepresidente Dick Cheney tenía fuertes intereses.

La guerra de Irak merece ser recordada también como esa guerra a la que también nos arrastró la sumisión hacia Washington que practicó el gobierno de Francisco Flores. Esa guerra en la que nunca debimos participar, en la que no teníamos arte ni parte nos trajo a los primeros muertos en combate en tiempos de paz después de nuestra propia dolorosa guerra civil. Así fuimos parte de esa guerra que intentó con mentiras legitimar la lucha contra el terrorismo que solo existía en la mente y en los intereses de un grupo, más interesado en alimentar la hambrienta maquinaria de la guerra que en asegurar la vida de sus propios ciudadanos.

La cuenta, hasta ahora, de la guerra, solo en lo erogado por Estados Unidos, es de $1.7 billones. Por eso, en momentos en que en Washington no se habla de otra cosa que de austeridad, caben unas pequeñas comparaciones. El costo de la guerra en Irak es suficiente para financiar por 20 años el sistema de salud para adultos mayores y personas de escasos recursos. Es suficiente para mantener funcionando todas las escuelas públicas por 15 años.

Los que creían que con la guerra Estados Unidos se apoderaría del petróleo iraquí también se equivocaron. Bagdad controla de manera efectiva su producción y su venta y su Gobierno es cada vez menos amigable con Washington y cada vez más cercano a Irán.

Por donde se la mire, la guerra en Irak fue el negocio del siglo para los mercaderes de la muerte y la sentencia de muerte para cientos de miles de inocentes. Si de algo debe servir este aniversario es para decir nunca más.

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