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Ola de calor

Por encima de los 100 Fahrenheit, que se sienten como 115, al menos eso es lo que han estado diciendo en la tele antes de que la pantalla quedara en negro, aunque aquí ya ves que son alborotadores con las noticias, y más después del 11S, nueva señal de la Bestia, lo cierto es que el calor parece un lagarto de esos de los de antes en los ríos de allá, cuando había ríos, mano, porque hoy son puros chorros de podre, como decía aquel maistro que nos tocó, pobrecito el maje, lo agarraron pachito los cuilios al final de la lucha y se lo quebraron dialtiro, uf, uf, y para colmo se ha ido la corriente porque hay un desperfecto en la calle, ¿qué no dicen que aquí todo funciona al chilazo?, paja, brother, paja, pura paja, mirá lo que pasó con Katrina, que les llenó de lodo shuco la pila de Niuorlins sin decir agua va, qué va, ¡nosotros les enseñamos cómo se hacen las cosas, va, y solo con que nos dejen tranquilitos, sin tanto bonche de muros chuecos en la frontera!, ¿qué no habrán aprendido nada estos pálidos?
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— Hi, Will, salite un rato del horno. Vamos a tragar beer, donde se pueda…

El cuchitril estaba casi en tiniebla.

— ¡No tengo luz, cabrón! ¡Y me han dejado cuidando al chamaco!

— El chamaco ya está grande, y más fácil es que él te cuide a vos. Aquí los babosos crecen como si los años fueran chachos... Entonces, con mayor razón, sacate del agüite, que yo tampoco aguanto lo que está pasando aquí...

— ¿Y a vos qué te pasa? Tu bildin es de los buenos...

— Ah, pero están botando el de la par. Demolition. Y es una bulla del carajo. Very noisy, very noisy… ¡Como si estuvieran botando la ciudad entera!... ¿No oís?...

— Unos cuantos martillazos...

— Bueno, pues, ¿vamos o no vamos?

— Sí, hombre, vamos.

El encuentro de siempre fue en la taberna de nunca: la del Olvido Roto. Así le habían puesto de sobrenombre los que recordaban con ira sus antiguas querencias, allá en la tierra que respiraba por las bocas ciegas de los volcanes. Will llegó primero, Fred llegó después. Wilfredo y Alfredo, transfigurados por la inclemencia de la emigración. Sudorosos, amodorrados, desafiantes ambos. La vida no tiene aire acondicionado. El calor sobrepasa los 100 Fahrenheit, y no porque lo diga la tufosa CNN, sino porque las aceras queman igual en todas partes cuando el sol se encachimba. Ellos, ceremoniosamente desempleados en el país donde todos trabajan. Pues que por ahorita echen riata las mujeres.

— Salú.

— ¡Salú!

— ¿Qué vas a hacer vos este verano tan veraniego en que todas las chavas andan con las nalgas al aire?

— Ya estoy haciendo. Rascarme la panza. No hay diotra, mano. Después del Labour Day me pongo a buscar chamba… ¿Y vos?...

— Yo empiezo el lunes. En una factoría en Newark.

— Es que vos eras allá ingeniero civil y yo pinche obrero de la construcción. Me vine a trabajar como hombre, pero los huesos mandan, men. Y hoy quiero cerca de casita, de lavapisos. Me gusta el trapeador.

— ¡Ja, ja!

— Es que ya me acostumbré al trabajito bajo techo. Aquí vine a aprender a ser diadentro.

—¡Pues salú!

— ¡Salú!

Y por la pantalla eternamente prendida en el bar del sótano, donde apenas había luz para adivinar que alguien que no era una sombra estaba enfrente, seguían pasando las imágenes de la “heat wave”, como si todo el calor del mundo se hubiera plantado por unos días en la Gran Manzana y sus alrededores. Imágenes de trabajadores que escarban en las calles, de edificios tapiados como mausoleos, de niños que corren por los parques. Las cervezas heladas son el último refugio de una humanidad atrapada por el inexorable calentamiento global...

ENTRE LA HOJARASCA

El viento pasa barriendo las arboledas sobrevivientes, y al final todas las hojas se amontonan en uno de los linderos de la colonia que en el último invierno padeció las iras de las correntadas que bajan de las zonas altas, que se van poblando sin control. Los niños del vecindario se apropian de los promontorios de hojas para sus juegos intrépidos. Y, cuando cae la noche, hay uno que no regresa a su casa, y los padres salen a buscarlo como locos, y lo encuentran escondido bajo el peso de la hojarasca. Lo rescatan, gritan de júbilo, le dan gracias a Dios a grandes voces, y al llegar a la casa castigan al infractor con la correa que está escondida en el armario, y después la noche queda tranquila, solo se oye el ir y venir de la sístole y la diástole del corazón colectivo, hasta que amanece, sol en mano, para empezar de nuevo, igual que ayer, igual que mañana, el mundo que despierta cada día con la ilusión de ser distinto, con la seguridad de ser el de siempre..., aunque la palabra siempre sea el garabato de otra muerte anunciada...

Muerte o destino, que para el caso es lo mismo.

Y la hojarasca húmeda, tumba de aquel espíritu inerte, revive por las noches, bajo el látigo de la borrasca y el flagelo del castigo.

— ¿Dormiste bien, hijito?

La pregunta toca levemente el cristal de la conciencia, del otro lado. Abre los ojos, y reconoce a su madre, joven, jovencita, como la viera por primera vez, allá en el instante del que no puede guardar memoria.

— No he dormido desde hace mucho...

Es un susurro que parece voz de aire, soplo inarticulado. Y La madre lo contempla con el alma en un hilo, otra vez. ¿Hasta cuándo se va a repetir esta pesadilla? ¿Será el precio de la culpa por el castigo que le aplicaran al niño que se refugió en la hojarasca para que nadie pudiera encontrarlo?

— ¿Te sentís mal otra vez? ¡Decímelo para vayamos donde el doctor: él te conoce mejor que nadie!

— No, estoy bien, muy bien. Lo que no puedo es dormir, pero eso no tiene nada de raro. Usted me enseñó a no dormir, ¿se acuerda?

No es un reclamo, sino un recordatorio, porque el tiempo tiene la virtud de ir borrando todos los reclamos. Y el tiempo ha pasado, aunque cada quien pueda medirlo a su modo, por minutos o por siglos. O con una mezcla de ambos.

— Pero el insomnio te pone nervioso...

La madre le toca la frente, y apenas resiste el contacto de las yemas. Arde la frente como si adentro tuviera una hoguera.

— ¡Dios mío, estás hirviendo!

— Lo que siento es frío...

— ¡La fiebre! ¡Te voy a llevar a la Emergencia! ¡Cubrite bien, que voy a alistarme!

Y ella misma le sube la colcha gruesa hasta la barbilla. Él la mira como si la viera por primera vez, como si la viera por última vez. ¿Cuál es la diferencia?

La madre, que ha vuelto a ser esa señora a la que le cuesta moverse por el peso de los años y por la acumulación de las grasas descuidadas, se va con la prisa que puede, en busca de su chal y de su cartera. Está acostumbrada a las emergencias con este hijo que se le quedó en la casa, escondido como si no tuviera valor para traspasar ningún umbral. La habitación va entrando en una suave e imperiosa penumbra. Afuera sopla el viento, con ánimo de limpieza después de los estragos del vendaval. Los árboles se dejan sacudir, aliviados de que se les ayude a liberarse de la carga muerta. Y las hojas vuelven a amontonarse, como entonces, como nunca, como siempre...

Regresa ya lista, hasta con el devocionario para conversar con las ánimas. Y al entrar hace el gesto repetido hasta el infinito. No está. Se ha escapado. Y la madre es de nuevo la jovencita esbelta y ágil, que va a buscar al hijo hiperactivo que se ha ido a jugar a ser oruga bajo los promontorios de hojarasca que dejó la recién pasada tempestad...

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