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Orgullo salvadoreño

El Salvador los escupe, y aunque Estados Unidos no es el anfitrión más hospitalario, ellos perseveran hasta hacerse camino. ¿Y si a todos ellos, en lugar de botarlos, nuestro país les hubiera dado protección y herramientas para su desarrollo?
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OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos

Rumbos confluidos

También los que estamos lejos nos hemos hartado de escuchar y leer lo mismo sobre El Salvador. Que es una incubadora de muerte, un nido de políticos corruptos, un hervidero de funcionarios incapaces y un rebaño de ciudadanos tibios. Sí, debemos aceptar que esos calificativos dicen verdades, y que no podemos escapar de nuestra porción de responsabilidad. Y vaya que cuesta sentirse orgulloso de alguien o de algo cuando anda mal.

Hace unas semanas, se desarrolló en Washington, D. C. y en Maryland un festival que celebra el orgullo de ser salvadoreño. Miles de compatriotas se aglutinaron en calles, vistieron el azul y blanco, cantaron el himno nacional, bailaron y comieron platillos típicos en honor de su “salvadoreñidad”.

Quizá sea porque no tengo la nostalgia tan intensa –mis siete meses acá son un pestañeo en comparación con las decenas de años que muchos otros llevan como extranjeros– pero no pude sino pensar verdaderos motivos para sentir orgullo, más allá de ser parte de la tierra de la pupusa. Y sí, encontré decenas de razones, todas con rostro e historias de vida dignas de admirar.

Soy profesor en una High School de Washington, D. C. destinada para jóvenes que están acostumbrados a recibir portazos en la cara. La mayoría de estudiantes son latinoamericanos, y entre ellos predominan los salvadoreños. Llegan a prepararse para un examen que, si aprueban, les otorga un diploma que equivaldría al título de bachiller en El Salvador. Ese diploma (GED, por sus siglas en inglés) les facilita la búsqueda de trabajo, les ayuda a conseguir una remuneración más justa.

Estos salvadoreños tienen entre 17 y 25 años. Llegan a la escuela por las noches, después de pasar hasta 10 horas quemándose las manos en una parrilla, podando jardines interminables, aseando edificios, cuidando los niños de otros mientras que a los suyos los ve alguien más. La fatiga se les nota en el rostro. Y cómo no, si las jornadas de muchos empiezan a las 4 de la madrugada. Aun así llegan con voluntad y ahínco para invertir cuatro horas más en su desarrollo académico. Sus actitudes son las de personas que saben bien lo que quieren y lo que tienen que hacer para conseguirlo.

Esto no es por alabar el pensamiento de que el sobreesfuerzo da más dignidad, ni por alimentar el estereotipo de que el migrante salvadoreño es trabajador como pocos. El orgullo que ellos provocan radica en cómo, a pesar de que tienen muchos factores en contra (situación migratoria irregular, haber sido víctimas de maltratos de todo tipo, ser el único sostén de sus familias en Estados Unidos y en El Salvador, y hasta vérselas en problemas para conseguir un lugar donde dormir por las noches), son necios y no se dan por vencidos.

Ver el esmero de aquellos que a duras penas saben leer y escribir por alcanzar el nivel del resto de sus compañeros provoca esperanza. Escucharlos hablar de sus hijos, aspiraciones y proyectos de vida motiva de verdad. El Salvador los escupe, y aunque Estados Unidos no es el anfitrión más hospitalario, ellos perseveran hasta hacerse camino. ¿Y si a todos ellos, en lugar de botarlos, nuestro país les hubiera dado protección y herramientas para su desarrollo?

Necesitamos pensar más en ellos como ejemplos de voluntad y persistencia. Necesitamos ser más como ellos

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