Otra columna violenta

2016 despertó con más ira. Once trabajadores muertos en un solo ataque, niños sicarios matando a buseros, 23 muertos todos los días, todos, casi como en cualquier atentado terrorista de esos que todavía nos sacan la indignación.
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El primer paso para superar la violencia es no hablar de la violencia.

El segundo paso para superar la violencia es no hablar de la violencia.

Chuck Palahniuk podría escribir otra novela.

En enero, hace menos de noventa días, se nos iba la vida, se nos caía la cara de vergüenza, enterrábamos la cabeza en la tierra, pensando en lo que nos habíamos convertido: en el país más violento del mundo.

Robamos cámara entonces, minutos en los noticieros de muchos lugares del mundo. En Washington, en París, en Bruselas, en Toronto, en Buenos Aires. No estoy seguro si también en Nigeria o Afganistán, por aquello de la reciprocidad, y de que nos importa poco cuando a ellos les caen las bombas y suman más muertos.

Pudo haber sido nuestro cable tierra: vernos retratados cómo realmente somos.

Supimos ignorarla. Es la única manera de mantenernos vivos, de no enloquecer, de poder salir cada mañana a trotar, de ir a tomar una cerveza, de saber actuar como si nada pasara.

Ignorarla. No dejar de pagar al vigilante, poner el raizor electrificado, alarmas y armarse. No. Más bien pensar que los únicos que podemos ser asaltados, robados, violados, despedazados, asesinados, somos nosotros y no esos otros seis millones con los que convivimos.

Que nosotros somos los buenos, los tranquilos. Que las balas son diferentes según quién las dispare. Que está bien matar si el muerto era el malo.

El Domingo de Resurrección limpiará nuestros pecados.

Al fin y al cabo ser un poco violento no está mal. Hay violencia buena. Como cuando se propone irse a la guerra como solución, o justificar la desigualdad (don Enrique, con la mano en la Biblia, ha teorizado al respecto), o crucificar al Primi si perdemos la serie contra Honduras, o apoyar a los grupos civiles de autodefensa.

Gallegos es nuestro Marine Le Pen.

Quizá todos somos violentos y no lo sabíamos. Quizá podríamos incluirlo en el himno.

(Una anécdota: estaba en el baño de una pizzería cambiando a mi hija. Estábamos en el pueblo más turístico de Alberta, en el pacífico Banff. Un borracho pateó la puerta para entrar. Mi primera reacción, al ver que casi botaba el cambiador donde estaba mi hija, fue seguirle y golpearlo. Golpearlo. Golpearlo. Pero no iba a dejarla sola y me contuve).

2016 despertó con más ira. Once trabajadores muertos en un solo ataque, niños sicarios matando a buseros, 23 muertos todos los días, todos, casi como en cualquier atentado terrorista de esos que todavía nos sacan la indignación.

Ya no estamos en más portadas. Menos mal. Ser ciudadanos de cuarta a veces sirve para algo.

Y, para ser francos, leer de los mismos muertos aburre. Incluso a nosotros mismos, que nos conocemos. O casi. A ver qué dicen el próximo año.

“Digan que somos lo que somos: un pueblo doloroso, un

pueblo analfabeto, desnutrido y sin embargo fuerte, porque

otro pueblo ya se habría muerto...”.

Lo hemos dicho tanto que hasta lo terminamos creyendo.

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