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Otra discusión impostergable

Las personas en los barrios más afectados usan la descarga del retrete una sola vez al día y aguantan dos días con solo 50 litros: la mitad del consumo promedio que la OMS considera óptimo para el ser humano.
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Árbolde fuego

La casa en las afueras de Santa Ana parecía recortada de una revista: las piedras de su fachada habían sido traídas desde Guatemala; y su decoración interior –alfombras, muebles, espejos– provenía de las mejores tiendas en Estados Unidos. Pero su gran tesoro estaba atrás, en el jardín, donde florecían rosas importadas de Inglaterra y plantas raras de la India. La vegetación perfectamente recortada rodeaba una piscina donde los niños de la casa pasaban chapaleando días enteros. En realidad, casi todo el movimiento se concentraba atrás, porque en otra de las áreas del traspatio había una bomba de agua y la gente de las comunidades vecinas se arremolinaba para comprar agua. La dueña de esta idílica casa era tajante y cruel: “Son tan sucios, el otro día tuve que decirle al mandador que echara a una mujer que estaba muy tranquila comiendo con sus hijos debajo del amate. A veces me dan ganas de quitar la bomba, pero es buen negocio, es el único lugar donde hay agua por ahí”.

La escena es un pasaje del libro “Cenizas de Izalco” de Claribel Alegría y Darwin Flakoll, donde se recrea la Santa Ana de los años treinta del siglo XX. Lo medular en esas líneas es el problema de acceso al agua que se sufría en el país. Es solo un atisbo de una problemática que nos ha acompañado por generaciones. En El Salvador actual, la gente sigue caminando kilómetros por agua o despertándose de madrugada para poder llenar un cántaro, muchas escuelas siguen sin contar con el servicio. Esto nunca dejó de ser una patética ironía en un país tropical con bastantes precipitaciones. Eso hasta ahora.

Nuestro problema de acceso al agua solo se crece con la variabilidad climática que se está viviendo, y que tiene una clara tendencia, como lo mencionó escuetamente el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, en el mensaje a la nación sobre el balance de 2016: este es el cuarto año consecutivo de sequía. El 2016 termina con déficit de lluvias y, según los datos del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, aunque no se presentaron sequías meteorológicas fuertes como en los años anteriores, los acumulados de lluvia se encuentran muy por debajo de lo normal, ubicándose entre los tres años más deficitarios de los registros. En una conferencia de prensa de finales de noviembre, las autoridades de Ambiente precisaron que de diciembre 2016 a abril 2017, los caudales base de los ríos del país se proyectan hasta con un 60 % por debajo de los caudales promedio históricos, incluyendo la cuenca alta del río Lempa y dramáticas reducciones del río Torola y el Goascorán. Y la resequedad de los caudales base de los ríos no solo está relacionada con la falta de lluvia sino a las reservas de las cuencas, en particular las subterráneas. ¿Cómo se afrontará una escasez generalizada de agua en uno de los países más deforestados del continente y con unos ríos superficiales casi contaminados por completo?

No es una pregunta que se pueda responder a la ligera, pero quizás sea el momento de, al menos, analizar lo que están viviendo en países como Bolivia, inmerso en su peor sequía en décadas y que afronta una emergencia nacional por la escasez de agua. En algunas regiones ya la catalogan como la segunda parte de “la guerra del agua” en ese país. En la ciudad de La Paz, la emergencia estalló a principios de noviembre, cuando la Empresa Pública Social de Agua y Saneamiento (EPSAS) informó de un severo racionamiento (porque dos represas que suministran agua a más de 340,000 personas estaban a niveles mínimos). Se estableció un plazo de tres horas de agua por sector cada tres días. No siempre se cumple. Hay manifestaciones y desesperación. Se han desplegado cisternas por toda la ciudad para aplacar el desabastecimiento. Según una nota publicada en el periódico The New York Times en español, las personas en los barrios más afectados usan la descarga del retrete una sola vez al día y aguantan dos días con solo 50 litros: la mitad del consumo promedio que la Organización Mundial de la Salud considera óptimo para el ser humano. Apilan cumbos para recoger agua lluvia y poder bañarse, pero se esperan precipitaciones hasta mediados de diciembre. Algo no tan ajeno a lo que ya se ha vivido en algunas colonias en El Salvador. Este año se cumplieron 10 años desde que la primera propuesta de Ley de Aguas llegó a la Asamblea Legislativa. Y de promesa electoral en promesa, de polémica en polémica; todo se ha postergado. Es tiempo de ir pensando qué vamos a hacer ante el problema del agua y sus diversas aristas. En este país especialista en engavetar los problemas hasta que se agravan y se pierde el control, el agua es otra discusión impostergable entre muchas de las que no hemos tenido. ¿O vamos a dejar que otro problema nos explote en la cara?

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