Otra pieza del retrato

A mi educación religiosa de niño independiente “y libre a los siete años”, como decía mi madre, se agregaban los poemas que me decía por las noches.
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Escribiviendo

Hay un libro testimonial de los más interesantes publicados en El Salvador referidos a aspectos cotidianos del personaje más universal de nuestro país. La primera edición del libro es de 1993. Su autora, María López Vigil, nos ofrece un texto documental narrado por quienes vivieron frente a frente con el arzobispo de San Salvador Monseñor Óscar Arnulfo Romero. Más de 200 personas.

Pensando en esa obra de López Vigil, se me ocurrió agregar una pieza más para contribuir con un rasgo del retrato, en esta hora que tendremos a un Monseñor Romero que será de todos los salvadoreños, privilegio de un país que ha pasado por un martirio similar al del arzobispo.

Su magnicidio es uno más entre los tantos sufridos por el colectivo popular, expuesto a martirizarse para tener derecho al voto, a la equidad, a la justicia social. Todo resumido en Romero: el futuro santo. El martirio es el precio para volvernos excepcionales y universales. Porque en toda la historia solo se conocen cuatro arzobispos asesinados. El más conocido es Santo Tomás Becket, quien después de ocho años de ser arzobispo de Canterbury (1162-1170), fue mutilado en su catedral por las espadas de cuatro caballeros, por órdenes del rey Enrique II (1170) y la venia de altas autoridades eclesiásticas.

La similitud de los dos crímenes los hace únicos en la historia universal. Ambos fueron asesinados mientras estaban en el espacio sagrado, Becket en la catedral, mientras preparaba la misa; Romero en la misa, lo más significativo: la eucaristía, el encuentro con Cristo al elevar el cáliz.

Mi pieza adicional para el retrato comienza a mis siete años, época en que recibo mi catequesis en la catedral de San Miguel. Por cada asistencia recibo un boleto para recibir un regalo en Navidad. Me hace recordar el cuento triste y conocido de Salarrué: el niño con su madre baja del monte a pedir un juguete a la iglesia, como no tiene boleto de asistencia a la iglesia, se le niega el regalo. De regreso el niño le pregunta a la madre: “¿Y el juguetis, mami?”

A esa edad asisto a la catedral de San Miguel, donde recibo las misas en latín, aunque no las entiendo, pero me entretengo viendo los pericos silvestres que se asoman por agujeros de una catedral en construcción. Disfruto el momento en que el padre Romero levanta el cáliz sagrado, aunque más de alguna señora me regaña por entretenerme viendo los ventanales y no seguir los ritos que exige la misa.

En mis tempranos años aprendí a salir sin compañía de adultos. Nunca más allá de las 5 cuadras. Excepto los domingos que para ir a misa debía recorrer una distancia mayor a las 12 cuadras, pero en horas tempranas de la mañana (muy tranquilas en la noble y leal, a los españoles, ciudad de San Miguel), mi madre se sentía segura y me estimulaba a ir a misa para cumplir con ese mandamiento importante del catolicismo.

Para estimular mi formación religiosa, mi madre me estimula dándome 10 centavos de colón para que después de misa pudiera ir a ver las películas para niños que se exhibían en los dos cines de San Miguel, terminaba una y se salía corriendo para llegar a tiempo a la otra.

Uno de esos domingos, al bajar corriendo las escalinatas del atrio, hacia la calle, no reparé que venía un vehículo. Mis oídos se despabilaron con el chirriar de los frenos. ¡Milagro el día de mi primera comunión!

Es mi primer recuerdo del padre Óscar Romero, ofreciéndome el pan de Dios. El sacerdote habrá tenido unos 26 años y pronto lo vería convertirse en el líder religioso de San Miguel, siempre como un cura que nos elevaba con su palabra.

A mi educación religiosa de niño independiente “y libre a los siete años”, como decía mi madre, se agregaban los poemas que me decía por las noches. Libre pero con permiso y autorización de ella.

Ahora pienso que mi niñez, además de mi madre, estuvo custodiada por dos ángeles más de la guarda: el padre Óscar Romero y sor Cecilia Santillana (con este apellido la recuerdo, no estoy muy seguro). Esta me daba la doctrina en el asilo San Vicente de Paul. Un día, sor Cecilia llegó a casa para pedir a mi madre que si podía llevarme a España, pues dejaba San Miguel. Le prometió protegerme y educarme. Mi madre respondió en voz baja con dos palabras: “Ni loca”. Pero en el fondo se sintió orgullosa de que una monja llegara a pedirme a nuestro hogar. Para ella significaba que su niño contaba con una buena valoración.

Fue una de las etapas más bellas de mi vida. Fui creciendo y, como lo he narrado otras veces: a los 10 años fui un asiduo asistente a las procesiones de la Virgen de la Paz, cuyas fiestas, no las carnavalescas, se celebran en septiembre del 21 al 31, fecha en que la Virgen salvó a San Miguel de las erupciones del volcán Chaparrastique (siglo XVIII). El primer día la procesión bajaba del volcán. Ahí iba al encuentro este cipote entre la multitud.

Después de largo recorrido llegábamos al atrio de la catedral, donde nos esperaba el padre Romero. Los feligreses en la calle, él en la parte superior de las gradas para decir su homilía, vestido con humildad de cura. Creo que todas estas acciones despertaron por muchos años la simpatía popular del joven padre Romero, años después arzobispo mártir.

Mi pieza del retrato se origina a mediados de los años cuarenta, antes de existir la Encíclica que renovó la Iglesia católica: la Popularum Progressio. Ya Romero buscaba la real comunión entre la gente y las ideas religiosas.

Después ascendió de jerarquía hasta culminar como arzobispo de San Salvador. Aquí, desde su sitial catedralicio, entró a la universalidad que todos los salvadoreños, católicos o no, celebramos como fiesta histórica de humanismo, justicia social, equidad y de respeto por quien hizo santa la palabra sagrada

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