Lo más visto

Más de Revistas

Otro censo, por favor

En ocho años más de 31,400 salvadoreños han sido asesinados. 31,400 son muchos. Equivale casi al total de la población del municipio más rico del país, Antiguo Cuscatlán.
Enlace copiado
Otro censo, por favor

Otro censo, por favor

Otro censo, por favor

Otro censo, por favor

Enlace copiado
Cruz del Rayo

A veces tengo la sensación de que El Salvador se está quedando sin salvadoreños. Que mueren más de los que nacen. Que el campo cae progresivamente en abandono. Y que el país envejece a golpe y porrazo, porque el grueso de los que migran y los que mueren por violencia son los más jóvenes.

Cada mañana 300 salvadoreños han dejado de estar entre nosotros porque migraron sin papeles; su edad promedio, 24 años. Cada mañana el total de homicidios se vuelve adivinanza, un día 33, otro 13, otro 40. Al menos se sabe la edad promedio de los fallecidos: 17 años. Aquí ser joven no es ningún tesoro.

Y como si la sangría no fuese suficiente, los accidentes viales se han vuelto una de las principales causas de muerte: más de 477 almas este año. Encima, males como la insuficiencia renal y el cáncer se han vuelto asesinos seriales. ¿Urgimos de un nuevo censo para dimensionar ausencias?

Muchísimos países suelen censarse cada 10 años. El último censo salvadoreño ocurrió hace una eternidad: ocho años. En ocho años más de 31,400 salvadoreños han sido asesinados. 31,400 son muchos. Equivale casi al total de la población del municipio más rico del país, Antiguo Cuscatlán. Equivale casi al total de los salvadoreños encarcelados. Si nos censaran ahora mismo, ¿seríamos menos o más? El último censo resultó sorpresivo. Nos calculaban en 7 millones y resultamos menos, 5.7 millones –igual seguíamos siendo un país sobrepoblado. Actualmente el Gobierno estima que rondamos los 6.5 millones, pero no hay certeza y, por ende, no hay una tasa de homicidios diaria exacta.

Muchos opinan que somos muchos más y que basta con mirar alrededor, que no es difícil hallar embarazadas. Pese a tanta violencia y pobreza, ¿vivimos un “baby boom”? Esta semana la PDDH aseguró que en los últimos 10 años —que coinciden con los repuntes de violencia—, se han disparado los embarazos en niñas de entre 10 y 14 años. Cada 30 minutos una niña salvadoreña está pariendo a otro niño.

El año pasado viajé a Madresal, una isla en medio de la bahía de Jiquilisco, que desborda cocoteros y niñas que parecen jugar a ser madres. Ahí conocí a una chica que estudiaba el octavo grado y que en su misma escuela tenía matriculados a sus dos hijos. En su recreo amamantaba. Y a la salida de clases buscaba marañones por toda la isla para sobrevivir. Esta niña madre soltera se contentaba con la idea de “criar” en una “isla pacífica”. Parecía ignorar que a pocos kilómetros, en tierra firme, se cuece un verdadero infierno. Jiquilisco es quizá el municipio más desangrando por la violencia de las pandillas, sus muertos suman más de 70. ¿Qué le garantiza a esta chica no ser alcanzada por las virulentas pandillas? Si nadie asiste su pobreza, ¿quién puede al menos educarla sexualmente para evitar que vuelva a ser madre?

Hace unos años me ocurrió algo distinto en Tacuba, un poblado ahuachapaneco constreñido por la marginación y las pandillas. Ahí una humilde entrevistada me llevó a un rincón de su casa de barro. En voz baja, me dijo que su hermana era una madre soltera de cinco hijos. Y que ya no podían con tantas bocas, que si quería, me podían dar al más chico para que lo adoptara “así nomás”. Al principio pensé que era broma. Luego le respondí que no.

Seguro el drama de esa familia era extremo. Pero trato de convencerme de que hice bien, porque nadie —ni yo— debería tener hijos de sopetón. Y menos sabiendo que este crecerá expuesto a lo más adverso de un país al que se le endilga ser el más violento del mundo de manera crónica.

De momento los salvadoreños parecen más atentos a su número de bajas que al de natalidad. Nadie sabe cuántos nacen a diario. Nadie debate si facilitar el acceso a métodos de planificación familiar podría frenar la violencia. Nadie sabe si la población crece o decrece. Solo sé decir que mientras escribía esta columna, el martes por la noche, escuché una balacera en pleno Antiguo Cuscatlán. En ese momento dejó de existir otro salvadoreño, un vigilante. A veces tengo la sensación de que El Salvador se está quedando sin salvadoreños. Pero todo mundo me corrige con gran frialdad: son más los que nacen que los que mueren.

Tags:

  • carlos chavez
  • balacera
  • antiguo cuscatlan
  • censo
  • muertes
  • asesinatos
  • violencia
  • poblacion

Lee también

Comentarios