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PARÁBOLA DEL OJO DE AGUA

Había trabajado en aquella empresa exportadora desde que obtuvo su título universitario como ingeniero industrial, hacía más de 30 años. Hubo, como es natural, altos y bajos en el desempeño empresarial, pero un acontecimiento familiar en la cúpula hizo que el cierre se hiciera inminente: el dueño no tenía descendencia y un mal terminal le había asaltado de repente. No había tiempo para gestionar alguna venta y los herederos, que eran parientes lejanos, preferían liquidar lo que había para repartirse el dinero. La empresa se desmanteló en unas cuantas semanas, como si un tsunami sorpresivo hubiera hecho de las suyas.
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PARÁBOLA DEL OJO DE AGUA

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Hoy, cuando él estaba a punto de cumplir 70 años, se quedaba en el aire, literalmente en el aire. Su mujer, que siempre se había dedicado a las labores de la casa, lo miró a los ojos con angustia, sin hacer comentarios. Los dos hijos vivían fuera del país, ya con sus vidas hechas.

—Algo me dieron en la liquidación, tenemos ahorros –le dijo él a su mujer–, y además ya voy a poder jubilarme.

Pero ella lo que verdaderamente temía era que él se quedara desocupado en la casa después de tantos años de ser un adicto al trabajo. Él pareció leerle el pensamiento:

—No me voy a portar como un fracasado o como un rechazado, no te preocupés. Algo se me va a ocurrir. Ya estoy pensando.

Ella volvió a mirarlo a los ojos, y solo halló una palabra para responderle:

—Ajá.

En efecto, en los días siguientes él se quedó en la casa como ni siquiera lo había hecho durante las vacaciones del trabajo, porque siempre se las ingeniaba para asumir trabajos de ocasión. Pasaba hoy encerrado en su pequeño estudio, que tenía una ventana hacia los entornos arbolados. A ella le inquietó aquel encierro, pero, según su costumbre, se guardó la inquietud. Hasta que él le avisó:

—Voy a salir un par de días al campo, a ver qué encuentro. ¿No querés venir conmigo?

Ella se sorprendió por la invitación, pero la declinó con un gesto. Solo le dijo:

—Que te vaya bien. Cuidado, que hay mucho peligro.

La escapada duró más de lo anunciado. Ella empezaba a preocuparse, pero de pronto lo vio aparecer fresco como una pascua en diciembre. Ni ella le preguntó ni él dio explicaciones. Así era su rutina de pareja. Pero en los días siguientes él comenzó a mostrar un comportamiento completamente distinto a lo que parecía serle natural. Salía con frecuencia a hacer vida de ciudad, se dedicaba por horas a navegar en la red, tenía sonrisas a granel. Hasta que le anunció:

—Voy a abrir un negocito de artesanías, y quisiera que buscáramos una casa que sea propia para vivir y para trabajar. ¿Te parece?

Ella entonces no pudo evitar la pregunta:

—¿Qué te pasa? ¿Con quién te encontraste, con quién has hablado?

—Como te dije, fui al campo. Al mundo de mi infancia. Y ahí me encontré con dos viejos amigos: Miguel y el ojo de agua. Miguel es hoy un artesano que quiere salir al mundo y el ojo de agua, que está en el mismo paredón de entonces, me dio la gran lección: todo se consigue gota a gota. Se cerró el chorro ajeno y ahora voy a empezar mi propio goteo.

QUE HABLE LA MEMORIA

La nave aérea descendió en la pista del nuevo aeropuerto de Bengaluru, y todos los entornos visibles estaban invadidos por una iluminación que era el amanecer puesto en clave de bienvenida. Los trámites de ingreso fueron sencillos, pero le faltaba una maleta que se había quedado en algún punto del trayecto y que se le enviaría después a su hotel. Ahora iba camino de la ciudad que parecía un bosque de árboles gigantescos urbanizado como por obra de un arquitecto a la vez tradicional e imaginativo.

Se hospedaría en el hotel Taj West End, y como no era la primera vez que lo hacía todos lo conocían, desde los guardias de la entrada que lo saludaban con el namasté, las dos manos unidas junto al pecho como en las ceremonias religiosas. Cuando estuvo en su habitación programada, la 1505, Gulmohar Suite, salió al corredorcito interior y se quedó inmóvil en silencio frente a los tupidos árboles del entorno, muchos de ellos de estructuras evidentemente centenarias.

Al instante, las ardillas y los cuervos de siempre estaban ahí como si de antemano hubieran recibido la noticia de su arribo. Él bajó de inmediato, descalzo, los tres escalones hacia el pequeño prado cubierto de hierba. Y cuando sus pies tocaron el apretado tejido vegetal tuvo la sensación de que estaba a punto de levitar.

Pero lo que hizo simplemente fue caminar por el entorno, como si en hacerlo se centrara el motivo de su presencia ahí. Los cuervos y las ardillas lo observaban con la atención de los seres más conscientes que fuera imaginable.

Después volvió al interior y se introdujo en el lecho arreglado para descansar del largo viaje que había recorrido directamente medio mundo, desde San Salvador hasta Nueva York, desde Nueva York hasta Dubái y desde Dubái hasta Bengaluru:

—¿Puedo entrar, señor?

La pregunta venía de alguien que no se hacía ver, pero que sin duda estaba al otro lado de la puerta de vidrio. Él no se movió del lecho y solo emitió una especie de resuello permisivo. Lo que se abrió fue la puerta de la mente que daba a la estancia del sueño, y pasó adelante una figura traslúcida que llevaba la maleta que no había llegado con él:

—Aquí la tiene, señor, con todos sus recuerdos en orden. Si me necesita, ya sabe dónde contactarme.

EL VISITANTE DE ESPUMA

Marina se estaba volviendo cada vez más exótica, y ahora usaba una cabellera lisa de color morado y unos labios oscuros, casi negros. No era lo común en su ambiente, donde todo seguía siendo, como siempre, la denodada lucha por la supervivencia diaria, que hoy se complicaba mucho más por los acosos de la violencia callejera, que se daban hasta en las formas más impensables.

Y un día de tantos conoció a Néstor, quien tenía una barra show.

—¿Te gustaría bailar en mi barra?

—¿Bailar? Nunca lo he hecho.

—Chiquita, de seguro has bailado en la cama, ¿o no?

Unos pocos días después, Marina era la nueva sensación del show. Lo hacía en cuerpo y alma, como si para eso hubiera nacido. La audiencia cotidiana estaba encantada con ella, y se lo demostraba con palmas sonoras y con silbidos entusiastas.

Ella parecía ajena a todas aquellas reacciones hasta el momento en que una presencia pareció ganarle la atención. Siguió con su número, pero ya no con la concentración de siempre. Al concluir, esa mirada estaba fija en ella, casi al borde de la tarima. Ella bajó directamente hacia él.

—¿Nos hemos visto antes, verdad?

—Creo que una vez muy cerca del mar…

Ella se quedó pensando:

—¿Cuál mar? Yo nunca he estado ahí.

—¿Nunca? Si el mar está a un paso.

—Bueno, sí he ido alguna vez, pero hace mucho. Prefiero la montaña.

—Ah, pues ahora es cuándo…

Ella se retrajo por un instante, porque lo dicho por él tenía todos los destellos de ser una invitación a dirigirse juntos a algún sitio. De seguro él pensaba que ella…

—No, no te estoy invitando a un paseo sexual. No vamos a ningún motel.

Néstor la miraba desde su ángulo de observación de todo lo que ocurría en el lugar. Sonreía, evidentemente satisfecho de lo que estaba viendo.

Al día siguiente, cuando ella regresó al local, parecía otra persona, comenzando por la apariencia. Llevaba un pañuelo blanco en la cabeza y en su cara no había ningún signo de maquillaje.

—Néstor, me voy de aquí. Gracias por todo.

—¿Te vas con él?

—Nooo…, porque él en cuanto puso los pies descalzos entre la espuma se desvaneció. Yo lo que quiero ahora es corresponder al llamado.

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