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Para mi amiga de martinis y franquezas

Mis preferidas eran las anécdotas de Dora la estudiante de historia del arte, curiosa, aguda en sus críticas, inteligente, segura de sí misma, poeta y autora de “Signo menos”, atea, madre de dos hijos y esposa enamorada.
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Éramos dos desconocidas cuando cerramos el trato: ella estaría un mes en París y yo, durante ese tiempo, viviría en su casa con mi hijo. Ella solo sabía que mi hijo era Héctor Raúl Silva, y yo, que ella era la tía de mi amigo Alberto Arène. Con las llaves en la mano y maravillados por su confianza, mi hijo y yo usamos ese paréntesis para buscar con calma la que sería nuestra casa.

En su ausencia me gustaba observar con atención cada pintura, revisaba los títulos de sus libros, algunos en francés otros en español, contemplaba las fotografías en blanco y negro donde ella aparecía como actriz de cine europeo posando junto a Salarrué o mirando fijamente al fotógrafo, sonriente, rodeada de palomas en la plaza San Marcos de Venecia.

Los objetos me hablaban de ella, me decían que la mujer que habitaba esa casa neocolonial era una mezcla de aristocracia con vanguardia; de poesía con historia del arte; de París con San Salvador. Me resultaba tan mágica aquella aproximación a su vida que en las mañanas, al despertar, tenía la sensación de que me había trasladado de época y que al salir en lugar de carros encontraría carruajes.

A su regreso nos hicimos amigas, muy buenas amigas. Me gustaba llegar a su casa al final de la tarde para conversar y tomar un Martini juntas. Entre sorbo y sorbo, ella me narraba esa vida de niña nacida en París el 22 de julio de 1925, cómo había sido crecer entre alfombras persas y bajo el cuidado de una institutriz suiza que se aseguraba que tanto ella como su hermana, la balletista y directora de la Escuela Nacional de Danza, María Teresa Guerra de Arène, siempre tuvieran buenos modales.

En el repertorio de temas disfrutaba que me contara sobre su padre, el destacado poeta e intelectual Alberto Guerra Trigueros y sus amigos escritores Salarrué, Serafín Quiteño, Raúl Contreras, Claudia Lars, entre otros. Ella recordaba con cariño las conversaciones interminables y cómplices que tenían entre ellos, las bromas casi infantiles que los divertían y las excentricidades de Salarrué y su padre quienes en mitad de la noche se iban al mar caminando juntos, solo para ver el amanecer.

Mis preferidas eran las anécdotas de Dora la estudiante de historia del arte, curiosa, aguda en sus críticas, inteligente, segura de sí misma, poeta y autora de “Signo menos”, atea, madre de dos hijos y esposa enamorada. Con esa Dora interesada en el presente y llena de energía fuimos al teatro, al Museo de Arte, a comer crepas con nutella y fresas, a más de alguna ponencia sobre realidad nacional o simplemente a mojarnos los pies al mar.

Con ella, yo me trasladaba a otra época y conocía un país y una generación de intelectuales brillantes y prolíficos que ahora resulta inimaginable. O me llevaba a la fiesta iconoclasta que vivió París en mayo del 68 y me describía a la gente que dialogaba de manera espontánea, interesada, respetuosa. A cambio, ella vivía conmigo la historia reciente de un país que desconocía: el de la guerra civil, las revoluciones, la posguerra, la violencia de las pandillas, las redes sociales, las obras literarias de autores latinoamericanos, las artes visuales, la moda y la música. En eso se basaba el dulce encanto de nuestra amistad en que yo estaba tan interesada en su mundo como ella en el mío.

En la última etapa de nuestra amistad me fui a Suiza con mi esposo, Eugenio Arène, su sobrino, y nos comunicábamos a través de correos electrónicos. Por lo general, yo le compartía mis textos y ella me daba sus impresiones: “Mi querida Rosarlin, me gustó tu texto, como siempre, bien escrito, sencillo, sin poses…”

La última vez que nos vimos ella se iba a París y yo regresaba a San Salvador. El 21 de noviembre de 2016 me dijeron que Dora mi amiga de martinis y franquezas había muerto. Pero para mí ella sigue de viaje, ilusionada, sana y feliz con el reencuentro. Gracias por los Martinis, la amistad y la franqueza. ¡Salud!

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