Paz

Me aterra regresar, lo confieso, pero lo haremos. Somos testarudos, ya te darás cuenta. Y optimistas, pese a todo. No dejo de pensar en tu nombre, en lo lindo y sencillo que es. Lo que siempre te procuraremos, Paz, lo que deseamos más que nada.
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Probablemente fue un chinook, aún no estoy seguro, pero la mañana de ese sábado Calgary amaneció más cálida que de costumbre, 5 grados arriba de cero, un respiro para esta tundra donde se te ocurrió nacer. Sí, probablemente fue uno de esos vientos secos y cálidos que bajan desde las Rocallosas para convertirse en paréntesis de los largos inviernos. El cielo estaba infinito, libre de nubes, como los de diciembre en San Salvador.

Hacía un rato que te habían dado tu primer baño, y estabas recostada en esa cuna de hospital, esponjosa y cachetona. Con los ojos abiertos. Con esos enormes ojos grises que aún son una incógnita. Y me miraste. Bajé la cámara y nos miramos, largo rato, horas, porque nada más importaba. Entonces comprendí que mi vida nunca más volvería a ser la misma.

Llamaron y escribieron desde El Salvador. Querían saber cómo estabas, cuánto habías medido, a quién te parecías y todas esas cosas que uno quiere saber cuando la familia crece. Ya habrá tiempo para explicarte cómo terminamos acá, a cientos de kilómetros del trópico, lejos temporalmente de los que te quieren sin conocerte, lejos de ese pedazo de tierra donde nacieron tus padres.

Donde nacieron todos tus abuelos, con sus sueños y sus ideales.

Donde se ha criado un montón de gente generosa, apasionada y que esperamos te inspire.

Donde es posible ser feliz mecido por las aguas del Pacífico en una tarde lluviosa de mayo.

Viendo el amanecer a través de la caña en flor.

La grama recién cortada y tibia entre tus pies descalzos.

Con la soledad de un café.

Con una caminata en un lugar de nombre impensable como el Llano del Muerto.

Sentado en una iglesia del centro viendo cómo el sol transforma los cristales de color.

En los quioscos de las plazas centrales que aún sobreviven.

En las gradas de un museo de arte.

Contemplando la migración de mariposas al inicio de la época lluviosa.

Y cazando azacuanes con la mirada para predecir la época seca.

En los abrazos de fin de año con los vecinos del barrio de toda la vida.

En la paz de las madrugadas silenciosas.

También podría decirte miles de cosas malas, leerte la compilación de columnas que he acumulado en todos estos años, pero hoy estoy feliz, esperanzado. Por tu culpa. Y eso que ahora, después de pasar tu primera noche observándote, comprobando cada diez minutos si respirabas, si te movías, sentí miedo de verdad por primera vez. Me aterra regresar, lo confieso, pero lo haremos. Somos testarudos, ya te darás cuenta. Y optimistas, pese a todo. No dejo de pensar en tu nombre, en lo lindo y sencillo que es. Lo que siempre te procuraremos, Paz, lo que deseamos más que nada.

Bienvenida, hija

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