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Poesía e interacción de diferencias

Los autores del libro son dos poetas que durante dos décadas de guerra –oficialmente se acepta 12 años– estuvieron en bandos contrarios, uno de ellos llegó a considerarse un “criminal de guerra”.
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En 2015 asistí a la II Cumbre Mundial de la Poesía por la Paz, celebrada en Medellín, Colombia, organizada por el Festival Internacional de Poesía (Premio Nobel Alternativo por la Paz 2006). Ahí se expresó, con la asistencia de millares de colombianos, el firme deseo de acabar con la guerra que llevaba más de medio siglo y debía escucharse la voz de la poesía mundial. A esta fecha la paz en Colombia es un hecho.

Claro, un solo poeta no puede incidir en la paz, dice Fernando Rendón, el director del festival internacional y de la II cumbre: “Pero sí muchos de ellos que han venido a la II cumbre, los 1,200 poetas de 165 países”. Pero no solo los escritores propician la paz, también la población asistente, especialmente jóvenes, que acuden a diferentes encuentros que se celebran en la semana de la cumbre y del festival. El centro de esa petición es la poesía. Medellín es una de las dos o tres ciudades en el mundo en donde un público masivo asiste a los escenarios por la literatura, así como en otros países de América Latina van a encuentros de fútbol.

En El Salvador se han hecho esfuerzos personales por hacer partícipes a los escritores y poetas en el proceso de sensibilización en la posguerra. Gracias a tales esfuerzos, de algunos escritores, se ha organizado con éxito más de un encuentro internacional con poetas nacionales por la paz y el cultivo de valores humanos.

Pero lo que me motiva escribir es un hecho puntual: la publicación del libro de poemas “El venado y el colibrí”, que, sin repercutir de modo masivo como las cumbres de Medellín, trasciende por alcance y significado como ejemplo para romper intolerancias que no unifican los diferentes pensamientos y prácticas en pro de la nación. Los autores del libro son dos poetas que durante dos décadas de guerra –oficialmente se acepta 12 años– estuvieron en bandos contrarios, uno de ellos llegó a considerarse un “criminal de guerra”. Los poetas que escribieron el libro son David Escobar Galindo, abogado y rector de una universidad; y Eduardo Sancho, conocido como Fermán Cienfuegos, miembro de la comandancia general de la guerrilla, ahora investigador en otra universidad.

El libro fue publicado por el Departamento de Publicaciones e Impresos (1996) después de firmada la paz; pero su ejemplo de conciliar dos tendencias debe darle continuidad para consolidarlo. Que la cumbre de poetas en Medellín haya sido antes de la firma en Colombia no hizo la paz en ese país, pero sentó la presencia de la palabra estética en los entretelones del proceso, donde se alzó la voz del poeta frente a un público cansado de la violencia, con gran porcentaje de civiles como víctimas. Medellín llegó a ser la ciudad más violenta del mundo en esa época, blanco trágico como sucedió en El Salvador. La cumbre hizo presencia por la paz, así como debe hacerlo en tiempo presente y futuro “El venado y el colibrí”.

Los dos poetas se conocieron cuando eran estudiantes de colegio, ambos se orientaron a distintas posiciones ideológicas donde, por lo general, se calificaba como enemigo al contrario. Ambos firmaron el Acuerdo de Paz después de varias negociaciones en diferentes países; dos de ellas en Venezuela y México, y en esos diálogos se reconocieron y prometieron que si se lograba la paz en El Salvador, los dos poetas “enemigos” escribirían un libro en conjunto. La paz definitiva se firmó en 1992, y cuatro años después se hacía realidad lo que se prometieron, buscaron propósitos comunes por la paz y la poesía.

Sancho fue desde jovencito un poeta de vanguardia dentro de la propia Vanguardia. Dos poéticas distintas y una sola poesía verdadera, un acto donde: “la palabra se encuentra con la palabra”. En uno y otro caso la obra literaria cumple con la función estética. El guerrillero como “venado” busca la ruta para conciliar y buscan una “revelación del vuelo, que se asemeja a la agonía”, y en esa ruta logra juntarse con el colibrí “para buscar la cumbre como alegoría de la paz”. Escobar Galindo, con la poesía lírica, representado por el colibrí se encuentra con el venado guerrillero. Es el camino para erradicar la violencia entre “enemigos”, entre los diferentes pensamientos que tanto dolor y tragedia han producido en El Salvador.

Hablo en pasado porque no solo la guerra civil produjo esas muertes trágicas. Recordemos a los miles de campesinos masacrados en 1932, y que tuvieron que irse para Honduras (para salvarse de esa matanza), donde tuvieron hijos y familias, hasta que una guerra absurda declaró a los salvadoreños en el hermano país enemigos a eliminar o expulsar.

Victimizar a esos millares y millares de compatriotas por motivos que se adujeron como ideológicas es un hecho injustificable, menos ahora que con el Acuerdo de Paz se ha logrado el proceso democrático en El Salvador, y se cumple el compromiso de respeto a los derechos humanos, como dos de los principales objetivos firmados. Aunque los civiles siguen pagando las deudas con su sangre.

La voz del “colibrí” se expresa con 24 sonetos y siete poemas de verso libre; y afirma del otro poeta, exmiembro de la comandancia general de la guerrilla, que el poema es el alma del paisaje y la bandera del recuerdo, con la gracia del misterio real.

Los poetas en Medellín participamos con la bandera de ese misterio que hace vivir y no morir por una idea equivocada o verdadera y evita que la muerte encuentre a no protagonistas y protagonistas del antagonismo. Hacer presente ese misterio llevó a organizar la Cumbre de la Poesía por la Paz. Igual sucede con un “venado” y un “colibrí” que buscan “la flor dorada del futuro… en aventuras paralelas”.

Ese misterio real nos descubre que la paz no es una firma ni una declaración, sino reencontrarse con la riqueza moral y espiritual de los valores de la tolerancia para arribar a un pacto de nación que nos permita avanzar en la convivencia nacional.

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