Por amor al cine

Las películas con factura artística apenas son anunciadas, o mejor dicho, no se pone el mismo empeño en su mercadeo como con las que suponen asistencia masiva.
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Gabinete Caligari

Desde hace meses, varios amigos que viven en el exterior me habían escrito correos electrónicos para recomendarme una película argentina llamada “Relatos salvajes”. A todos les respondí diciendo exactamente lo mismo: “Esa película jamás la van a traer a El Salvador, porque ese tipo de cine jamás lo presentan acá”.

Cuál fue mi sorpresa cuando hace pocos días, un amigo me avisó que “Relatos salvajes” estaba de estreno en los cines salvadoreños. Fui a verla esa misma noche. La prisa por ir era porque me ha pasado que, cuando por obra y milagro de la Virgen de la Candelaria en este país se presenta una película de calidad, permanecen muy corto tiempo en cartelera. Por la vehemencia con que me habían hecho la recomendación, esta no me la iba a perder bajo ningún concepto.

Cuando llegamos al cine, mi acompañante y yo nos sorprendimos de no ver el afiche correspondiente a la película en las marquesinas. Pensamos que quizás nos habíamos equivocado y que no era ahí donde se presentaba. Pero viendo la cartelera interna, descubrimos que sí estaba anunciada. Algo desconcertados, compramos nuestros boletos. Cuando nos tocó seleccionar los asientos, vimos que solo había otros dos vendidos.

Esa misma noche era el estreno de “Cincuenta sombras de Grey”. Los pasillos del cine estaban inundados de una multitud de niñas bonitas que, con una excitación desmesurada, se tomaban fotos junto a los promocionales gigantes de las películas para subirlas al feis. No he leído los libros de E. L. James, porque me han dicho que no son muy buenos. Pero me atrevo a sugerir que si a usted le interesan el erotismo y las prácticas sadomasoquistas lea “La historia de O” de Pauline Réage, “La historia del ojo” de Georges Bataille o alguno de los libros del “Marqués de Sade”. Entonces sabrá lo que es el erotismo literario en serio.

Cuando entramos a la sala, no había nadie. Recordé que en mi adolescencia, cuando en un cine solo había dos o tres personas, la función se cancelaba. Más de alguna vez estuve sentada con mi madre esperando el inicio de la función a la que no se miraba llegar a nadie y sentir ese temor de la cancelación. Una vez, en efecto, un hombre se acercó a decirle a mi madre que nos devolverían el dinero en taquilla porque no había suficientes personas en el cine.

Solo cinco parroquianos vimos “Relatos salvajes” aquella noche. La película, narrada a través de seis historias diferentes, presenta una serie de situaciones que ponen a sus protagonistas al límite de la sensatez, desencadenándose situaciones de un extraño humor. Algunas, como el segmento de “Bombita” (que fue mi favorito), cuentan con un trabajo fotográfico notable. Dirigida por Damián Szifrón, con música de Gustavo Santaolalla, producida por “El deseo” de Pedro Almodóvar y con la participación de Ricardo Darín, Darío Grandinetti y Leonardo Sbaraglia, entre otros, “Relatos salvajes” ha sido un éxito de taquilla en Suramérica. En el festival de Cannes 2014 recibió una ovación de pie que duró 10 minutos.

Es lamentable que a una película de tan alta factura como esta, apenas se le dé visibilidad ni promoción. Pero no es la primera vez que pasa. De hecho, es la norma. Las películas con factura artística apenas son anunciadas o, mejor dicho, no se pone el mismo empeño en su mercadeo como con las que suponen asistencia masiva.

Mucho nos quejamos en este país de la falta de calidad en los productos culturales que están a disposición del gran público. Una de esas quejas tiene que ver precisamente con el cine de poco contenido que normalmente se exhibe en nuestras salas. Predomina el cine taquillero que no representa ningún reto intelectual para el espectador. Uno de los motivos para ello es estrictamente económico. Las cadenas de cine priorizan la ganancia, que no se logra solo a través de la venta de taquilla, sino sobre todo, por la venta de bebidas y golosinas. Mientras más gente entre a ver una película, mayor cantidad de golosinas serán consumidas.

Crear interés por un cine de mejor calidad, implica ejecutar una serie de cambios por parte de diversos actores de la sociedad. Uno de esos cambios sería brindar a través del sistema educativo, los criterios de análisis para comprender el mérito de un cine que no se limita a presentar explosiones, violencia física, historias rosa o humor simplón. A su vez, un público mejor formado a nivel estético podrá ejercer presión social para elevar la calidad del producto cultural que se nos ofrece, así como exigir festivales u otras formas de acceso a cine de primer nivel.

La educación del gusto del público en la apreciación de la calidad estética debe formarse desde los primeros años escolares. Pero poco se logrará si el método para crear ese tipo de sensibilidades continúa igual al que hasta ahora se implementa, es decir, que la educación estética sea una aburrida obligación que lejos de crear familiaridad y amor por el arte en todas sus expresiones, logran el efecto contrario: indiferencia por lo artístico y preferencia por lo facilón.

El anteproyecto de la ley de cultura presenta como una de sus apuestas importantes la creación de una industria de cine nacional y algunos cambios en la formación y el sistema educativo que permitirán, se espera, aumentar el nivel de exigencia del público. Por desgracia, no hemos vuelto a escuchar nada sobre la situación en la que se encuentran las discusiones o el proceso de aprobación de esta ley en la Asamblea. Pero aún cuando fuera aprobada pronto, su efecto y resultados no serán vistos de forma inmediata. Pasarán años antes de comenzar a ver cambios concretos.

Mientras eso ocurre, los amantes del cine en este país continuaremos obrando como una especie de cofradía secreta, intercambiando recomendaciones de películas magistrales que hemos visto por nuestros propios medios y avisándonos cuando en nuestras salas o algún centro cultural se presenta algo digno de verse.

Todo sea por el amor al cine

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