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Por fin llegaste

Hasta ahora, de eso se ha tratado la reconciliación que hemos vivido en El Salvador, de salir a la calle con la posibilidad de encontrarse con el victimario en el lugar menos pensado y de seguir nuestro camino como si se tratara de un ciudadano más.
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Un diálogo. 

—Hoy no me siento bien, hija.

—¿Y eso, mamá? ¿Qué pasó?

—Es que ahora que venía en el bus escuché la voz de mi torturador… estoy casi segura de que era él porque al escucharlo, sentí que estaba presa otra vez.

Silencio.

Después de tener esta breve conversación con mi madre, no quise preguntar más. Sentía que todas mis preguntas eran inútiles si el hombre que había engrapado su espalda, que le puso choques eléctricos, que le sacó una muela sana porque sí, que la hizo tomar agua del escusado, que disfrutaba poniendo una grabación con nuestros llantos para obligarla a dar información estaba libre. Tan libre como ella, que no tuvo otro camino que resistir las torturas, irse al exilio y regresar bajo las condiciones de reconciliación que se acordaron en la paz.

Haber escuchado la voz de su torturador regresó a mi madre a las pocilgas de los sótanos del castillo de la Policía Nacional, y yo regresé al 13 de junio de 1980 por la noche, cuando unos hombres vestidos de civil entraron violentamente a mi casa y a la primera persona que sacaron fue a mi madre. La única mujer entre los capturados. La vi otra vez con su vestido negro, sin mangas. Su duelo era por la muerte de mis dos abuelas y el asesinato de Monseñor Romero. Vi a mi padre otra vez pisoteado, él y yo tirados boca abajo en el piso de la sala de nuestro apartamento. Se lo llevaron sin camisa. Otra vez me vi junto a mi hermano, solos en medio de todo aquel revoltijo que dejaron los hombres de civil.

Con el paso de los años, a veces durante el exilio y otras ya de regreso en nuestro país, he conversado a pausas con mis padres sobre lo que vivieron mientras estuvieron presos, desaparecidos. Ha sido duro hablar sobre la agonía de no saber qué iba a ocurrir cada vez que el carcelero abriera el candado de la celda. De no saber qué había pasado con nosotros, sus dos hijos menores de edad, y nosotros de no saber si un día volveríamos a estar juntos o encontraríamos sus cadáveres tirados en El Playón.

En un pacto casi implícito ellos me han contado algunos instantes de esa dura prueba cuidando los límites de la conversación, y yo los he escuchado atentamente hasta que siento que no puedo más, que me duele demasiado, que estoy llena de impotencia, que la rabia contenida entre mi estómago y mi garganta me va a estallar, y ya no quiero saber más. En ese momento, como familia hemos intentado regresar a la rutina normal y tomar aliento, hasta la siguiente conversación.

Hasta ahora, de eso se ha tratado la reconciliación que hemos vivido en El Salvador, de salir a la calle con la posibilidad de encontrarse con el victimario en el lugar menos pensado y de seguir nuestro camino como si se tratara de un ciudadano más, que no tiene nada que explicar, que no tiene motivos para pedir perdón. Así hemos construido esta “paz”, manteniendo en silencio las cuentas pendientes, mientras el mundo entero califica la firma de nuestros acuerdos como un patrimonio universal ejemplar, como joya de la corona de Naciones Unidas. Sin embargo, el artificio del pacto de silencio solo nos ha provocado una herida insistente y una mutación de la violencia.

Después de esta larga espera por la dignificación de las víctimas, recibo llena de esperanza la resolución de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia que declara inconstitucional la Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz de 1993. De aquí en adelante solo me queda reiterar la exigencia de memoria, verdad y justicia para todas las familias que, como la mía, seguimos creyendo en que otro El Salvador todavía es posible. Y cuando pensaba que no llegarías nunca, por fin llegaste.

P. D.: Vaya para ustedes los torturados, para las madres de los desaparecidos y para los hijos cuyos padres perdieron una parte de su ser en los sótanos del castillo de la Policía Nacional

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