Puesiesque

Su mayor logro es a la vez su mayor limitante. Nuestros jóvenes leen este libro y no lo entienden a plenitud, porque hay palabras y giros que ya no se conocen.
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Cuando don Salvador Salazar Arrué se iba caminando a su trabajo en el diario Patria, se entretenía en el camino por quedarse platicando con los niños que iba encontrando. Aquellos niños con los que hablaba Salarrué eran de La Candelaria, El Calvario y La Vega, los barrios periféricos semiurbanos de San Salvador, barrios populares donde los niños también salían a trabajar como canillitas o como ayudantes en los mercados y las ventas callejeras; algunos mayorcitos iban siendo aceptados como aprendices en talleres de zapatería, talabartería o carpintería. Algunos, no todos, iban a la escuela.

Pero Salarrué, en vez de contarles cuentos a los niños, hizo todo lo contrario: le pidió a ellos que le contaran un cuento. Eso le permitió escuchar un sinnúmero de historias estrambóticas e improvisadas, como la de un zorrillo que orina unos líquidos hediondos y que se asoma a un pozo para ver en su fondo oscuro “un colón de cielo”; el de un niño que le dice al dentista que sus dientes no son de leche, porque en su casa no se toma dicho líquido, porque dice su mamá que la leche está muy cara; el de una niña con pestañas de Niño Dios a la que un admirador le manda un papel, porque eso fue lo que le dijo alguien que hiciera para enamorarla, que le mandara un papel, y el enamorado, tomando al pie de la letra el consejo, arranca un buen pedazo de papel de diario y se lo manda a la niña de las pestañas colochitas, como las del Niño Dios de la Iglesia.

Salarrué tenía un talento especial para escuchar a los demás y también para recordar y reconstruir lo que le era contado. Esas cualidades fueron imprescindibles para construir el lenguaje con el que fueron escritos estos cuentos, reproduciendo de la mejor manera el hablar de aquellos niños, con sus propios giros, cambiada la escritura de las palabras para redactarlas tal y como eran dichas, rompiendo normas de concordancia o cacofonía y siguiendo nada más el ritmo del niño narrador que comparte, a través de sus historias, parte de su imaginario y de su mundo cotidiano. Como dice el mismo Salarrué en el prólogo de “Cuentos de cipotes”, eran historias que los niños les contaban a los mayores. El narrador es siempre un niño; son los niños quienes hablan y a quienes escuchamos.

Esas historias que le contaban a Salarrué se comenzaron a publicar en Patria, en forma de columna, que iba siendo acomodada en los espacios que sobraban del periódico. Esto fue entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Más adelante, Ítalo López Vallecillos convenció a Salarrué de publicar aquellos cuentos en un libro. Ya se había hecho una edición en 1943, pero la intención era realizar una recopilación final de los textos. Salarrué estuvo de acuerdo y trabajó en varios de ellos; algunos fueron reescritos, otros mejorados en algunas partes y algunos fueron descartados. Esa selección final, que fue titulada “Cuentos de cipotes”, fue publicada en 1961 por la Editorial Universitaria, con ilustraciones de Zélie Lardé, esposa del autor.

El tiempo es una prueba de fuego para todo libro publicado, un filtro que permite la sobrevivencia de algunas obras pero también coloca en su justa dimensión el valor oculto o no apreciado de algunas otras. Han pasado 55 años desde la publicación de este libro. Una lectura actual de “Cuentos de cipotes” hace evidente sus méritos, los cuales trascienden lo meramente literario. Es la documentación del lenguaje de una época, de un núcleo poblacional urbano, de muchos de nuestros ahora abuelos y bisabuelos, y de un vocabulario que se va extinguiendo y que fue parte de nuestro hablar salvadoreño. El paso del tiempo nos lo presenta hoy en día como un tesoro lingüístico, que merece mejor aprecio y más estudio.

Su mayor logro es a la vez su mayor limitante. Nuestros jóvenes leen este libro y no lo entienden a plenitud, porque hay palabras y giros que ya no se conocen. Es de temer que llegará el día en que buena parte del lenguaje de estos cuentos resulte incomprensible para la mayoría, cuando sus palabras ya estén en pleno desuso. Es un proceso inevitable porque la lengua es un ser vivo, que está en transformación permanente. Las palabras entran y salen de nuestro hablar bajo nuestras propias narices, casi sin darnos cuenta.

Por otro lado, la manera en que está escrito el libro impide que sea traducido a otro idioma, porque para lograrlo habría no solo que encontrar la palabra equivalente entre los modismos del idioma al que se traduce, sino que también habría que respetar la grafía fonética. No hacerlo sería desvirtuar todo el espíritu del libro, pero hacerlo en otro idioma le haría perder el sentido y, sobre todo, el deleite y la ricura de nuestro humor y de nuestro hablar salvadoreño.

Cuando releo “Cuentos de cipotes” también me gusta recordar que este rescate del lenguaje no fue hecho por un investigador académico, por un filólogo, un lingüista o un antropólogo. No fue presentado como un informe o un ensayo ni como el resultado de una investigación planteada a propósito con ese fin.

Ese rescate de lenguaje fue plasmado mediante la literatura, en un libro de cuentos trabajado por un escritor que creía en la palabra como un elemento lúdico. Por alguien que se tomó el tiempo de conversar con la gente, de escucharla con atención y que supo detectar el potencial de una historia cuando la escuchaba. En ese proceso, un escritor guardó para nosotros un pedazo de tiempo, un pedazo de nuestra habla y las historias anónimas de nuestros cipotes, que a pesar de la rudeza de la vida en la calle, supieron conservar la ingenuidad y la picardía del ser niño.

Todo eso ocurrió gracias a un niño grande como Salarrué, que lo plasmó de una bella manera. Y siacabuche

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