¿Qué hay tras la muerte del fiscal?

Alberto Nisman fue encontrado en su apartamento con un tiro en la cabeza. Había acusado a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner de ocultar a los responsables de un atentado en el que murieron 85 personas. La sociedad argentina contempla hoy incrédula y hastiada la trepidante investigación policial. Pero el escepticismo con el que se sigue la investigación se funda en el turbio historial de los servicios de inteligencia.
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Dos versiones. Cristina Fernández de Kirchner ha publicado dos cartas en Facebook. En la primera dice que Nisman se suicidó. En la segunda afirma categórica que fue asesinado.

Dos versiones. Cristina Fernández de Kirchner ha publicado dos cartas en Facebook. En la primera dice que Nisman se suicidó. En la segunda afirma categórica que fue asesinado.

¿Qué hay tras  la muerte del fiscal?

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Fotografías de Agencias

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a muerte del fiscal Alberto Nisman, cuatro días después de denunciar a la presidenta del país por encubrimiento de los autores del atentado terrorista perpetrado en 1994 contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en el que perdieron la vida 85 personas, está golpeando al Gobierno argentino de una forma devastadora. Mientras los más críticos exigen una política a la altura de la gravedad de los hechos, la presidenta se ha limitado esta semana a escribir dos cartas en su cuenta de Facebook. En la primera, redactada el mismo lunes en que se confirmaba la muerte de Nisman, Fernández se preguntaba: “¿Qué fue lo que llevó a una persona a tomar la terrible decisión de quitarse la vida?”.

En esa misma línea, el secretario de Seguridad, Sergio Berni, ya había sido el primero en declarar que todo apuntaba al suicidio. Y después le siguieron el secretario de Presidencia, Aníbal Fernández, y otros miembros del Gobierno. Pero este jueves, Fernández volvió a escribir otra carta en Facebook, donde decía estar “convencida” de que no se trataba de un suicidio. Y a partir de ahí, Berni declaró que la tesis del suicidio está cada vez más lejos.

“Deje de actuar como una adolescente”, espeta un político opositor

La presencia del secretario de Seguridad en el piso de Nisman antes de la llegada del juez, además, ha motivado una denuncia contra él ante la justicia del dirigente peronista Juan Ricardo Mussa por delitos de “incumplimiento de los deberes de funcionario público” y “encubrimiento de homicidio”.

El Gobierno se mostró paralizado tras la muerte de Nisman. Y ha ido actuando al rebufo de los acontecimientos y las manifestaciones. La última de ellas fue convocada el miércoles por las principales asociaciones judías argentinas. A la sede de la AMIA acudieron miles de personas con carteles que reclamaban justicia. Y cuando el presidente de este organismo, Leonardo Jmelnitzky, habló en su discurso de muerte en “circunstancias dudosas” fue interrumpido por gritos de “¡asesinato!”.

Ahora, en un giro repentino, el Gobierno se suma a la tesis del asesinato, sin evidencias. “No tengo pruebas, pero no tengo dudas”, escribió la presidenta.

Mientras tanto, la denuncia de Nisman pasa a segundo plano y es la muerte de Nisman la que ocupa todas las horas de la televisión.

El hombre a quien el presidente Néstor Kirchner (2003-2007) encomendó la tarea exclusiva de investigar el atentado, en 2004. Era conocido desde hace 10 años como el “fiscal especial de la causa AMIA”. Tenía 51 años y dos hijas. Estaba separado.

El 5 de octubre de 2006, el fiscal Nisman había acusado formalmente a Irán de ser el autor intelectual del atentado y a la agrupación Hezbolá de ejecutarlo. Solicitó una orden de captura contra cinco iraníes y un libanés. Los iraníes eran el exministro de Defensa Ahmad Vahidi, el exministro de Información Alí Fallahijan, el exasesor gubernamental Mohsen Rezai, el exagregado de la embajada de Irán en Buenos Aires Moshen Rabbani, el exfuncionario diplomático Ahmad Reza Ashgari y el libanés Imad Fayez.

En marzo de 2007, INTERPOL colocó a los seis altos cargos bajo el sistema rojo de notificaciones, es decir, en busca y captura.

El distanciamiento entre Nisman y el Gobierno argentino se hizo patente en enero de 2013, con la firma del Memorándum de Entendimiento entre Irán y Argentina para avanzar en la causa de los iraníes acusados. El acuerdo se efectuó sin el conocimiento de Nisman, quien siempre se declaró en contra. Según el fiscal, la presidenta y el ministro de Exteriores Héctor Timerman “tomaron la delictiva decisión de fabricar la inocencia de Irán para saciar intereses comerciales, políticos y geopolíticos de la República Argentina”. Nisman aseguró que, el acuerdo entre Irán y Argentina, solo era la consecución lógica de negociaciones secretas que se había iniciado dos años atrás bajo órdenes de la presidenta.

Pocos días después de la muerte de Nisman, Fernández sostuvo en Facebook que la denuncia nunca fue en sí misma la verdadera operación contra el Gobierno porque “se derrumbaba a poco de andar”. Según su tesis, la “verdadera operación” consistía en matar al fiscal después de haberla acusado a ella con informes falsos. ¿Y quién fraguó esa operación contra el Gobierno, quién le dio a Nisman el rastro de pistas falsas? Fernández no lo dice de forma explícita pero señala hasta en ocho ocasiones a quien fue hasta diciembre jefe de Operaciones de los Servicios de Inteligencia, Antonio Stiusso.

“Si Stiusso era el que le daba toda la información que Nisman pedía y tenía”, escribió la presidenta, “es más que evidente que fue el propio Stiusso el que le dijo (¿o le escribió?) que Bogado e Yrimia eran agentes de inteligencia”. […] “El fiscal Nisman no sabía que los agentes de inteligencia que él denunciaba como tales, no lo eran. Mucho menos que uno de ellos había sido denunciado por el propio Stiusso”, añadió.

Desde la oposición, las críticas contra Cristina Fernández no tardaron en llegar. El diputado opositor Francisco de Narváez espetó en la radio: “Señora presidenta: usted no tiene el derecho de intervenir con la independencia de la justicia. De esta tragedia, usted por haber hecho o dejado de hacer es responsable. Le pido que deje de actuar como una adolescente que usa el Facebook para condicionar a quienes están investigando”.

En los medios más críticos, la atención al caso es permanente. Marcelo Longobardi, uno de los periodistas estrella de Radio Mitre, del Grupo Clarín, dijo que esta manera “estrafalaria” de gobernar acaba de colapsar. “Y el cadáver de Nisman es la fotografía de ese colapso”, señaló.

Mientras tanto, la investigación avanza sobre pequeños detalles: la hora en que llegaron los médicos; el allanamiento del departamento vecino a la casa de Nisman, alquilado a un extranjero; la facilidad o no con la que pudo abrirse la puerta de servicio; la persona que le prestó la pistola a Nisman un día antes de que muriese… Todos esos detalles van generando un ruido del que el Gobierno no consigue escapar, ni siquiera sumándose a la tesis del suicidio. Sea suicidio o asesinato, la muerte de Nisman arroja mucha luz sobre los pozos más oscuros de los servicios secretos. Y lo que se está viendo es muy preocupante.

Fernández y sus más estrechos colaboradores están convencidos de que Nisman fue utilizado por Stiusso. Este hombre de 61 años ocupó cargos directivos en la Secretaría de Inteligencia en los últimos 20 años y fue jefe de operaciones hasta que Cristina Fernández descabezó la cúpula de ese organismo el mes pasado. Se le conocía como el verdadero hombre fuerte de los servicios secretos.

Hasta tal punto se conocía y temía el poder de Stiusso que hace dos semanas, desde la Casa Rosada, se interpretó la denuncia de Nisman como una venganza ante su destitución. Stiusso tenía fama de ser un hueso duro de roer. Y había ejemplos más o menos recientes. En 2004, el entonces ministro de Justicia, Gustavo Béliz, le planteó un pulso a Stiusso. Acusaba al espía de manejar fondos millonarios y ofrecer al presidente Néstor Kirchner (2003-2007) información falsa sobre el atentado de la AMIA, en 1994. Béliz advirtió a Kirchner:

-Vos podés sentir que si pinchás teléfonos y tenés mucha información vas a ser más poderoso, pero vas a ser esclavo de la persona que hace esas cosas.

-Dejá que de eso me encargo yo.

Kirchner, finalmente, pidió la renuncia a Béliz y el ministro acudió esa misma noche del 25 de julio de 2004 a televisión. Allí mostró por primera vez una foto de Stiusso, lo acusó de “embarrar” la investigación de la AMIA y dijo: “Me echaron por nombrar la palabra maldita de la política argentina: SIDE. Es una especie de agujero negro, se manejan fondos sin rendición de cuentas. Constituye un Estado paralelo, una policía secreta sin ningún control: la maneja un señor al que todo el mundo le tiene miedo porque dicen que es peligroso y te puede mandar a matar. Ese hombre participó de todos los Gobiernos y se llama Jaime Stiusso”. Después, Béliz abandonó la política y se marchó a EUA.

A partir de ahí, Stiusso volvió a meterse en las profundidades de los servicios secretos. La causa AMIA le facilitó extender sus contactos con la CIA, el FBI y el Mosad israelí. Siguió trabajando en la sombra. Hasta que en noviembre pasado denunció que se sentía bajo amenazas. Y en diciembre concedió —algo inaudito para un agente secreto— una entrevista a la revista Noticias. “Cae un meteorito y me echan la culpa a mí”, se quejaba Stiusso sobre todos los casos oscuros que le atribuían.

Poco después de la entrevista fue destituido. Cuando Nisman hizo pública su denuncia, el secretario de Presidencia, Aníbal Fernández, la vinculó con una operación de Stiusso, un “manotazo de ahogado”, de quien ya se veía fuera de los Servicios de Inteligencia. En una entrevista concedida al canal Todo Noticias, del grupo Clarín, le preguntaron si era cierto lo que decía Aníbal Fernández y Nisman contestó: “Lo conozco a Stiusso, estuve con Stiusso, es de las personas que más sabía de la causa AMIA. Néstor Kirchner, cuando me pone a cargo de la unidad, yo ya lo conocía (a Stiusso), me dice: ‘La persona que más conoce de la que usted va a trabajar es esta’. La causa AMIA es un atentado terrorista internacional, tengo que trabajarlo con organismos de inteligencia”.

Nisman calificó a Stiusso como un “excelente profesional”. Y ahora, las miradas del Gobierno apuntan hacia él.

El nombre, la carátula oficial con que la justicia investiga la muerte de Nisman señala: “muerte dudosa”. A pesar de que las primeras pruebas periciales informan de que no hubo intervención de terceros, los investigadores no descartan ni el asesinato ni el suicidio por inducción. Pero muchos argentinos ya emitieron su sentencia: asesinato. El mismo día de su muerte miles de personas salieron a la calle pidiendo justicia con carteles que decían: “Yo soy Nisman”.

Dos días después, cuando Leonardo Jmelnitzky, presidente de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), donde en 1994 85 personas murieron en un atentado terrorista -el caso que investigaba Nisman-, mencionó la expresión “muerte dudosa” durante otra concentración que también reclamaba verdad y justicia, varios asistentes gritaron: “¡Asesinato!”.

Defender la tesis del suicidio de Nisman es, cuando menos, impopular para cualquier político argentino. Aunque ninguna prueba haya demostrado hasta el momento lo contrario. Sobre la memoria colectiva del país están muy presentes ciertos casos en los que el poder utilizó los servicios secretos para escuchar, extorsionar o atacar a jueces, periodistas y rivales políticos.

El 25 de enero se cumplieron 18 años de la muerte de José Luis Cabezas. Era un fotógrafo de la revista Noticias que publicó en 1996 una gran exclusiva: la foto de Hugo Yabrán, un empresario vinculado al presidente Carlos Menem (1989-1999). Todo el mundo hablaba de Yabrán como jefe de una mafia enquistada en la Casa Rosada, pero nadie disponía de su imagen. Hasta que Noticias publicó su foto en marzo de 1996. Diez meses después, Cabezas fue hallado muerto dentro de un coche incendiado, con las manos esposadas a la espalda y dos tiros en la cabeza. Yabrán fue considerado el autor intelectual. El presidente Menem prometió aclarar el caso, pero Yabrán se suicidó en 1998. La muerte de Cabezas, donde se vieron implicados los servicios secretos de la policía bonaerense, manchó la década de Menem.

En Argentina, cada fuerza de seguridad dispone de su aparato de espionaje: la Armada, la Fuerza Aérea y el Ejército, la Policía Federal, la Prefectura, la Policía de Seguridad Aeroportuaria, la Gendarmería, la Bonaerense (que depende del gobernador de Buenos Aires) y la Secretaría de Inteligencia (SI). La más poderosa de todas ellas es la SI, que aún se conoce como la antigua SIDE. Sus responsables reportan al presidente del Gobierno.

En octubre de 2003, se comprobó la participación de algunos de sus oficiales en varios secuestros. El entonces presidente, Néstor Kirchner, encomendó a la SIDE la investigación de algunos casos vinculados a la Bonaerense. Desde entonces, las luchas entre ambos estamentos son públicas. El último capítulo se saldó el 9 de julio de 2013 cuando 10 policías de la Bonaerense entraron en la casa del espía Pedro Viale, alias El Lauchón, y lo acribillaron a balazos. El Lauchón era un hombre de confianza de Antonio Stiusso, alias Jaime, el principal informador del fiscal Nisman.

Hay muchos casos donde directa o indirectamente aparece la SIDE. Su máximo responsable durante toda la década menemista, Hugo Anzorreguy, está procesado por irregularidades durante la investigación del caso AMIA y por encubrir a sus autores. El juicio oral contra él está pendiente.

Otro caso: en 2005, Enrique Olivera, candidato a alcalde de Buenos Aires por el partido ARI, fue acusado de guardar dos millones de dólares en el extranjero. Olivera perdió las elecciones y dos años después su denunciante, el dirigente de la Unión Cívica Radical, Daniel Bravo, reconoció que la denuncia “con datos falsos” había llegado a su poder de forma anónima. Olivera acusó a la SIDE de la operación contra él. Nunca se comprobó cuál fue la mano negra.

Desde que se instauró la democracia hasta ahora, la antigua SIDE y los políticos que pasaron por la Casa Rosada hicieron méritos para que todo el mundo desconfíe de que Nisman, simplemente, pudo haberse suicidado

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