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Queridos diputados

Echen tortillas frente a cámaras, coman más melaza, vapuléense los unos a los otros en sus cuentas de Twitter, gasten miles en galones de leche, bailen, acicálense los pies en las plenarias. Vivan como los rockstars que son.
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Nosotros, su pueblo, nos sentimos avergonzados. Que les hirieran nos ha dolido más que otra recurrente derrota de la selecta. ¡Cómo una sala insulsa osó atentar contra la armonía en la que ustedes retozaban en el Salón Azul! Esas reuniones perdidas, ante su disgusto por el atentado a sus suplentes, nos hizo reflexionar cuánto admiramos su tan esforzada labor.

No sabríamos qué sería de nosotros sin verlos desplazarse por la Asamblea (Legislativa) con esos talantes de diva, tan altaneros y demandantes. Sería un golpe para los periodistas no poder corretearlos tras sus jornadas de tomas de decisiones –en las que se equivocan a la hora de entregar distinciones, unos tartamudean al leer cifras y otros juegan un rato en sus dispositivos electrónicos en lugar de prestar atención a las discusiones coyunturales.

Todos los salvadoreños lamentaríamos que sus “misiones oficiales”, esas que se traducen en aproximados $700,000 cada año en boletos de avión, se hicieran menos recurrentes. Peor injusticia sería que no pudieran aprovechar esos más de $167,000 que se han destinado este año para los alimentos de algunas comisiones y directivos. Merecemos su indignación cuando un malcriado les cuestiona cómo gastan nuestros impuestos.

Qué haríamos sin ustedes detrás de sus nombres en las nuevas pantallas led, tan pintorescas que recuerdan a ventas de celulares y a rótulos de gasolineras. De qué nos nutriríamos sin sus análisis sesudos y sus argumentos tan bien fundamentados sobre por qué se merecen tantos privilegios.

Queremos saberlos siempre protegidos, con ese fuero que los inmuniza por sobre todos nosotros. Deben tener el derecho de faltar a sus compromisos legislativos cada vez que les plazca o lo necesiten, porque no son cualquier empleado público. Lo merecen. Por eso quéjense más, hagan más rabietas, suspendan reuniones, trabajen menos. Las decisiones trascendentales para el país pueden esperar. Ustedes son y deben ser primero.

Confiamos con ojos cerrados en que tienen la capacidad absoluta para legislar, que haya tanto asesor y asistente es solo un trámite para demostrarnos que el nepotismo y los amiguismos están bien cuando quienes los promueven tienen criterios tan justos como los suyos. Que una fracción tenga hasta $5,000 disponibles por diputado para contrataciones de personal es hasta poco. La educación, la salud y la seguridad de los salvadoreños siempre pueden estar en segundo plano.

Son nuestra farándula. Protagonicen más espectáculos. Echen tortillas frente a cámaras, coman más melaza, vapuléense los unos a los otros en sus cuentas de Twitter, gasten miles en galones de leche, bailen, acicálense los pies en las plenarias. Vivan como los rockstars que son. Los salvadoreños seguiremos marcando sus rostros en las elecciones venideras.

Gracias por la lección de que los colores de las banderas de los partidos pueden supeditarse cuando de perseguir objetivos comunes se trata –como asignarse otra rebanadita del presupuesto de la nación, por ejemplo. Nosotros, como ya les hemos demostrado, siempre los votaremos.

Si un día, por alguna extraña razón, se nos ocurre discrepar con ustedes, no se preocupen. Nuestro disgusto no trascenderá a quejas por redes sociales, y, al extremo, se nos pasará tras una que otra plática de amigos. Sus fieles vasallos nos comprometemos a usar nuestra amnesia selectiva para evitar la fatiga de protestar y de exigirles un servicio público digno. Sean libres y felices. El Salvador puede seguir ardiendo.

Nota aclaratoria: Haga caso omiso de la presente si usted es un caso excepcional y rarísimo de honestidad, transparencia y verdadero interés por el progreso de El Salvador. Usted sí habrá entendido el sarcasmo, así que, por diferente, que Dios lo agarre confesado en esa jungla legislativa

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