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Recordemos los nombres

En la Asamblea hay diputados extrañísimos. No sé si sea bipolaridad, actuación profesional o desdoblamiento.
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Comienzo con buenas noticias, muchacho, porque aunque parezca difícil, en ese lugar también hay buenas noticias. Uno se sorprende, claro, pero de vez en cuando las encuentra. Resulta, muchacho, que esos tipos votaron por algo bueno. Ratificaron la votación por rostro, la posibilidad de que en cada elección, de ahora en adelante, sepamos por quien votamos, les veamos las caras y les sepamos sus nombres. Te parecerá una tontería, muchacho, pero no lo es: en marzo de 2012, cuando se hizo la prueba de votar en una extensa papeleta plagada de fotografías, banderas y nombres muy pocos caímos en la cuenta de la trascendencia. Podíamos olvidarnos de las banderas y centrarnos en esos rostros, en esas personas que se habían vendido como ángeles los tres meses anteriores para intentar que los eligiéramos como diputados. No lo hicimos.

El cargo de diputado, muchacho, no es nada despreciable. Muchos de los que ahora lo ostentan intentarán reelegirse en 2015. Por eso, y disculpá que sea pesado, es vital que recordemos sus rostros y sus nombres. En la Asamblea, muchacho, hay diputados extrañísimos. No sé si sea bipolaridad, actuación profesional o desdoblamiento, pero lo cierto es que un momento actúan como legisladores y segundos después se transforman en activistas políticos. Ocurrió en la más reciente plenaria, precisamente en la que aprobaron el voto por rostro. El diputado que ejercía en ese momento la presidencia, un tipo simpático llamado Alberto Romero, cedía amablemente la palabra a sus compañeros. Discutían sobre el atraso en las obras de la carretera a Los Chorros, pero aquello rápidamente derivó en un pleito de cantina. Romero, que hasta ese momento era un dulce, al que incluso uno valoraría invitar a comer a casa, se convirtió en energúmeno en tres segundos, una postal que evocaba a un transportista (así llaman a los buseros ahora, aprende) peleando con otro transportista por ser el primero en ganar un pasajero. Daba miedo, te lo juro. Alguien le contestó del otro lado, otro diputado. Este se llamaba Guillermo Olivo y comenzó su alegato, no lo creerás, de la siguiente manera: “A saber por qué tienen miedo, temblando están, como que tienen calentura”. Como que tienen calentura. ¿Estarás pensando lo mismo? Sí, un argumento parecido solo se puede escuchar en una venta de sopas donde uno ha llegado a quitarse la goma un sábado al mediodía. Pero no, muchacho, así discuten en la Asamblea Legislativa de El Salvador. Idiosincrasia, le llaman. Un eufemismo vulgar para la pobreza mental, ¿sabés?

Y en lo más alto de la Asamblea, en su directiva, el panorama no es mejor. El presidente, Sigfrido Reyes, es un derroche de gratitud cuando el dinero no es suyo. Dispuso de $26,000 para comprar corbatas y pañuelos de seda, además de pines y esclavas. Unas esclavas que, en serio, no las imagino ni en el más llamativo de los reguetoneros bling-bling. Y lo justificó, aunque no lo creas, diciendo que “parece que a algunos el Grinch les robó la Navidad”. Sigfrido Reyes se llama, anotá su nombre, muchacho.

Otros directivos también entran a la lista. Francisco Merino, cuyo logro más importante fue disparar contra un grupo de policías (estando ebrio, que no se te olvide), ahora se ha convertido en crítico de arte. Como lo escuchás, muchacho, opinando sobre las esculturas y cuadros que debería comprar o no la Asamblea. Y Guillermo Gallegos, muchacho, que siempre se pasa tres pueblos, en una reciente entrevista dijo que Tony Saca era patrimonio de los salvadoreños. PATRIMONIO, con todas sus letras. Si eso entendemos por patrimonio, hasta ridículo es compadecernos por el incendio de una vieja iglesia olvidada.

Así que, muchacho, vos que naciste en 1995, 1996 o 1997, tenés la obligación de recordar sus nombres y sus rostros. Vos, que votarás por primera vez en 2015, sacalos de ahí. Nosotros no hemos podido.

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