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Reflexiones sobre el pasado presente

Si queremos ser coherentes con el discurso democrático, no debemos propiciar los aprendizajes memorísticos. Los salvadoreños sabemos que estamos pasando por un túnel ciego e interminable. Y la ruta de lo mismo nos hunde en una ciénaga de conciencia gris.
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Este mes de enero se ha divulgado por diferentes medios los 25 años del Acuerdo de Paz. Se ha incluido el historial del conflicto bélico con entrevistas, crónicas y notas de prensa con los protagonistas principales y testigos. Uno de los eventos inéditos se celebró en la Biblioteca Nacional donde seis firmantes del Acuerdo de Paz participaron un conversatorio con un grupo de 170 jóvenes, donde cada uno de los firmantes fortaleció el conocimiento de los hechos con dicho documento. Los jóvenes invitados al evento ni siquiera habían nacido y ven con ojos atónitos los efectos dramáticos de la posguerra.

Es importante conocer el pasado pero no vivir en él y menos de él. Los jóvenes son blanco del miedo y quieren saber en qué momento se borrará la incertidumbre cotidiana: qué será de ellos en un futuro y presente inciertos.

Gran parte del público hizo preguntas relacionadas con las causas de la violencia y de las marginaciones sociales por las que se pasa. El intercambio entre dos generaciones permitió conocer detalles de nuestra historia patria, importante para crear una mística del ciudadano tolerante y respetuoso con los demás; para crear conciencia de derechos que beneficien al soberano, así en la paz como en la guerra.

Tantas cosas que nos faltaron en estos 25 años. Entre otras cosas el arte como elemento de formación humanista y en valores. Me pregunto si estos jóvenes llegarán a la tercera edad buscando aún la salida de una sociedad donde el miedo y los protagonismos individuales no les afecten como les afectan en el presente. Si tendrán alguna ocasión de integrarse a una política de contenidos participativos o si solo serán llamados a votar sin tener los medios que permitan restañar las heridas que no han cicatrizado.

Pero del lobo un pelo, decía mi madre. El evento de la Biblioteca Nacional nos hace pensar en la necesidad de incluir el tema de la paz en el pénsum educativo antes de que la impaciencia social, por desconocimiento o falta de visión política, los lleve a la desesperación hasta culminar chocando contra un muro cruel e inhumano, violento y odioso. Más que asignaturas de civismo se requiere practicar la ética en todas las manifestaciones de la vida.

Primera condición: conocer su historia para no repetir horrores del pasado. Educar para una sociedad en paz a esta generación de relevo que representa el 40 % de la población salvadoreña. ¿De qué sirve la retórica o una cartilla de postulados si los ejemplos de vida los tachan con tinta negra? Eso es tomar el rumbo equivocado hacia la transformación educativa y cultural.

Si queremos ser coherentes con el discurso democrático, no debemos propiciar los aprendizajes memorísticos.

Los salvadoreños sabemos que estamos pasando por un túnel ciego e interminable y la ruta de lo mismo nos hunde en una ciénaga de conciencia gris.

Una conciencia lúcida nacional se forja siguiendo la ruta de la educación y la promoción cultural, los ejes que harán posible ese cuarto objetivo del Acuerdo de Paz y hasta ahora inconcluso: “Lograr la reintegración de los salvadoreños”.

Este año también hemos oído similares voces: “No hay nada que conmemorar”; y tienen derecho de exponerlo, toda vez que no sea para ganar una posición sectorial para multiplicar la bipolaridad del antagonismo. Si no fuera por lo trágico de estos momentos que vivimos, no sonaría como despropósito callar o no proponer soluciones viables y prácticas. Se trata de un aprendizaje de doble vía, construir con las nuevas generaciones una nueva conciencia de sociedad viable para convivir sin desigualdades producto de la deshonestidad, la inequidad y de tantos pecados mortales y veniales que estamos pagando en el infierno de la violencia social. Lo peor es que la mayoría, los jóvenes de ahora, no cometieron esos pecados.

Hablamos de la guerra y la posguerra, pero nos olvidamos de la preguerra, la que dio origen a varias décadas de violencia como antecedentes de un presente que aún no deja ver la claridad en el túnel.

De acuerdo, no todo pasado fue mejor, pero con la tragedia nacional de un conflicto bélico sangriento, la juventud se merecería un mejor presente. Recuerdo a los poetas jóvenes que ya figurábamos en el canon literario en la década de los cincuenta. Un grupo representativo que terminó en el exilio; pero antes nos integramos al teatro universitario, dirigido por un maestro francés: André Moureau. Con él representamos dos obras notables: “Edipo rey” (de Sófocles) presentado en el Gimnasio Nacional a cupo lleno, y “Juana de Arco” (Jean Anohuil), en el Teatro Nacional. Entre esos actores figuramos: Roque Dalton, Hildebrando Juárez, Roberto Armijo, Miguel Parada, todos escritores imbuidos de un pensamiento joven que comenzaba a rebelarse contra el autoritarismo estatal.

La presentación de “Edipo rey” en un escenario como el Gimnasio Nacional fue increíble. “Juana de Arco” terminaba a las 11 de la noche y los grupos del público caminaban por las calles desde el teatro a sus residencias. Pero la luna de miel terminó para dar paso al período de preguerra, las condiciones sociales y políticas agonizaban en un clímax insoportable. No existía ley de partidos políticos y estos se organizaban bajo el riesgo de la expulsión violenta del país. Se asaltaba las casas de quienes intentaban la práctica política ante la inexistencia de estos derechos. Y negarlos se veía como defensa de la democracia.

En esas épocas el poeta y periodista Italo López Vallecillos publicó dos artículos que le dio el plus de peligroso. Hablaba en uno sobre “El escritor como conciencia social”. En otro definía la política como “lomo contra garrote”. Casi ningún escritor o poeta joven se salvó de ser enviado al ostracismo o fueron objeto de secuestros o torturas.

El Acuerdo de Paz cubrió los vacíos políticos pero no lo suficiente para detener la violencia social. Aun así, consideramos válido conmemorar la Paz. No importa si del autoritarismo letal hemos pasado a una democratización difícil. Como esa disyuntiva de los partos complicados: se salva a la madre pero muere el hijo.

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