Relatos salvajes

En el ánimo de retratar uno de nuestros peores males, he preparado tres microrrelatos que sin duda contribuirán a identificar los prejuicios más comunes que expresa la sociedad salvadoreña.
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En estos tiempos violentos y desencantados, quizá muchos esperen que escriba sobre pandilleros incomunicados, masacres diarias, absurdos como el vicepresidente relacionado con un narcotraficante hablando de seguridad, la posibilidad de civiles armados y, por si fuera poco, el destape con nombres y apellidos de lo imaginable. Todos grandes temas. Un plato fuerte para el periodismo de investigación salvadoreño.

Sin embargo, dedicaré este texto a una de las principales causas de la violencia en el país: el arraigado clasismo salvadoreño. En el ánimo de retratar uno de nuestros peores males, he preparado tres microrrelatos que sin duda contribuirán a identificar los prejuicios más comunes que expresa la sociedad salvadoreña en cada acto de vida.

“Qué horrible noche”

La semana pasada, un joven escritor publicó el relato de la “horrible noche” que pasó en la entrada de Circo. La razón: “su apariencia de clase media baja”. “Nunca había ido, pero un amigo había PAGADO una reservación para celebrar su cumpleaños. Me invitó. Llegamos todos juntos. Los tipos en la puerta le dijeron a mi amigo que podían entrar todos, menos yo. Dame un motivo, uno solo”, dije. (Pensé: ¿será porque vine en mi motocicleta? ¿Mi ropa? ¿Mis expansiones en las orejas?). “Nos reservamos el derecho de admisión”, me dijo. Los demás invitados entraron, gozando del privilegio de ser admitidos, obedientes. Nadie hizo nada. Uno de los tipos se plantó, amenazante, desafiante, tocándose el arma, esperando a que me fuera. Mi amigo intentó hablar con quien le hizo la reservación. Nadie pudo hacer nada”. (Fragmento tomado de la carta publicada por Alejandro Córdova).

“La sofisticada”

Camina altiva por los pasillos del supermercado. Lleva la cartera en el antebrazo como pidiendo que la vean: bella, rubia, adinerada, pero, sobre todo, sofisticada. Sus giros imitados delatan su lucha por lucir refinada. Estados Unidos es todo lo que conoce. Esa es su idea de éxito. Es lo más lejos que ha podido llegar. Diez pasos atrás, la sigue la empleada doméstica, uniformada, en chancletas, anónima. Parte de su trabajo es cargar en brazos al hijo de la patrona. El niño la despeina, la abraza y le dice cosas divertidas al oído. Ya en el parqueo, el motorista corre para abrir el baúl del carro. Ella conversa por teléfono y dice: “Ah, mi condición para casarme era tener una camioneta Volvo y me cumplió”. El trabajador del súper y el motorista terminan de acomodar las compras. Ella se sube autoritaria, como marcando la distancia de sus empleados y convencida de que esa actitud la hace ver muy sofisticada.

“El club”

La palabra club en El Salvador está asociada a prestigio, exclusivo, privado y seguro. Es genial pertenecer a un club, porque en estos espacios se pueden cerrar grandes negocios fumando puro, jugando golf o cenando con una vista espectacular de un país que se desangra. Pero eso no importa, no hay que ser aguafiestas, de lo que se trata es de disfrutar del paisaje y la compañía. Nada como el glamour que te da encontrarte casualmente con un conocido que seguramente después de eso te tratará con más respeto y cercanía. Claro, hay que pagar mucho dinero para que los hijos practiquen seguros el tenis y el entrenador personal te sugiera una rutina certera para bajar de peso. Qué lindo es pertenecer a un club y soñar que una vida de primer mundo en esta chifurnia de país es posible. El problema es salir a la calle y ver a la manada de pobres que corren para alcanzar la coaster. Imagino que sus casas son esas lucecitas que veo desde mi terraza mediterránea.

Y después nos preguntamos sin vergüenza: ¿por qué hay tanta violencia en El Salvador?

P. D: Por cierto, los domingos despierto con ganas de empacar una toalla, un buen libro y rentar una sombrilla en cualquier playa pública salvadoreña. Si usted sabe dónde puedo hacer eso sin rentar una casa, sin pertenecer a un club o sin consumo mínimo en un restaurante, le agradeceré el dato

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