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Santiago de María y el casi adiós a sus albergues

Tras los terremotos de 2001, cientos de familias en Santiago de María se quedaron sin hogar. Fueron reubicadas en espacios llamados albergues. Les dijeron que sería por seis meses, pero fueron 15 años de hacinamiento, ausencia de servicios básicos y violencia.  A partir de 2016, la mayoría cuenta con una vivienda digna con solo algunos ítems por cubrir, gracias a su persistencia y la de su alcalde. Otros, sin embargo, todavía deben vivir como lo han hecho desde 2001.
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Detrás del muro, un frondoso maquilishuat se yergue contra el poniente, desnudo de flores pero robusto en su simplicidad. Érick Reyes se acerca a él, le sonríe, con las palmas de las manos recorre su corteza.  Lo saluda como si de un amigo se tratara. 

No hay desmesura en la comparación: Este fue el árbol que Érick sembró a pocos días de instalarse en este mismo sitio, hace más de 17 años, cuando el mesón en el que vivía, hecho de frágil bajareque, cayó en el terremoto del 13 de enero de 2001. 
Construida con láminas y madera, aquí instaló una casa para habitar por solo seis meses, según lo prometieron el alcalde de la época, Roberto Edmundo González, y Care International, la organización que les donó los materiales. 

Como él, otras 230 familias de Santiago de María, Usulután, que lo perdieron todo en los terremotos de 2001 se instalaron aquí para tener un hogar, un pedazo de tierra donde poder dejar sus pocas cosas, dormir, vivir. A cada una le asignaron un espacio de cuatro por cinco metros, 20 metros cuadrados. Era el nacimiento del ex-INCAFE, el primero de aquellos emplazamientos humanos a los que los santiagueños bautizaron como albergues. 
 

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