Semos malos

La violencia solo trae más violencia. Está comprobado histórica, social y psicológicamente. ¿Por qué seguir replicando patrones que nos tienen divididos como nación y heridos como patria?
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La afirmación la hizo hace mucho Salarrué, en sus “Cuentos de barro”. Con ella tituló un cuento en el que un campesino y su hijo son asesinados por unos ladrones. La puso en boca de uno de ellos, y la volvió el cierre del relato, en un súbito reconocimiento, aparente al menos, del delito cometido.

¿Tenemos el valor de aceptar lo que el personaje de Salarrué admitió fríamente? ¿Llegamos a ver que todos, en alguna medida, somos malos? La tendencia de la “gente de bien” es ver a la maldad como un ente abstracto, lejano, que se materializa en el otro.

En el momento en el que somos sujetos de alguna injusticia, de una mentira o de un engaño somos capaces de ver la maldad en las acciones o actitudes de los demás. Las reacciones ante la maldad varían, desde los piadosos que ponen la otra mejilla, hasta los indignados y quienes procuran la venganza.

La violencia es una de las principales manifestaciones de la maldad en nuestros tiempos. Estamos ya espantados, hartos, asqueados de las noticias diarias sobre homicidios, torturas, pleitos que terminan en sangre, niños que mueren en fuegos cruzados. Nos aterra la violencia, nos repugna ¿pero estamos dispuestos a renunciar a ella?

¿No es violencia acaso la mujer que, manejando una camioneta, invade los carriles de los demás vehículos y todavía grita e insulta? ¿No es violencia que los vigilantes de un centro comercial saquen de la acera a niños que piden monedas a los transeúntes? ¿No es violencia insultar a otros porque no piensan igual que nosotros?

También es violencia hostigar al compañero de trabajo, denigrar al vecino, invadir el espacio que es de otros, amedrentar, usar la prepotencia. Es violencia destruir con la lengua, armar chismes e intrigas, es violencia aprovecharse del más débil y abusar del poder.

Nuestro país está lleno de criminales que no tienen reparo en admitir que lo son, en presumirlo, en vivir y sacar ventaja del miedo que generan al reconocerlo. Así se han tomado territorios completos y ejercen control sobre estos.

Quizá semejante derroche hace que los demás nos sintamos superiores y que nuestras pequeñas maldades no cuentan. Esto es peligroso porque, para comenzar un cambio real como sociedad, deberíamos reconocer todos, de forma individual y personal, lo que estamos haciendo mal. Cada quien debería ser capaz de verse al espejo y reconocer allí al enemigo a vencer.

La violencia solo trae más violencia. Está comprobado, histórica, social y psicológicamente. ¿Por qué seguir replicando patrones que nos tienen divididos como nación y heridos como patria?

Semos malos. Pero podemos dejar de serlo. Sea cortés, ceda el paso en las calles, salude, conteste los saludos, ignore a quien lo insulta, no abuse del pito, no le grite ni le haga malas señales al otro. No alimente más esta vorágine de estrés y cabezas calientes que nos ha convertido en una colección de pequeñas bombas de tiempo.

Hay maldades incomprensibles, como la de quien degüella a una niña de siete años para que no haya testigos de un robo, o la de un padre que deja embarazada a su hija después de años y años de abusarla, o de quien mata a un maestro porque no dejaba que sus alumnos fueran reclutados por pandillas. Triste, inaceptable, complicado de cambiar.

Pero no por eso debemos caer en la desesperanza y dejarnos ganar por la desidia. Cambiar nosotros mismos es un gran paso para mejorar el entorno y para dar el ejemplo a los más jóvenes, a nuestros propios hijos. Semos malos, propongámonos dejar de serlo.

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