Sencillez y entorno público

Fui editor del libro “Los grupos de presión en Costa Rica” del premio Nobel Óscar Arias. Él llegaba a mi casa y yo lo eludía, pues me apresuraba insistente.
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<h2>OPINIÓN (Desde acá) </h2><p>Escribiviendo</p><p></p><p> *Escritor meritísimo de El Salvador</p><p></p><p></p><p>Se ha puesto de moda la sabiduría y temperancia del presidente de Uruguay, José Mujica, por vivir donde ha vivido siempre, en un apartamento reducido, y por manejar un Volkswagen año 60. Esto es similar a lo que pedía Flora Tristán, la primera feminista en el mundo, siglo XIX: sencillez y solidaridad en las relaciones de superior a inferior. Como la utopía de Tomás Moro (siglo XVI).</p><p></p><p>Hay otros ejemplos más terrestres de sencillez pública. El presidente Figueres, cruzando el parque Nacional fue atropellado por una bicicleta, caminando a Casa Presidencial; es el creador del Estado benefactor, que los ticos disfrutan con la misma intensidad que lo critican; dos veces presidente y, posteriormente, lo fue su hijo José María. O el presidente Otilio Ulate, cliente asiduo de una cantina de barrio, El Limón, donde muchos iban a echarse su “guarito” para tener la oportunidad de estrecharle la mano. O el presidente Alberto Monge, cuando mi hijo pequeño dijo: “Miren, ahí va el presidente”, este vio el gesto, bajó el vidrio de la ventanilla del carro, y le dio la mano. O lo que supe por mi hija: “Viajo en el mismo bus con el nieto del presidente Carazo”. En Costa Rica, los estudiantes, por lo general, viajan en buses escolares.</p><p></p><p>O cuando doña Karen Figueres, exprimera dama tres veces (dos por su esposo y una por su hijo), visitó El Salvador hace dos años y me pidió audiencia en la biblioteca para saludarme y poner su casa a la orden cuando visitara Costa Rica. En el siguiente viaje que hice la visité y me recibió con bocadillos preparados por ella misma; además, me puso a la orden su residencia solariega cuando organizara algún evento educativo regional.</p><p></p><p></p><p>Dignos ejemplos de sencillez en el entorno público son estos; aunque no todos estén de acuerdo en estas amistades, según respondan a tal o cual línea política partidaria. Como cuando íbamos a tomar café con Carlos Martínez Rivas, el mejor poeta de Nicaragua después de Rubén Darío, según la leyenda nicaragüense, al Palacio de los Pantalones, del doctor Abel Pacheco (de Palacio solo tenía el nombre: era un cuartito de unos treinta metros cuadrados, en calle secundaria), quien posteriormente fue presidente de la República y se atrevió a poner presos a dos expresidentes de su mismo partido. </p><p></p><p>O cuando fui editor del libro “Los grupos de presión en Costa Rica” del premio Nobel Óscar Arias. Él llegaba a mi casa y yo lo eludía pues me apresuraba insistente; explicable porque si salía en determinada fecha, podía optar al Premio Nacional de Ensayo y aspirar, por méritos, a la presidencia de la Asamblea Legislativa. El libro salió a tiempo, ganó el premio, llegó a presidente de la Asamblea y de ahí saltó a presidente de la República.</p><p></p><p>También hay otros ejemplos centroamericanos de sencillez pública. En Nicaragua, el presidente Arnoldo Alemán recibió en Casa Presidencial a los poetas de un festival centroamericano de poesía. Recuerdo que, entre trago y trago, en la recepción ofrecida contó chistes candentes con la risa plena y campechana de personaje corpulento. También en Nicaragua asistí al festival de poesía en Granada. La inauguración fue en la calle empedrada frente a la Catedral, el sitio exacto donde William Walker fusiló a varias personalidades públicas nicaragüenses en 1856, generales y altos funcionarios. Ahí en la calle los poetas me presentaron a varios ministros. </p><p>Al contarle a mi hermana de los festivales, fusilamientos y saludos, me dijo: “Claro, por eso los nicas tienen una escuela política histórica de abolengo”.</p><p></p>

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