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Ser extranjero

Es fácil identificar a los extranjeros en Santiago, porque nunca ha sido una ciudad esencialmente cosmopolita, sino que está en una especie de tránsito hacia ello. Es esta novedad la que a unos encanta y a otros disgusta.
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La migración se está convirtiendo en el tema de moda a escala mundial. Yo creo que se debe a dos grandes factores; primero, a las aberrantes declaraciones del candidato republicano para la presidencia de los Estados Unidos, el alguna vez respetado empresario Donald Trump, y por otra, al fenómeno de los refugiados sirios en Europa.

Y, aunque la historia de la humanidad está fundamentada en la migración, lo seguimos abordando como un fenómeno, como algo fuera de la norma que hay que controlar.

De lo primero que le enseñan a uno en el colegio, es que el hombre en sus inicios era nómada, es decir, se movía de lugar en lugar y migraba, de acuerdo a las condiciones naturales, la abundancia de comida y la seguridad. Fue hasta que aprendió a cultivar la tierra y construir refugios que transitó hacia el sedentarismo, quedándose en un solo lugar, en la medida que este fuera conveniente.

Si hablamos de tiempos más modernos, en cualquier lugar del mundo vamos a encontrar colonias de inmigrantes: judíos, alemanes, árabes, latinos… que se fueron de sus respectivos países movidos por crisis, guerras o, simplemente, gusto.

En fin, que los humanos nos movamos alrededor del mundo buscando mejores perspectivas es una condición intrínseca a nuestra especie que, por alguna razón, nos sigue sorprendiendo e incluso se convierte en parte de las agendas de país y lema de campaña de un político.

Yo soy parte de este extraño grupo de personas que andan deambulando por el mundo, si lo queremos ver así, desde hace unos tres años, cuando me vine a vivir a Chile. Aquí también se habla de inmigración como un fenómeno.

Ha sido evidente, incluso para mí como foránea, que ha habido un importante incremento en la cantidad de extranjeros que han elegido a Santiago como nuevo destino. Hay una sinfonía de acentos cuando uno camina por el centro de la ciudad o se sube al metro: dominicanos, venezolanos, colombianos, argentinos, peruanos y haitianos, cosa que no sucedía cuando llegué. Es fácil identificar a los extranjeros en Santiago, porque nunca ha sido una ciudad esencialmente cosmopolita, sino que está en una especie de tránsito hacia ello. Es esta novedad la que a unos encanta y a otros disgusta. Lo único concreto es que es una realidad, cada vez hay y habrá más extranjeros en Santiago y en todo Chile.

En países como Estados Unidos esta diversidad es la norma. Está en su génesis. Lo normal es ver y escuchar diversidad de acentos y nacionalidades conviviendo. Sin embargo, hay otros lugares como Chile en que la presencia de los inmigrantes es más evidente y, por tanto, requiere un proceso de adaptación.

Así como hay países acostumbrados a recibir inmigrantes, hay países como el nuestro, que tienen una historia de emigración. Los salvadoreños estamos acostumbrados a irnos, a buscar otros países. Quizá por eso vemos la migración como una oportunidad, una chance para poder ser lo que en nuestro país no se ha podido.

Para los que se van, no es fácil estar en otro país; y para los que reciben, tampoco es fácil aceptar a tantos extraños en sus ciudades; pero sea cual sea el punto de origen, inmigrante o nacional, este fenómeno nunca se va a detener: empezó el día en que los humanos habitamos la tierra.

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