“Somos arte, cultura y tradición”

A Panchimalco muchos lo describen como el tuétano cultural salvadoreño. Le endilgan ser indígena, o un relicario de tradiciones. Lo cierto es que quienes mantienen con vida algunas de estas expresiones se pueden contar con los dedos de una mano. Para los “panchos” modernos no hay conciliación entre pasado y presente. A continuación, estampas típicas de Panchimalco.
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El pintor Miguel Ángel Ramírez ha transformado una barranca en un Edén. Allí, y con gratuidad, jóvenes y niños pueden aprender a esculpir rocas o pintar.

El pintor Miguel Ángel Ramírez ha transformado una barranca en un Edén. Allí, y con gratuidad, jóvenes y niños pueden aprender a esculpir rocas o pintar.

“Somos arte, cultura y tradición”

“Somos arte, cultura y tradición”

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La carretera no deja de culebrear hacia abajo, hacia Panchimalco. Y la neblina –densa y blanca– apenas y deja entrever un paisaje selvático jalonado por cerros pétreos cortados casi verticalmente. El aire de misterio infla las expectativas, hasta que detrás de una curva aparece un puñado de casitas destartaladas junto a un enorme rótulo de bienvenida: “Panchimalco. Somos arte, cultura y tradición”. <p>Hoy es martes, en la tarde, y junto al rótulo de bienvenida transita la desnutrida procesión de una cofradía. En el cielo ceniciento estallan dos cohetes de vara. Y sobre los adoquines, una decena de señoras –algunas con mantillas y velas– escoltan a una antiquísima estatua, la de San Antonio de Padua, tan alta como un jugador de la NBA. Aquí, los únicos rostros jóvenes corresponden a los de cuatro adolescentes, delgados y sudorosos, que sin relevo deben cargar la imagen por las onduladísimas calles del poblado.</p><p> —Como no había quien cargara al santo, buscamos a estos cuatro muchachos... –Blanca Vásquez, una morena de 67 años, habla de decadencias.</p><p>Blanca juraría que desde que era pequeña, cuando tenía unos 10 años, ha participado ininterrumpidamente en esta cofradía. Una tradición religiosa, que hunde sus raíces en tiempos de la Colonia, pero que hoy se marchita en razón de que “muchos se han hecho evangélicos”. O porque, quizá, a la última generación de “panchos” ya no le interesa. Y lo dice frente a dos chicos que, sentados sobre una acera, comparten un cigarro mientras ven pasar la procesión, con la misma expresión de extrañeza de cuando uno ve televisión, cambia de canal y, sin querer queriendo, ve una escena de la clásica película de Ben-Hur. <br /></p><p>Calle abajo, la procesión desaparece. Y Panchimalco se desdobla flemático, perezoso. Si existe algo que intenta desnudar la endilgada esencia indígena de este pueblo –con certificado de ciudad– son sus muros y postes. Muchos están pintarrajeados con figuras de dioses mayas; y de “panchitas”, las míticas indígenas locales. Ahora, busco a los responsables de las folclóricas estampas por un sendero surrealista, uno que corre paralelo a un riachuelo-cloaca.<br /></p><p>Un tramo de este camino –vecinal– está flanqueado por jardines, un mural y pedregones transformados en esculturas. Este es el patio trasero de “Los Encuentros”. La casa-taller de Miguel Ángel Ramírez, el artífice de los panchitos acrílicos, niños de cara redonda y ojos grandotes. Hay quien considera que Panchimalco ofrece al turista pocos atractivos: este taller (creado hace 17 años), el templo colonial y ni uno más.</p><p>De hecho, hace dos meses, el presidente de la Asamblea Legislativa, Sigfrido Reyes, descendió hasta acá no solo para adquirir un nuevo cuadro, para la Asamblea, de más de $3,000, sino también para asegurar que este taller “es la otra cara de Panchimalco. La cara humana, cultural, tierna y profundamente expresiva”. De momento, Miguel Ángel, el pintor, saluda desde una terraza que asoma a esta quebrada. Viste unos jeans raídos y el cabello recogido en una cola. Parece un bohemio indio navajo.</p><p>Miguel Ángel invita a recorrer la barranca que ha convertido en Edén. A diferencia de lo que se ve en la procesión de San Antonio de Padua, aquí por doquier hay jóvenes dibujando sobre libretas y caballetes. “Cada sábado, vienen más de 56 niños y jóvenes a encontrarse con el arte (de forma gratuita)”, cuenta.</p><p>Y como muestra, botones. Roberto Ramos –uno de sus discípulos de 34 años– asegura ser de un cantón llamado El Divisadero. Y que, desde hace tres lustros, cambió el machete por el pincel. Que aquí se ha encontrado a sí mismo. Y que pinta bosques y ríos, como el que compró Sigfrido Reyes. Mientras hacen bosquejos, varios aprendices adolescentes parecen escuchar el cuento de que se puede ganar dinero pintando. Y por si tenían dudas, se acerca un delgadísimo pancho de 22 años, Mario López. Él asegura haber esculpido las piedras de la quebrada y otras que se exhiben en páginas de periódicos y en el capitalino museo Forma.</p><p> —Hace siete años vine aquí y he aprendido mucho. Ahora sé que (con el arte) no te morís de hambre –revela Mario. Y los aprendices lo observan admirados, como en trance. <br /></p><p>A mitad de los ochenta, el Museo Nacional David J. Guzmán describía a Panchimalco como “uno de los principales centros artesanales de El Salvador”. Un pueblo alfarero y textilero. ¿Todavía hay panchas que utilizan el ancestral telar de cintura?</p><p>—Ya solo quedan tres mujeres. Aquí, a la vuelta, pregunte por la niña Carmen Vega –me indica una transeúnte.</p><p>La tejedora referida vive a una cuadra de la famosa iglesia colonial, en un pasaje estrecho, largo y empinado que recuerda a las imágenes de las favelas de Río de Janeiro. En su casita todo parece hecho de tierra –las paredes, el techo y el piso–, a excepción de un corredor de concreto. Allí la encuentro, sola, sentada en un taburete, con el telar tensado entre su cintura y una viga. Es chiquita, tiene 45 años pero pareciera más joven. A su alrededor hay un reguero de cáscaras de mamón y bollos de hilos de colores.</p><p> —Mi abuela, la mamá de mi papá, podía usar este telar. Pero a mí me enseñó Claudia, una prima, hace como 35 años. Pero también pueden dos hermanas. En Panchimalco quedamos como cinco tejedoras. ¡Y todas somos de la misma familia, “Las Vega”!</p><p>Carmen platica de todo sin dejar de apretar los hilos tejidos con una especie de cuchillo de madera que llama “shushumpaste”. Asegura ser la madre soltera de dos varones. Que no sabe usar máquina de coser. Y que esta casa es en realidad de su padre, de Candelario Vega. Un señor de 93 años que duerme en petate y que vive de fabricar cebaderas de nailon. Carmen asegura algo que recuerda a los jóvenes del taller de Miguel Ángel: “Yo continúo tejiendo bufandas o portavasos porque como no hay competencia, hoy sí vale esto. Me queda aunque sea la mitad de lo que invierto. Esta (bufanda) en $12 la doy. Y si yo me apuro, me abunda y así gano”.</p><p> —¿Y aquí, en Panchimalco, no viene mucha gente a solicitarle unas clases?</p><p> —El año pasado me pusieron a dar clases para mujeres: ¡tres llegaron! Y eso que era gratis. Ni hombres quieren aprender, les da pena porque creen que solo las mujeres deben de tejer. ¡Mejor gente de San Salvador y Santa Tecla quieren aprender y no los de acá! </p><p>Carmen se lamenta de esta situación. Lo mismo le ocurre a su prima, Claudia Vega, de 66 años. A ella la conocí –minutos más tarde– en la casa de la cultura. Allí ha sido contratada para que intente hacer lo mismo: enseñar a usar el telar de cintura. Preservarlo.</p><p> —Acabo de regresar de la Matías (la universidad), allí enseñé a usar el telar a ocho estudiantes de diseño artesanal. Pero aquí, solo tengo una alumna de 12 años.</p><p>Claudia lo dice frente a la niña aprendiz y dos turistas que se tapan la boca y exclaman un largo: “Oh, my God!” Las cuatro atestiguan una escena cultural en peligro de extinción.</p><p>Otra cosa parece extinguirse a una cuadra de la casa de la cultura. En la cocina de Emilia Andrés –una mítica abuela de 80 años–, unos tizones evaporan el último charco de sopa de chipilín con hueso de tunco en el fondo de una olla de barro.</p><p> —Antes, por todos lados trabajaban con lodo. Pero todo eso se acabó. Aquí, Panchimalco, solo yo y una sobrina (Hortensia Vega) que vive allá por El Desvío, nos hemos quedado haciendo comales y de estas ollas –dice Emilia, mientras hunde las manos en un guacal que reboza barro húmedo.</p><p>Junto a una pared, cerca de una piedra de moler, Emilia mantiene ladeados dos comales “crudos”. Y por todos lados, ha dejado secando ollitas que, una vez raspadas y cocidas, venderá a $1. A veces, Emilia se lamenta como lo hacen las tejedoras. Frente a una de sus 20 nietas, asegura: “Ninguno ha querido aprender a hacer esto. No les gusta porque dicen que es muy ‘manchoso’, muy lodoso. Esto se va a acabar”. Emilia lo dice convencida, ya ha visto extinguirse otras cosas. Como el náhuat, el antiguo idioma indígena que hablaba su abuela. O los ríos limpios donde solía pescar su papá, o como...</p><p> —El corte de pancha que usaba mi mamá, a mí ya no me gustó ponérmelo. Eran como 10 yardas solo para falda: ¡Mucha ropa! Lo único que mantengo es este animalero (chompipes, patos, dos gatos y un perro) –explica Emilia, la última alfarera de Panchimalco.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Antes de la dolarización, la iglesia colonial de Panchimalco valía dos colones. En cada billete de dos colones aparecía su fachada, alta y barroca. Esta que ahora –en tiempos del dólar– algunos intentan vender como algo patriótico, “un ícono invaluable” del arte colonial salvadoreño. Resulta ineludible. Pareciera estar amarrada a la estrecha calle principal, para que no caiga en barranco. El templo habla por sí solo. Desde 1730, cuando fue reconstruido, ningún otro edificio local ha podido superarlo en gracia y tamaño.</p><p>Quizás, si la iglesia tuviera voz diría que este miércoles en la mañana no difiere mucho de un sábado en la mañana. Ningún turista la fotografía. Ningún joven la retrata al óleo o acuarela. Ninguna panchita la visita, como atestigua una revista National Geographic de 1944. Nadie parece notar que la cruz del campanario amenaza con arrojarse al vacío. Un borracho permanece fondeado en el atrio. Y dos niños trepan la fachada hasta abrazar las faldas de un santo en su nicho. Para colmo, las puertas permanecen cerradas con candados. ¿Qué le sucede al patrimonio cultural más icónico y tangible de Panchimalco?</p><p> —La iglesia pasa cerrada. Creo que el padre anda de viaje –detalla una muchacha que, de frente al templo, vende comales importados de Quezaltepeque, como los que antes se solían moldear aquí.</p><p>Antes de irme, atisbo que junto al templo, en el convento, hay una puerta abierta. Entro. Y poco después, me he colado en el tenebroso interior de la iglesia. La temperatura parece descender. Vaga un olor picoso, como a madera añeja y losa de barro. Parece que no hay nadie, el eco rebota entre el leñoso techo, de diseños arabescos; y unos retablos barrocos en proceso de descomposición. Una cortina y cinta perimetral amarilla ocultan al altar mayor. Desde allí se escucha una voz, quizá la de una italiana: “Cinco se dice ‘cinque’”.</p><p>Me acerco. Y descubro al altar envuelto en andamiajes y jóvenes con mascarillas. En efecto, los dirige una italiana con las dimensiones de Madonna, Mónica Sabatini. Es rubia y tiene ojos azules.</p><p> —En Italia tenemos mucho altar de piedra, pero este (de madera) me parece fantástico. Buscamos su policromía original y hemos descubierto "el dorado" (una capa de oro) que lo revestía –dice Sabatini.</p><p>Ella es parte de un equipo de restauradores de la Cooperación Italiana, que invierte más de $80,000 en limpiar, por primera vez en siglos, el retablo mayor. Este al que unos cinco años atrás le fueron hurtadas las imágenes de Santo Domingo, San Emilio y un San Miguel Arcángel. De hecho, la restauración incluye la revisión del sistema de alarma de la iglesia. “Para noviembre, el altar exhibirá su aspecto original”, prefiere comentar Leticia de Escobar. Además de supervisar esta obra, ella dirige la escuela de restauración del museo nacional, el MUNA. Sabatini la interrumpe. Algo le ha parecido curioso.</p><p> —El año pasado, limpiamos el Cristo del altar. Descubrimos que no era negro, lo que tenía era una capa gorda de bálsamo negro y algodón. Por siglos, en Panchimalco lo ungieron así. Me parece que eso era una tradición, que tenía algo de magia, que se ha perdido. <br /></p><p>En 1964, Franklin Parker, un historiador estadounidense, aseguró que el artista “mejor conocido” de El Salvador era José Mejía Vides. El retratista de Panchimalco. Pregunto por él, bajo la sombrilla de una ceiba –que sale escupida desde el centro del pueblo– y que tantas veces inmortalizó en pinturas.</p><p> —¿Mejía Vides...? No, no sé de quién me habla –responde un tipo bajito que transita con un enorme bolsón a espaldas.</p><p> —¿Qué dirección le han dado? –repregunta una joven con uniforme de estudiante.</p><p>En Panchimalco, solo unos cuantos saben ubicar a Mejía Vides como “el pintor”, a secas. La mayoría ignora que falleció hace 20 años, cuando tenía 90. Que no era moreno, sino chele como la yuca. Que fue becario en México D.F. Que conoció a Diego Rivera y su Frida Kahlo. Que poco después de la masacre indígena de 1932 recaló aquí. Y que su pintura más famosa es la de una pancha de mirada gris que cuelga en el museo MARTE. Finalmente, un viejecito da razón del pintor.</p><p> —¡Yo lo conocí! Ay más abajito está la casa donde vivía. Pregunte por Cristina, su hija.</p><p>Pregunto. Y poco después, escoltada por dos enormes perros, Cristina Mejía –una de las dos hijas del pintor– me conduce al corredor de una antigua casita: “Este era el taller de mi papá. Aquí pintó a algunas panchas. Pero él vivía en Los Planes de Renderos, hasta que el terremoto (de 1986) botó la casa y tuvimos que venirnos para acá, donde primero perdió la vista y luego le dio Alzheimer”.</p><p>En su laberíntico jardín, destaca una antigua fuente de querubines. Una que, en supuesto, fue labrada por Valentín Estrada, el escultor que –alrededor de 1950– salpicó de monumentos al cercano parque Balboa. Sin embargo, lo que más roba la atención es una habitación donde cuelgan algunas pinturas costumbristas de Mejía Vides. En un caballete, parece que no pudo concluir un retrato de Ricardo Trigueros de León, un periodista ahuachapaneco. “La gente no aprecia estas obras, solo el que sabe. ¿Cree que un ladrón normal y corriente va a querer robarse esto?”, cuestiona Cristina Mejía.</p><p> —¿No cree que podría abrir un minicafé o un minimuseo con toda esta obra?</p><p> —Primero, este pueblo está marcado por tanto muerto. Hasta mi familia tiene miedo de venir aquí, yo no creo que los negocios estén dando ahorita. Luego, mi privacidad... –razona Cristina.</p><p> —Cristina, ¿qué tan grabado estará José Mejía Vides en la memoria de Panchimalco?</p><p> —El pueblo lo ignora. Aunque, el padre ha venido y me pregunta que por qué no le hacemos una misa a mi papá. Dizque para que la gente se dé cuenta (de su vida y obra). ¡Pero no es así la cosa! Después de tanto tiempo de olvidado...</p><p> —¡Pocos saben aquí qué tan lejos llegó mi abuelo! –interrumpe Luis Arturo Mejía, el hijo de 27 años de Cristina.</p><p>Él confiesa haber heredado la afinidad por las artes. Que hace unos cuatros años, solía trepar la calle principal de Panchimalco hasta alcanzar el taller de Miguel Ángel Ramírez. Asegura que allí aprendió bastante, “lo básico”. Pero desertó. Lo sedujo más un proyecto de la alcaldía: las clases de guitarra que da un pediatra. “Llevo un año allí. Y como hay personas que llegan y después se van, somos solo 16 alumnos.” Cristina, su madre, lo escucha.</p><p> —¿Verdad que tu profe no sabe que sos nieto de Chepe Mejía Vides?</p><p> —No. <br /></p><p>Atardece. Una bulliciosa parvada de pericos parece ir en dirección al peñón cercano, a la Puerta del Diablo. Con un paisaje así, uno termina dando la razón a los que consideraron –o consideran– que Panchimalco es un paraíso cinegético. En 1954, fue escenario de la película “El pirata negro”. En 1955, aparece en “Cinco vidas y un destino”. Y en 1957, en “Solo de noche vienes”. En todos estos filmes participaron estadounidenses, salvadoreños y mexicanos. Y como cabría suponer, hubo más ficción que realidad...</p><p>Antes de despedirme de Panchimalco, recorro una solitaria calle moteada de borrachos-pide-pisto, y de deyecciones de perro. Una escena llama la atención, se desarrolla en el interior de una vivienda. Allí, solitario, un muchacho –de pelo parado y lentes graduados– parece jugar con un escarpelo y un trozo de arcilla. Lo rodean una veintena de diminutas reproducciones en terracota del templo colonial.</p><p> —Doy clases gratis de cerámica. –explica Humberto Vásquez, un pancho graduado en artes en la universidad. Y discípulo de Miguel Ángel Ramírez, el pintor de niños.</p><p> —¿Y dónde están sus alumnos?</p><p> —Fíjese que la alcaldía y el ISDEMU (Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer) lanzaron la convocatoria, pero ahorita nadie ha llegado. Solo tengo una alumna, pero como trabaja quizá no va a venir hoy. La estoy esperando. </p><p> —¿Y cómo se llama esa alumna? ¿Dónde vive?</p><p> —Ya no recuerdo, déjeme buscar el nombre... –la única alumna debe ser tan esporádica que ni siquiera recuerda su nombre. Más tarde, dirá que se llama María de García.</p><p>Humberto Vásquez no se explica qué pasa en Panchimalco: “Yo creo que a la gente de Panchimalco le hace falta visión. Hay mucha apatía por esto. Lo que voy a tener que hacer es poner una minisala de ventas para que las mujeres se animen a aprender”. Dicho lo anterior –recordando a las tejedoras y a los jóvenes de la casa-taller–, pareciera que cualquier expresión cultural en Panchimalco subsistiera a condición de ser redituable. Pero en este taller la mayoría de tornos para moldear el barro permanecen casi nuevos, en sus respectivas cajas.</p><p> —Como este proyecto está amarrado al ISDEMU, solo mujeres pueden recibir clases. Si dejaran participar a hombres, quizá sería otra cosa... ¡El año pasado solo a tres pude graduar! No sé qué pasa aquí.</p><p>Nadie sabe qué pasa en Panchimalco. Sin embargo, días atrás –durante la procesión de San Antonio de Padua– ocurrió algo que parece sintetizarlo todo. En plena calle y en medio de los sahumerios de la cofradía, una señora se acercó para preguntarme algo.</p><p> —¿Usted ya sabe mi nombre, verdad? ¿Nunca me ha visto, me va a decir?</p><p> —No... </p><p> —Soy la pancha que salía en televisión, en Canal 10. ¿La de la procesión de las palmas?</p><p>&nbsp;</p><p>Me resulta difícil ubicar a la señora, aun cuando revela que su nombre es Dorotea Rivas. Todos los años –durante el primer domingo de mayo–, periódicos y telenoticieros cubren la famosa cofradía de las flores y las palmas. Ese día, Panchimalco parece montar su show. Como un disfraz, muchísimas jóvenes visten el traje de pancha, uno socialmente muerto, que simplificándolo todo podría describirse como una suma de falda larga, güipil y un paño en la cabeza.</p><p>Sin embargo, en Panchimalco saben que los ojos de turistas y periodistas prefieren enfocarse en esta señora, en Dorotea, Teya. Que sea una de las cinco últimas tejedoras es lo de menos. En las imágenes de Google y en Facebook, Teya destaca. Es la única pancha que aparece seria, fervorosa, ataviada, chaparrita, longeva, y morena.</p><p> —Siempre se enfocan en mí... –Teya lo dice sonriendo, quizá convencida de que, una vez al año, ella es lo que cualquier foráneo esperaría encontrar en Panchimalco.

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