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Somos de colores

Los mestizos constituían la casta dominante porque eran inteligentes, trabajadores y hasta guapos. Y tenían una virtud: ¡Sus hijos se “aclaran” si se mezclan con blancos!
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A los 7 años me percaté de la piel de mis compañeritos del Externado: éramos de colores, como sacados de un catálogo de Benetton.

El único rubio era un tico bastante engreído. Me llevé mejor con el chino Xiú. Y con Max, un salvadoreño chele y orondo. Sin embargo, muchos de los compañeros más populares y listos eran morenos. Y yo deseaba ser moreno.

Deseaba lo que otros no. Una tarde, me sorprendió que mi papá regañara a mi hermana menor: “No volvás a platicar con ese morenito. Se ve que no es de fiar, a saber qué mañas tiene”. Mi ingenuidad se descoció un poco ese día, cómo no me enteré antes: entre más prieto alguien, más ruin puede llegar a ser, pensé.

Como la mayoría de salvadoreños, crecí escuchando lo mismo de amigos y familiares: “Comportate, no seas indio”, “indio rencoroso”, “tenés ojos y pelo de indio”, “lástima, no sacaste los ojos azules de tu abuelo”. Crecí sintiéndome medio feo por ser un chele con pelo de indio. Me sentí como un dálmata con cara de chihuahueño. Río por no llorar.

Mi abuela María decía —medio en broma— que el único indio que le parecía guapo era Chayanne, el cantante puertorriqueño. Más oscuro quizá le hubiera parecido “musungo”, feo. A quien jamás le puso objeción fue al expresidente Napoleón Duarte. Claro, era trigueño y tenía ojos verde-aceituna.

Mi abuela no era una neonazi. Era el reflejo “débil” de una sociedad quizá más discriminatoria que la actual. A inicios del siglo XX migró de Quezaltepeque a San Salvador. Y ella misma contaba que aquí la consideraron una “mengala”, pueblerina y empleada doméstica en potencia. San Salvador era más chico, pero clasista y con ínfulas europeas. A los indígenas únicamente se les veía de día: vendían flores y frutas y retornaban a Panchimalco o al Boquerón.

Por esa época, David J. Guzmán, el fundador del Museo Nacional, aseguraba que después de los blancos —como él—, los mestizos constituían la casta dominante porque eran inteligentes, trabajadores y hasta guapos. Y tenían una virtud: ¡Sus hijos se “aclaran” si se mezclan con blancos!

Y zanjaba algo: “en El Salvador restan ‘pocas agrupaciones indígenas’”. Y quizá se regodeaba de ello, eran atrasados, apáticos y asimétricos. “Las indias son feas, sobre todo cuando envejecen”. Dudaba que su “belleza” hubiera cautivado a los conquistadores españoles.

Con este telón histórico de fondo –y el de la masacre indígena de 1932–, ¿cómo no vamos a llevar algo de racismo en nuestras venas? Muchos lo niegan. En 1999, Francisco Flores fue calificado, con sorna, como el primer mandatario “afro” de El Salvador. Ahora, juzgan a Nayib Bukele por su sangre “turca”, como si eso lo hiciera menos salvadoreño. Me consta que muchos regatean el talento de Álvaro Torres o la belleza de celebridades locales como Elena Villatoro o Billy Calderón. ¿Por qué?

Cuando era adolescente llegué a naturalizar al racismo. Recuerdo que mi familia fue invitada a una fiesta en una casona. Allí, una sonriente morena saludaba a los invitados mesa por mesa y una invitada prefirió pedirle un trago y cubiertos. Medio mundo le aclaró que esa morena era la hija del dueño de la casona. “Yo también pensé que era la muchacha”, le confesé a mi mamá, y merecidamente, me enterró sus uñas en los brazos.

Somos como los hermanos Shaka y Dres, ¿uno chele y otro moreno? ¿Somos un país homogéneamente mestizo? En 1950, Alberto de Mestas, un académico español, aseguró que “El Salvador es el país más intensamente mestizado de América”. Y según él, racialmente somos como un refresco de carao con leche: lo indígena se diluye en lo español –sin otro aporte racial–. Algunos historiadores lo contradicen porque aquí hubo población negra, poca, pero presente durante más de 200 años.

Como mestizos, ¿hemos asimilado lo indígena? ¿Nuestra clase alta también se siente mestiza? Para el gobierno seguro no existen conflictos raciales porque jamás ha reconocido a ningún grupo indígena.

El mestizaje no nos ha eximido de racismos. En El Salvador se pontifica a los recién nacidos que tienen ojos y cabellos claros como los del Niño Dios, porque hasta en Ilobasco a Dios lo pintan con ojos azules. Un bebé moreno raramente recibe esas adulaciones. Ser indio sigue siendo peyorativo. Quizá por eso hay salvadoreños que juran a pie juntillas ser blancos como Donald Trump y de plano no. Recién una amiga morena puso esto en Facebook: “Maquillaje italiano. Mechas californianas. Uñas francesas. Cara maya”.

Si somos mestizos, ¿por qué la publicidad de los almacenes salvadoreños exhibe a gente con el fenotipo europeo? Como salvadoreño preferiría verme retratado junto a mi amigo “el Blacky”; mi tía “la Chele-Sandra” y el chino Xiú. Somos de colores. Falta aceptarnos tal cual

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