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Sueño de una tarde dominical

Es una pena que los escenarios estatales continúen vacíos y su personal listo para recitar de memoria todos los inconvenientes que impone la burocracia, en lugar de facilitar el uso de los espacios y de los recursos públicos.
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OPINIÓN (Desde acá)

El prado de los soñadores

Siempre he creído que las tardes de domingo son como tiempo muerto, como una prueba de resistencia al aburrimiento, a la soledad, al monólogo interior que no nos da tregua y, por qué no decirlo, a la tristeza. Mi mejor alternativa para pasar ese horrible trance de las tardes de domingo es preparar un plan lúdico, uno que de ser posible me ilusione, que me llene de expectativas, que me recuerde que ese callejón sin salida es solo eso, un trance.

Hoy es el domingo 11 de septiembre y tengo la fortuna de ir a ver “Exenta”, una propuesta escénica que integra danza, música y performance creado por la artista Didine Ángel, la bailarina Margarita Galdámez y el músico y compositor ruso Konstantin Ramírez. Me ilusiona que ya llegue la hora. La presentación es en el Estudio de Danza Humanum Tempore. En el espacio exterior del estudio donde todos los asistentes permanecemos de pie, no hay tarima, nada de sillas acomodadas frente al escenario, nada de bailarinas que salen a escena con la música. Nada de eso. “Exenta” promete una experiencia escénica diferente.

Inesperadamente, Ángel irrumpe en el patio interpretando a una mujer con pretensiones de rica, pero sin dinero para pagar la servidumbre. Vestida con una sexy bata negra y sosteniendo una copa de vino, saluda al público, tiende su ropa recién lavada y riega su jardín. Entre las plantas, en uno de los recipientes se encuentra, hecha nudo, la bailarina Margarita Galdámez, quien surge y crece cuando recibe el agua al ritmo de la música “Darling, Darling, Darling” de Chapelier Fou. Esta introducción es suficiente para querer ver más.

Ya en una sala de baile, bajo techo, todos los asistentes tomamos asiento y nuevamente Ángel rompe el hielo interpretando, como dice la coreógrafa, “a las mujeres que he sido y a las que veo cada día”.

Después de medirse medio clóset, camina hacia la puerta, se paraliza y piensa: “Pero el peinado es el mismo. El color del labial es feo. El perfume es muy fuerte. Ya es tarde y –una vez más– voy a entrar sola. No me depilé. Ando con la regla y estoy hinchada. Los zapatos me quedan flojos… si el tacón se me traba, me puedo doblar el tobillo. No me pinté las uñas. Aaaaaaahhjjj, ¡¡¡mejor ya no voy a ir!!!”

Posterior a la obra, Ángel me cuenta que la idea de montar “Exenta” surgió del deseo de Galdámez por crear un proyecto conjunto, en el cual ambas acordaron abordar la experiencia de “ser mujer” en El Salvador y luego en Costa Rica. “Elegimos dar nuestra versión de los patrones establecidos para las mujeres y cómo vemos posible transformar el paradigma. Creo que es importante tomarse el tiempo de ser el otro”, afirma la artista independiente.

Dos meses después y sin ningún apoyo institucional, “Exenta” era una realidad, una que ahora agradezco infinitamente a este colectivo de artistas. Los tres lograron hacer equipo, se sobrepusieron a los obstáculos y apostaron por crear una obra de calidad. Los tres demostraron que se puede exhibir un producto final que trascienda la frase “para ser de El Salvador, está bien”, o la típica descalificación de “si no lo hago yo o no se me ocurre a mí, no es tan buena”.

Debo decir que me hubiera gustado ver esta obra en otras instalaciones. Sin embargo, es una pena que los escenarios estatales continúen vacíos y su personal listo para recitar de memoria todos los inconvenientes que impone la burocracia, en lugar de facilitar el uso de los espacios y de los recursos públicos.

Esta es mi petición: quiero ver más obras exentas de lo impuesto, capaces de transformar el tedio en el sueño de una tarde dominical

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