Tambores de Hiroshima

En 2006, el salvadoreño Álvar Castillo fijó su residencia en Hiroshima, Japón, la ciudad arrasada por la bomba atómica en 1945. Allí descubrió el entusiasmo que la música latina despierta entre los lugareños y conformó una orquesta de salsa, El combo de la paz, integrada por él, un brasileño y 10 ejecutantes japoneses.
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Álvar Castillo, ahora, es una voz que habla desde el otro lado del mundo. Concretamente desde Hiroshima, Japón. A 13,000 kilómetros de su país, el músico salvadoreño se gana la vida de manera inesperada: es el fundador y líder de una orquesta de salsa llamada El combo de la paz, integrada por él mismo, el brasileño Marcelo Pietraroia y 10 ejecutantes japoneses. La banda interpreta los temas de Álvar, en su mayoría escritos en español.

—Yo venía pensando en dedicarme a la música de concierto, clásica, pues me acababa de licenciar en eso en México. Pero esto salió naturalmente. Los hechos siempre son más increíbles que los planes, trabajo con sonidos que me recuerdan a cada instante a mi país– comenta Castillo en una videollamada de Facebook.

Álvar arribó a Hiroshima en 2006. Junto con su esposa, la nipona Miwa Kubota, decidieron que lo mejor era que la hija de ambos, Nemi (nacida en México en 2001), conociera el país y el idioma natal de su madre y se educara en las exigentes escuelas del sistema japonés. Ya estando allá, Castillo comprobó el entusiasmo que la música latina generaba entre los lugareños, en especial la salsa.

El endiablado ritmo afrocaribeño, que agolpa la sangre y agita los pies, se había metido hasta las entrañas del mismo pueblo que ordena su vida bajo horarios y ritos imperturbables y que ha congelado el instante, desde hace siglos, en el discreto rigor del haiku.

Cuando el salvadoreño aterrizó, ya se habían establecido varias escuelas de baile que enseñaban el género y funcionaban clubes netamente dedicados a este. Lo único que no existía era un grupo que tocara música en vivo. Hasta que llegó El combo de la paz.

—El éxito de la salsa es su alegría, su capacidad para transmitir esa pasión por moverse, por estar vivo, para la que no hay diferencia cultural que valga. Es raro, porque es un ritmo complejo que se ha desarrollado a nivel virtuosista, pues es difícil de tocar– opina Álvar desde el otro lado del mundo, en medio de un proceso que bien pudiera catalogarse como mágico: la conversación se desarrolla aquí en San Salvador a las 7 de la noche de un lunes; en Hiroshima, a las 10 de la mañana del día siguiente.

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A través de la computadora suena uno de los temas de El combo de la paz. El bongó, la conga y los timbales se enredan en una compleja base llena de sabor tropical, la marca salsera por excelencia.
 
Cuesta creer que estos instrumentos de percusión son tocados por dos japoneses y un brasileño con el sazón necesario para no desentonar con sus referentes latinos. Lo mismo ocurre con trompetas, flautas y saxofones, que invitan a bailar en barrocas mezclas. Todo lo matiza el piano y el canto de Álvar Castillo, que hoy muestra orgulloso el fruto de nueve años de trabajo en Japón.

Sin embargo, allí no acaban las sorpresas, pues tras los primeros coros en español, surge la voz femenina de Miharu Kawakami que interpreta, encima del mismo ritmo, versos en japonés. Al recuerdo acuden las canciones de las series de animación nipona tan conocidas a este lado del globo. La pieza se desliza con fluidez y todo se remata con un sonoro grito “¡El combo de la paz!”, que bien pudiera haber salido de la garganta de la puertorriqueña La India. El trabajo está hecho: no hay diferencia entre nipón y caribeño.

Álvar no toma el crédito de lo conseguido. Más bien, agradece que el destino haya hecho que se topara con el japonés Jo Guchi San, bajista de El combo de la paz y uno de los principales animadores de los sonidos latinos en Hiroshima desde hace años. Según Castillo, él es el dueño de la colección de discos de música afrocaribeña más grande que ha visto, con piezas compradas a través de internet y en varios viajes a Cuba y Nueva York.

Jo Guchi San no se dedica profesionalmente a la música, pues cubre un importante puesto en la alcaldía de Hiroshima. Sin embargo, gracias a sus gestiones han llegado a la ciudad agrupaciones como el Gran Combo de Puerto Rico (con la que la orquesta de Castillo alternó el escenario en 2013 y 2014), considerado como el supremo embajador de la salsa boricua a escala mundial. Según Álvar, la banda que han construido no existiría sin Jo.

El trabajo sobra en las tablas de Hiroshima para El combo de la paz, con presentaciones “casi cada fin de semana”, como lo demuestran los múltiples carteles (escritos en ideogramas japoneses y partes en español) que Álvar guarda para sí. Aclara que la afluencia varía y en ocasiones se tiene un aforo de 500 personas; otras, como en uno de los más recientes conciertos, no pasa de 70.

La cosecha también se ha concretado en dos discos, “El combo de la paz” y “Okonomiyaki”. Con un costo de 15,000 dólares para cada uno, afirma que la inversión ya se ha recuperado por completo.

La orquesta salsera no es el único proyecto que ocupa los días de Álvar en Japón. Es el líder y fundador de un quinteto de jazz latino, Tres flechas, con el que tocó apenas hace dos semanas; acompaña con su teclado a la artista Miharu, especializada en la interpretación de piezas hispanoamericanas, enmarcadas en géneros como el bolero y realiza pequeños recitales con un formato de conga y piano. También se alista para grabar su primer disco de jazz latino.

Fuera de los sonidos propios del continente americano, Álvar también compone música académica. El año pasado, durante una corta estadía en Irapuato (México), por motivos laborales de su esposa, estrenó una pieza para piano y barítono llamada “El final de los tiempos”; en el mismo país, esta vez en Morelia, en los próximos meses debutará una partitura para corno solo.

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El término “salsa” se usó por primera vez en los sesenta para designar el trabajo de artistas, sobre todo puertorriqueños, que ofrecían en su sonido una síntesis de varios ritmos cubanos, como el chachachá, el son, la rumba y la guaracha (“El libro de la salsa”, César Miguel Rondón). En pleno año 2015, su alcance es mundial y lugares tan distantes como Japón no se han resistido a su impacto.

Ya en los noventa, del archipiélago asiático surgió la Orquesta de la luz (impulsada por el gurú de la salsa Ralph Mercado), que logró popularidad en varios países de Latinoamérica a pesar de que sus integrantes japoneses no hablaban ni una gota de español. La misma continúa en actividad y han surgido otras agrupaciones como Cuatro locos, y solistas, entre los que se cuenta Makoto, que el pasado fin de semana se presentó en Hiroshima con el acompañamiento de El combo de la paz.

En el país oriental han ofrecido conciertos, por otro lado, los más grandes exponentes del género, como Óscar D’Leon y Fania All Stars. Pero incluso las figuras más jóvenes han llevado su música a Japón, como el puertorriqueño Víctor Manuelle, quien el año pasado visitó tres ciudades con llenos totales. Según el mánager de este último, Félex “Rayito” López, gran parte del mérito por este alcance pertenece a Elí Irizarry, fundador del Congreso de Salsa de Puerto Rico, y su apuesta por replicar el evento en otras partes del mundo, que ha provocado la apertura de múltiples academias de baile.

—Es increíble lo viva que está la salsa en este momento, cuando las grandes disqueras la han olvidado– comenta López en una entrevista telefónica desde Puerto Rico.

El mánager también le da parte del crédito a la gran población latinoamericana que habita Japón, en especial peruanos y brasileños. Ambos países están profundamente relacionados con la nación nipona desde el siglo XIX, cuando se convirtieron en el destino predilecto en este continente para los inmigrantes del archipiélago, por encima de Estados Unidos y Canadá.

Tras esto, descendientes de japoneses (en el caso de Perú se conocen como nikkei) decidieron volver a la patria de sus mayores, llevando las costumbres y los gustos del lugar donde nacieron. López afirma que uno de los primeros empresarios que vio mercado para la salsa en parajes tan lejanos fue el peruano Renzo Ishikagua, encargado de contratar a su artista, Víctor Manuelle, y a Jerry Rivera.

Sin embargo, el nombre más importante en el negocio de la salsa en Japón es el del estadounidense-argentino Santiago Herrera, organizador de “Isla de Salsa”, evento que desde 1996 congrega a amantes de la música latina en la playa de Jigyohama, en Fukuoka, a unas cinco horas de Hiroshima. En el mismo, personas de todo Japón, China y hasta Singapur han disfrutado de artistas como el Gran Combo de Puerto Rico, Juan Luis Guerra y Manolito y su Trabuco. Este año, la fiesta se realizará en agosto, con el cubano Maykel Blanco como plato principal. Además, el show tendrá versiones más pequeñas en Osaka, Nagoya y Tokio, en un tour denominado “¡Vívela!”.

—No te podría dar una cifra exacta, pero la industria de la salsa en Japón ya es un negocio millonario– remata López.

El pianista salvadoreño Rubén Flamenco, director de la orquesta Salsalvador All Stars, destaca, por su parte, la ambivalencia de la salsa como una de sus virtudes para alcanzar el éxito mundial: no es una música popular al cien por ciento, pues sus requisitos se encuentran muy por encima de los de géneros como la cumbia, pero resulta más accesible que estilos como el jazz. También señala la amplitud de sus posibilidades y pone como grandes ejemplos a Rubén Blades y Willie Colón.

—Estos tipos son unos poetas, tienen letras con mucho sentido. Incluso lograron hacer canciones narrativas, como en el caso de “Pedro Navajas”, en un género que es para bailar. En la música también alcanzaron otro nivel, vos oís esas melodías con esos violines y decís ‘¡wow!’, es como música clásica con ritmo caribeño. Lo mejor es que todo esto lo digerís, como un plato exótico que te resulta familiar. Ellos son los grandes chefs del sonido– afirma Rubén, que comenzó el andar con su grupo en 2006, el mismo año en que Álvar lo hacía en Hiroshima.

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Álvar Castillo nació en Sonsonate, el 11 de febrero de 1960, pero pasó su infancia y juventud en Sensuntepeque, Cabañas. Descubrió la música a los 12 años, en el seminario menor de San Vicente, al que lo envió su madre para tener una boca menos que alimentar y sin nada de vocación religiosa. Pero solo duró un año allí, con otros sueños en la cabeza.

Salió de El Salvador por primera vez en 1980, “una semana después de la muerte de Monseñor Romero”, y sus primeros destinos fueron España y México. Entonces se unió a la banda cuscatleca Yolocamba Ita.

—No me da vergüenza haber hecho música de este tipo. No es algo que yo escuche todos los días, pero en esa época era el panfleto más sincero, pues estábamos en guerra– afirma.

El grupo le permitió realizar varias giras por Europa. En esta época surgieron las que, quizá, son sus composiciones más conocidas en el país. Una de ellas es “Canasungananá”, tema repleto de alusiones a la cultura salvadoreña e inspirado en una canción de cuna de su abuela. Según cuenta él mismo, surgió en Holanda u otra parte de Europa en el 81, cuando lo embargó la necesidad de escribir algo que lo conectara con su tierra, de la que, por primera vez, sentía nostalgia. La otra es “Homenaje a Monseñor Romero”, con su coro “Monseñor, vives hoy en el corazón del pueblo que tanto te amó”, que suena en algunas iglesias católicas del país, aún como parte de la liturgia.

Durante su estadía en México, estudió una licenciatura en Composición, que dejó incompleta durante mucho tiempo, pues volvió a El Salvador en 1991 con la esperanza de que las balas cesaran. Ese mismo año comenzó con uno de los proyectos culturales más importantes del país en esa década: La Luna Casa y Arte. Su compañera era Beatriz Alcaine, quien estuvo al frente del espacio hasta su clausura en 2012.

—Muchas personas fuimos a vivir a otros sitios durante la guerra, en una especie de autoexilio. Álvar, Óscar Soles y yo éramos de ellos. Por eso, al volver logramos que nos prestaran un dinero, 1,000 dólares a cada uno, por medio de un fondo de las Naciones Unidas para expatriados, que para nosotros era una millonada. Con eso, y otros aportes, comenzamos La Luna– afirmó Beatriz en unos días.

El sitio, rápidamente, se convirtió en uno de los centros culturales más importantes de San Salvador. Según Beatriz, la idea era poner “el arte al alcance de todos y darle espacio a todo”. Álvar fue esencial para la tarea, por sus relaciones con otros músicos y porque conformó varios grupos de jazz y se integró a otros de música popular, como la Cosecha Latina o el salsero Súper Combo 12, con el que incluso grabó un par de discos.

En cuanto a lo académico, Alcaine recordará el musical para teatro “Sócrates Light”, que contó con la música de Castillo, la dirección de Roberto Salomón (el más reciente Premio Nacional de Cultura) y la actuación de la legendaria actriz Isabel Dada. Se estrenó en 1994.

—Él es un creador, un artista completo. En mi vida nunca he visto alguien más versátil que Álvar. Y lo más importante es que se mantiene vigente. Hace unos días fui a una fiesta en Suchitoto, donde estaban dos argentinos amigos míos que viven aquí en El Salvador. El hijo de ambos, que está pequeñito, comenzó a cantar ‘Canasungananá’. No te imaginás mi sorpresa cuando dijo que la aprendió en la escuela– dijo Alcaine.

Álvar abandonó La Luna en 1997 para dejar las labores de administración, dedicarse al grupo Exceso de Equipaje y dar clases en el Centro Nacional de Artes. En el sitio conoció a Miwa Kubota, el amor de su vida. La nipona había arribado a El Salvador como parte de un programa de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) para apoyar a la Orquesta Sinfónica y al lugar de estudios. La historia es corta: se enamoraron y decidieron, en 1998, partir hacia tierras aztecas en busca de un ambiente más musical. Además, Álvar quería terminar con su licenciatura en Composición por la Universidad Autónoma de México, que había dejado inconclusa en su etapa ochentera.

Allá se casaron y nació su hija, Nemi, en 2001. Con una vida ya hecha en la capital mexicana, decidirían partir en 2006 hacia la ciudad natal de Miwa, Hiroshima. Desde entonces, este es el hogar de Álvar. Pero ser un extranjero ha sido una constante en su vida: de sus 55 años, al menos 28 los ha pasado fuera del país. Sin embargo, opina, la identidad es algo que sobrevive a todo.

—Permanece gracias a la infancia, a lo que uno vivió de niño, de joven, como yo hasta los 20 años en El Salvador. Eso es lo que uno es en esencia. Lo que viene después es un desarrollo de eso. Yo no puedo dejar de ser salvadoreño aunque lo quiera. Ser salvadoreño no es un propósito, es un hecho– comenta Álvar desde el otro lado del mundo.

Por eso, cuando en alguna antología japonesa lee el famoso haiku de Matsuo Basho (poeta del siglo XVII):“Quietud: los cantos de la cigarra penetran en las rocas” (traducción de Octavio Paz), no piensa en algún paraje del verano japonés, sitio original de la pieza, sino en el Sensuntepeque de su infancia, cuando estos insectos anunciaban el inicio de Semana Santa.

Uno de sus mayores orgullos, dice, es legar esa identidad salvadoreña a Nemi, que se encuentra estudiando en la escuela a la hora de esta conversación.

—He logrado que mi hija piense en español, que sienta en español, que se divierta en español… siempre le hablo de El Salvador, le cuento lo que viví y ella lo valora mucho. Creo que hay un pedacito de mi patria en su corazón– comenta Álvar, uno de los 109 compatriotas que, actualmente, residen en el país asiático, según datos de la embajada japonesa en El Salvador.

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Tan posible como que un salvadoreño se gane la vida tocando salsa en Japón es que una ucraniana recoja su sustento gracias a este género de baile en El Salvador. Ese es el caso de Tanyusha Levdokymova, quien pertenece al grupo de danza Style, liderado por Henry Urías. La europea arribó al país en 2008, de la mano de su esposo, un nicaragüense al que conoció durante sus lecciones en una escuela de salsa en la nación europea.

—Se puede decir que la salsa me lo ha dado todo, hasta el amor– dice Tanyusha, en tono de broma y con un acento que ralentiza sus frases.

Tania, como se hace llamar entre sus amigos en San Salvador, descubrió el ritmo caribeño hace 10 años en su natal Kiev. Entonces, buscaba una actividad con la que poblar el tiempo que le dejaba libre la carrera de Artes. No se imaginaría que pasaría a convertirse en una de las cosas más importantes en su vida.

Con la piel como mármol, los ojos verdes y el cabello rubio resulta difícil creer que cuenta con el picante necesario para decorar con sus movimientos el ritmo y las melodías de la salsa. Pero un solo gesto bastará, después, para disipar toda duda, en una rutina junto al líder de su compañía, Henry Urías. Dirá que todo “está en la práctica” al dejar tras de sí una estela de sensualidad caribeña; ella que proviene de una ciudad en que la temperatura alcanza los 20 grados centígrados bajo cero.

La salsa es un género popular en Ucrania gracias a las academias que la enseñan junto a otras variedades, como el chachachá, el merengue o la bachata. La radio rara vez programa una canción del estilo, pero los artistas son conocidos gracias a la recomendación de unos escuchas a otros. Entre los favoritos se encuentran maestros de la talla de Rubén Blades; pero, debido a las barreras del idioma, la mayoría solo conoce el nombre de Marc Anthony, apelativo que sirve para denominar a casi todo sonido latinoamericano.

—Salsa es algo especial, tiene algo en su ritmo que no deja a la gente quedarse sin ilusiones, sin moverse. Uno escucha la música y se emociona, quiere expresarse por medio de su cuerpo. Es la mayor pasión de mi vida– comenta Tanyusha, a la que esperan dos horas más de ensayo, que sorteará con una sonrisa en el rostro y fuego en las caderas.

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En Hiroshima es primavera. Por eso, tras esta plática, Álvar caminará hacia el parque de la Paz, a cinco minutos de su casa, el mismo sitio donde el 6 de agosto de 1945 cayó la primera bomba atómica de la historia. Tal vez avanzará a través de un sendero bordeado de cerezos en flor y se le ocurrirá un verso con el que decorar la recién comenzada tarde. O, más bien, se topará con algunas rosas laurel, las que, según la tradición de la ciudad, fueron las primeras plantas en volver a florecer tras el estallido.

—Lo que más me gusta de esta ciudad es tener la sensación de que aquí hubo una destrucción total y que es posible renacer, volver a ser felices– afirma Álvar.

En Hiroshima, la bomba (irónicamente bautizada “Little Boy”) acabó de forma instantánea con la vida de 70,000 personas, la mayoría civiles, y dejó igual número de heridos, según datos del Ejército de Estados Unidos (para hacerse una idea, la guerra civil de El Salvador legó unos 75,000 muertos en 12 años, según la Comisión de la Verdad). Es la cifra de fallecidos más alta de la historia provocada por un solo artefacto. Se trataba de una ciudad con 450,000 habitantes, por lo que un tercio de su población fue afectada. Las secuelas continúan hoy en los sobrevivientes, conocidos como hibakusha, envenenados por la radiación al mismo tiempo que eran arrasados en llamas. Además, cerca de 60,000 edificios fueron dañados o destruidos.

Sin embargo, la actualidad de la ciudad es otra. Su economía, como antes de la bomba, se basa en la industria. Por ejemplo, la mundialmente famosa marca de carros Mazda tiene su sede en el sitio, que goza de una industria naval en plena salud y de uno de los puertos más importantes de Japón. La población también ha presentado un repunte, pues actualmente, según el último censo de la alcaldía de Hiroshima, es de casi un millón 200,000 habitantes.

—Es muy emotivo vivir aquí, para mí que fui parte del proceso que hubo en El Salvador. Nosotros soñábamos con cambiar el país y después soñábamos con la paz, y esta es la ciudad emblemática de la paz. Admiro esa capacidad de reconstruirse de los japoneses– sostiene Castillo.

La caída de la bomba se conmemora cada 6 de agosto, en el mismo sitio donde en un montículo inmenso descansan los restos de miles que no pudieron ser identificados. Para Álvar, este es otro milagro, que un acontecimiento tan duro no provoque un trauma en la población de Hiroshima, pues hasta los más jóvenes (como su hija Nemi) son instruidos en la importancia de recordar el pasado para no repetir los errores de las pretéritas generaciones.

Con casi 10 años en la ciudad, Álvar confiesa que su proceso de adaptación apenas está comenzando. El japonés básico, instrumento indispensable para la vida diaria, continúa resistiéndosele, pero es mucho más fácil que hace una década. Además, la piel ya se va acostumbrando a los crudos inviernos que azotan la ciudad entre diciembre y febrero.

—Gracias a Dios he tenido la oportunidad de estar en muchos lugares. Confieso que me he sentido discriminado en Canadá, en México, en Europa, incluso en El Salvador, por ser gordo, alto, bajito o lo que sea. El único lugar en el que no me he sentido discriminado es Japón– comenta Álvar, en una opinión para la que vale parafrasear el haiku de Matsuo Basho dedicado a la ciudad de Minamidani:

¡Qué cortesía!

Hasta la nieve es fragante

en Hiroshima.

Álvar se despide mientras sobre la ciudad de su residencia comienza a reinar el mediodía. La noche se cierra en San Salvador, a varias horas y miles de kilómetros de El combo de la paz.

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