Te llamarás “Puerta del Diablo”

Hay algo de mezquindad en cambiar nombres de calles o sitios públicos. Cercenan la memoria histórica. Y es como si nos impusieran a todos el criterio del gobernante.
Enlace copiado
Te llamarás “Puerta del Diablo”

Te llamarás “Puerta del Diablo”

Te llamarás “Puerta del Diablo”

Te llamarás “Puerta del Diablo”

Enlace copiado
Nada está escrito en piedra y menos en El Salvador, donde existe la (vieja) costumbre de cambiarle el nombre a todo. Tener una Puerta del Diablo siempre ha causado roncha en este país aficionado a hacer gala de puritanismos o de juzgarlo todo como bueno o malo. ¡Qué horror si ese peñón pudiera hablar y opinar al respecto!

Hace pocos meses surgió un movimiento ciudadano llamado Cambio de nombre. Buscaban que la Alcaldía de Panchimalco rebautizara a este sitio turístico como La Puerta de Jesús. Así apaciguarían al país. En teoría, constituye un imán para suicidas y asesinos porque su actual denominación lo asienta como “un altar a Satanás”.

Según una nota de El Diario de Hoy de hace 43 años: Benicio Marín, entonces párroco de Los Planes de Renderos, y María de Baratta, musicóloga y folclorista pionera, también decidieron “espantar a los demonios a otro lado” cambiándole su “fatídico nombre” por La Puerta de Los Ángeles. A manera de exorcismo, rociaron agua bendita y clavaron una cruz en el sitio donde fue hallado el cadáver de Morena Celarié, bailarina folclórica de quien aún se ignora si se quitó la vida o fue asesinada.

Rafael Morán, diputado pecenista, dijo algo que pareció más sensato: “Cambiar de nombre no traería una disminución de los hechos delictivos. Estos fenómenos no obedecen a un simple nombre”. Baratta replicó que era un proyecto viejo y que antes habían contemplado llamarle “Puerta al Cielo”. No mentía.

El 11 de septiembre de 1955 este periódico publicó una página titulada “La Puerta de Los Ángeles”. Denominación atribuida al escritor Salarrué, quien residió a tiro de piedra del peñón, al igual que Baratta. Este artículo daba pie a que esta designación sustituyera al “ángel malo”, nombre impuesto por “cuentos y leyendas” populares.

Antes de morir –en 1920–, el historiador Jorge Lardé y Larín se limitaba a llamarlo cerro “Chulul” o Chulo, su nombre indígena, ahora en desuso.

Los nombres náhuat llevan siglos siendo suprimidos. En poco más de un siglo, Guaymoco pasó a ser Armenia, Cacaluta a San Julián, Tecapán a Alegría, Cacahuatique a Ciudad Barrios… Juayúa a El Progreso. Esta última denominación fue parida por varias familias cafetaleras; sin embargo, resultó impopular –o quizá el progreso fue parcial– y retomaron su nombre vernáculo, el indio. Lo mismo sigue ocurriendo.

En 2003, Carlos Rivas Zamora, exalcalde efemelenista, rebautizó al bulevar del Hipódromo con el de un funcionario de la ONU asesinado en Irak: Sergio Viera de Mello. El cambio fue imposible. En 2010, Norman Quijano, exalcalde arenero, renombró al bulevar Venezuela como “José Arturo Castellanos”, el Schindler salvadoreño. Pero como la vía se llamó Venezuela durante tantas décadas –antes del chavismo– muchos no conciben llamarle de otra forma.

Hay algo de mezquindad en cambiar nombres de calles o sitios públicos. Cercenan la memoria histórica y es como si nos impusieran a todos el criterio del gobernante. Solo hay que recordar al expresidente Mauricio Funes cuando rebautizó al bulevar Diego de Holguín: “Les guste o no les guste, se va a llamar Monseñor Romero”.

De hecho, el grupo que puja por sustituir el nombre de la Puerta del Diablo surgió porque “en este país le cambian el nombre a cada rato a las calles, inclusive al aeropuerto, ¿por qué no cambiárselo a un sitio tan emblemático?”. Algo hay de cierto.

Quijano casi denomina como “Roberto d'Aubuisson” a la centenaria calle San Antonio Abad. Cutuco ya no existe; ahora se llama Puerto de La Unión –antes se llamó San Carlos–. La capitalina calle Arce ha tenido más nombres que el vocalista de Café Tacvba: Santa Lucía, Libertad, Ferrocarril, Baños-Unión y 7.ª calle poniente. Un excepcional cambio bien recibido: pasar de Flor Blanca a estadio “Mágico” González.

Lo dijo Mahatma Gandhi: “Cuando me siento desanimado pienso que a lo largo de la historia el bien y la verdad son los que han vencido”. A finales del siglo XIX, el parque más céntrico de San Salvador fue llamado Francisco Dueñas. Un expresidente cuya administración pública fue –posteriormente– señalada de corrupta y de haber hecho fusilar a su archienemigo liberal: Gerardo Barrios.

Pocos años después, el Dueñas fue suprimido y dio lugar al “Parque Libertad”. Al mismo tiempo brotaba una reivindicación histórica dos cuadras al occidente –en el pretérito parque Bolívar–: un enorme Gerardo Barrios de bronce. Y sí, desde hace décadas esa plaza se apellida Barrios. Eso no cambia aún. Falta ver si la Puerta del Diablo tiene la misma suerte.

Tags:

  • calles
  • nombre
  • nominaciones
  • puerta del diablo
  • juayua
  • monseñor romero

Lee también

Comentarios

Newsletter