Tiempo de tempestades para el café

Propietarios de fincas de café están dejando de visitarlas debido a la inseguridad. Cada vez es más difícil para un trabajador llegar hasta las fincas debido al acoso pandilleril. Un productor gasta en seguridad privada el doble de lo que requiere para hacer las aplicaciones de agroquímicos contra la roya. El panorama del café se ha tornado oscuro.
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“No voy porque no puedo llegar hasta allá sin hombres armados. Y aunque pudiera ir, eso está solo para deprimirse”. De lo que habla no es de otra cosa que un terreno de casi 30 manzanas sembradas con cafetales y afectadas por la roya. En una oficina ubicada a unos cuántos kilómetros de su terreno, este productor cuenta cabizbajo que prefiere darlo por perdido a correr más riesgo.

No todos los productores de café están en esta situación. Los hay que consideran que todavía tienen mucho que perder y usan carros de doble tracción para llegar a lo más alto de los cerros. Carros, sí. Varios, porque para llegar tienen que ir por lo menos dos hombres armados. “Ya me he visto de frente con ellos, cara a cara y arma con arma. Ellos andan unas largas nuevecitas, yo solo esta”. Este otro productor también pertenece a una de las zonas del país más fértiles para el café. Hablan a condición de no mencionar nombres, números exactos o detalles de la zona en la que están. No matizan el peligro que corren.

Si se recorre desde los dueños de las tierras hasta los que reciben un pago por hacerlas producir y cosechar sus frutos, el problema no hace más que crecer. Si los propietarios al menos tienen la opción de armarse para llegar o, simplemente, no llegar; a los trabajadores se les reducen las posibilidades. Un solo puesto policial ubicado en el occidente da cuenta de ocho asesinatos el año pasado en la zona que cubre. El último, dos muchachos que iban a realizar tareas de mantenimiento de una finca. Los mataron porque su casa estaba ubicada en el terreno de la pandilla contraria.

Los límites a los que ahora se enfrenta el cultivo del café van más allá de la cambiante situación de las lluvias. Por un lado, la roya; los cafetales necesitan hasta cuatro aplicaciones de agroquímicos en un año para poder superarla. Y por el otro, las pandillas. Para aplicar los agroquímicos, se necesita gente. La gente que por lo general hallaba ocupación e ingresos en esta actividad ya no quiere arriesgar la vida, y así como los productores, prefiere perder el ingreso a seguir llegando. Si de poner el problema en cifras se trata: un productor que tiene una finca de 106 manzanas gasta $7,500 en cuatro aplicaciones de agroquímicos contra la roya al año y $12,000 en contratar seguridad. No todos tienen suficiente para hacer estas inversiones.


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A este mandador le gusta explicar a los visitantes hasta el último detalle de cómo funciona la finca. Esta vez se ha hecho una pausa para mostrar la diferencia entre el café uva y el cereza. Detiene la caravana –que incluye a hombres con armas recortadas que miran para todos lados y se comunican con otros por medio de silbidos–, para tomar varios granos de uno de los arbustos que crecen a 1,600 metros. El uva es rojo, pulposo, húmedo. Lo parte y saca un grano resbaloso. El cereza tiene la pulpa seca, como pasa. Ya no tiene miel, o tiene muy poca. Lo que hace más valioso su peso en comparación al uva y en relación con el oro, que no es más que la semilla del café desnuda y seca. El cereza se seca en el árbol, por lo que tiene un mejor sabor. El mandador ha utilizado unos 20 granos para hacer su exposición. Al terminar de hablar del proceso, de los sabores y de la miel, lo que sigue no es botarlos, ni regalarlos a los presentes. Pide una bolsa plástica y con ternura los guarda. Aquí todo cuesta demasiado como para dar por perdidos 20 granos.

Esta finca produjo el año pasado un poco más de 2,000 quintales de café. Este año espera una cosecha similar. Por sus arbustos se pasea gente que corta los granos rojos. Una mujer de 22 años cuenta que viene desde que tenía seis, la edad actual de su hijo. Le pagan a $1.30 la arroba de café uva. Y es parte de un grupo de unas 60 personas que recorren estas laderas con canasto a la cintura. El trabajo comenzó a las 7 de la mañana y va a terminar a tempranas horas de la tarde. Más abajo en el cerro, unos 10 hombres riegan los agroquímicos contra la roya en los arbustos por los que ya pasó el grupo de cortadores. Un grupo de mujeres se turna entre preparar la mezcla de los agroquímicos y comenzar a reunir ramas con las que encenderán un fuego para calentar la comida. Y más abajo aun, en donde el cerro casi comienza, un hombre cuida las cerca de 26,000 plantitas de café resistente a la roya con las que están repoblando algunas zonas. En esta finca hay vida.

Al mandador le gusta decir que es porque no se han descuidado, que ha habido dinero para completar todas las aplicaciones necesarias para evitar que el hongo seque las hojas y después el cafeto entero. Y porque la gente que corta el grano y la que aplica los químicos es de la misma zona. Si las fincas que están alrededor no estuvieran tan afectadas por la roya y pudieran emplear a la gente, si aquí no hubiera un puesto policial cercano, si no se contara con el dinero suficiente para pagar a varias cuadrillas de hombres armados, si no hubiera dinero para mantener esas armas, si la extorsión no se pagara a tiempo, la historia sería otra.

El puesto de policía cubre una zona de unos 15 kilómetros cuadrados. Y la palabra extorsión no suena rara. “Sí, nosotros sabemos, porque la gente nos lo dice, que paga la extorsión en cuotas quincenales que aparecen en planilla. Pero no hacen la denuncia, sin la denuncia no podemos proceder”, afirma el jefe del puesto.

Así, sin denuncia, sin rastro oficial, los policías también escucharon el testimonio de dos jóvenes de 20 años que llegaron a hacer una especie de despedida. Los pandilleros les prohibieron el ingreso por venir de un territorio reclamado por la pandilla contraria. A ellos, al menos, les dieron aviso. A otros dos jóvenes, bajo el mismo argumento, los asesinaron.

Los jóvenes venían de rebotar de otras fincas que este año simplemente no tuvieron cosecha. Una de las más cercanas a este puesto policial reportó entre 2014 y 2015 una cosecha de 4,000 quintales. Entre 2015 y 2016 esto se ha visto reducido a 200 quintales. En el lugar indican que apenas ha habido dinero para amortizar los créditos de mantenimiento de finca. Se ha necesitado de muy poca gente en labores solo de limpieza, poda y de algunas aplicaciones de agroquímico para eliminar la roya. El resto ha tenido que ubicarse en otras fincas un tanto más lejanas y con ello ha aumentado el riesgo tanto para los mismos trabajadores como para los productores.



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Las casi 30 manzanas de cafetal daban empleo a unas 120 personas. Hasta hace un tiempo había solo 20. En la actualidad quedan cuatro para hacer solo poda de sombra. Son las cuatro personas que se han quedado viviendo en esa finca a la que ya casi nadie, ni el mismo propietario, entra.

“Al principio solo era que no nos dejaban hacer cuestiones culturales. Empezaron a limitarnos con eso”, cuenta el productor. “Después empezaron a alejar a la gente. La paraban para pedirle el DUI, para ver si venían de alguna zona de los contrarios. Lo último fue que exigían una extorsión de dos jornales, pero ya para qué pagarla, si allá no creo que quede mucho. No sé ni siquiera que estén haciendo lo que dicen que están haciendo de la poda”. El que explica es un hombre joven, cuya familia se ha dedicado a la finca. “A mí lo que más me conmueve es mi papá, la vez pasada me contó de un amigo suyo que llegó a decirle que se quería matar porque ya no hallaba cómo salir con la finca”.

La cifra de la extorsión se la comunicó el mismo mandador. Dos jornales son unos $120 a ser entregados cada 15 días. Este productor se dedicaba al café de media altura y bajío. La taza de café caliente que este productor ha servido para acompañar la plática en lo que queda de la que era la oficina desde la que administraba la finca tiene notas achocolatadas. Tiene un aroma intenso y es de lo poco que pudo procesar este año en la tostadora. No viene, claro, de esa finca de su familia a la que ya identifica como en abandono. Para seguir formando parte de la vida del café ha diversificado las actividades, pero aún no consigue el volumen o la calidad con la que veía trabajar a su padre. “El problema es que el productor se siente abandonado. Aunque tuviéramos para comprar todos los agroquímicos para hacer las aplicaciones contra la roya, no conseguiríamos gente. Allá no se puede llegar. Si llega gente, es solo la que tiene armas para enfrentar cualquier cosa. Uno, solo con la protección de Dios, prefiere no ir a deprimirse, porque ha de estar todo en muy mal estado”.

De aquellas 120 personas a las que antes convocaba la finca, calcula que la mayoría emigró. A la ciudad cercana, a la capital, a otro país. En la zona, sabe, no quedan fuentes de trabajo ni manera de hacer ingresos. María Elena de Botto, presidenta de la Alianza de Mujeres por el Café, ha dicho ya en una ocasión: “Cuando hablamos con los trabajadores, su única visión es irse al norte, a Estados Unidos. Tenemos que luchar para que ellos se sientan felices y seguros de estar aquí; si no, El Salvador se quedará sin población”.

El productor aplaude la decisión del Estado de entregar una parte de los agroquímicos necesarios para combatir la roya. Pero ahora se pregunta que con qué gente podrían reiniciar las actividades. No se les puede garantizar seguridad o libertad de movimiento. Tampoco pueden garantizar que el fruto del trabajo pueda ser aprovechado. La razón está en las palabras del jefe del puesto de policía que cuenta que a finales del año pasado detuvieron a dos hombres que en un pick up transportaban más de 13 quintales de café sin los documentos. Era robado. Sin gente arraigada en las fincas, se vuelve más difícil cuidar el producto.

El Consejo Salvadoreño del Café lo tiene medido. En la cosecha 2010-2011 había 130,700 empleos en la caficultura, una actividad que ofrece empleo todo el año en aplicación de químicos, abono, poda, limpia de maleza y corta. Hasta octubre de 2015, la gente que halló en las fincas cafetaleras un ingreso se redujo a 49,944, de acuerdo con publicaciones de este periódico.


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Este lugar da cuenta de un pasado en extremo más abundante. De entrada, hay una hilera de pilas de fermentación destinadas a recibir café. Todas están vacías. Solo hasta casi el final de la tarde, con los últimos rayos de sol, llega un pick up cargado con cinco sacos de café. Los deposita y la cantidad se ve ínfima en comparación con todo el espacio disponible. Es todo lo que se recibe.

El productor que acompaña el recorrido es uno de los más de 2,000 socios de esta cooperativa. No es demasiado optimista con respecto al futuro inmediato de la caficultura, sin embargo, es de los que un tanto a la fuerza sigue pendiente de su finca, aunque para hacerlo tenga que echar mano de armas. “Yo tengo amigos que me han dicho que tienen hasta dos años de no subir a sus fincas. Pero yo no puedo hacer eso. Yo no tengo otra manera de obtener ingresos, así que tengo que seguir”.

En la cooperativa, dice, no son pocos los que se sienten acorralados por los préstamos obtenidos y que, ante las cosechas disminuidas por la roya y el acoso de la extorsión, “pronto empezarán a verse los embargos de las propiedades comprometidas”.

Él mismo, explica, ha tenido que llegar a un acuerdo. Paga extorsión, como muchos más productores que se mantienen en funciones. No se siente lo suficientemente protegido por las fuerzas oficiales como para negarse. Tampoco puede desentenderse o dejar de realizar las labores que corresponden al café porque hay más personas que dependen de esta actividad. Mientras describe la situación el productor camina por en medio de los patios de secado del grano que ahora se ven excesivos. Sobra espacio por donde se mire.

Este productor confirma que se han realizado más patrullajes conjuntos entre PNC y la Fuerza Armada, pero esto no le parece suficiente como para prescindir del gasto extra que hace en contratar seguridad privada. Ni a él ni a sus vecinos que no han desistido de seguir haciendo trabajar las fincas.


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En la finca que le va ganando la batalla a la roya hay en los 1,700 metros un café variedad Kennya. Este es un encargo de asiáticos. La cosecha ya ha sido prevendida. El fruto es rojo y considerablemente más grande que el resto de lo que se cosecha aquí. Está cerca de un bosque primario y de lo que más hay que proteger la hoja es de lo que el mandador llama “derrite”. La hoja se lastima por el frío.

Cerca de esta plantación especial está un bosque primario que es casi intransitable. Y no es raro hallar en el suelo huellas de los muchos venados que habitan en la zona. Ya están sembrado nuevos árboles de sombra para sustituir a los que ya no estén tan sanos. En la casi cima de este cerro sin nombre hay unas mesas de madera desde donde se puede contemplar el territorio de por lo menos tres municipios. La vista es sobrecogedora.

El mandador tiene 22 años de trabajar en esta y otras fincas. Ha hecho, dice, de todo. Se ha paseado por todas las ocupaciones que da el café a gente de la zona. Y no deja de repetir que hay mucho trabajo alrededor del grano, incluso ahora que la caficultura atraviesa por momentos oscuros.

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