Tikal

Pienso en cómo los viajes nos impactan de maneras insospechadas; que el viaje no consiste únicamente en llegar al lugar de destino, y que igual de importante es el proceso de traslado, con esperas incluidas.
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Era la 1:30 de la mañana cuando llegamos a la parada de Río Hondo, en el desvío a Esquipulas. Lo que en el día era un lugar de mucho bullicio y movimiento de pasajeros, autobuses y vendedores, a esa hora de la madrugada era un lugar muerto. Solo había un hombre al otro lado de la calle, sentado junto a una maleta negra, sobre un bordecillo de cemento.

Cruzamos la calle. Preguntamos al hombre si sabía algo sobre los horarios de buses. Él mismo llevaba hora y media esperando. Tenía esa resignación del que no tiene otra alternativa más que esperar. No hubo más remedio que esperar nosotros también. Lo asumimos como parte de la aventura.

Nos sentamos junto al hombre. Habíamos decidido viajar de noche en el bus de Petén a ciudad Guatemala, calculando que encontraríamos algún transporte de madrugada hacia Chiquimula, para continuar nuestro viaje a la frontera y llegar de día a San Salvador. Pero el bus llegó más rápido de lo esperado y ahí estábamos. Sin saber a qué hora podríamos continuar.

Enfrente había un súper de 24 horas, con las luces del interior encendidas. Adentro, un hombre trapeaba con fruición. Furgones iban y venían dejando una estela de polvo y humo. Pasó un furgón que tenía un estrambótico diseño de luces que adornaba el vehículo de manera llamativa. También pasaron camiones llenos de troncos, rumbo a Guatemala. Madera del Petén, supuse. Madera de ahí, de donde veníamos.

Me acosté sobre el bordecillo de cemento, usando mi maleta como almohada, para tratar de descansar un momento. Cuando vi arriba, descubrí la luna menguante, coloreada de un anaranjado tenue. Cerré los ojos.

Habíamos pasado el día en Tikal. Anduvimos casi a trote en los senderos del parque, porque queríamos abarcar la mayor cantidad posible de pirámides en el tiempo que teníamos disponible. Fuimos sorprendidos por una familia de monos que nos tiró palitos para hacer notar su presencia en unos árboles, encima de nosotros, incluida una orgullosa mona preñada que descansaba el peso de su barriga sobre la horqueta de una rama.

Subimos y bajamos todas las pirámides y edificios ceremoniales que pudimos. Entramos a cuartos oscuros y enmohecidos. Caminamos por pasillos donde las golondrinas y los murciélagos silbaron en nuestros oídos. Suspiramos maravillados cuando vimos la vista desde la cúspide del templo IV. Nos preguntamos por la vida cotidiana de los habitantes de Tikal, cómo construían aquellas edificaciones, para qué servía cada habitación, cuántas edificaciones más habría enterradas en los alrededores.

Caminando en alguno de los senderos y mirando hacia atrás, alzaba mi vista y de pronto miraba la cúspide de una pirámide sobrepasando la copa de los árboles. Me detenía a contemplarlo. Me sorprendía la belleza de la visión. Un par de cúpulas me dieron la impresión de simular un penacho de plumas. Miraba esas cúpulas y me preguntaba cuántas veces alguno de los habitantes de aquel lugar habría visto aquello mismo que yo miraba en ese momento. Sentí una mezcla de nostalgia y admiración.

Abrí los ojos. Alguien y el hombre de la maleta negra fumaban de vez en cuando, intercambiaban palabras. Poco a poco empezó a llegar gente a la parada, al otro lado de la calle: tres hombres que se sentaron juntos, apretujados entre sí; una mujer que llegó sola y después se puso a hablar con otro hombre, también solo, y otro par de sujetos.

Llegó un camión cargado de ganado, se parqueó. Llegó un hombre muy escandaloso ofreciendo servicio de taxi a Chiquimula. Furgones seguían yendo y viniendo. Mirábamos pasar los buses de la empresa Fuente del Norte que iban de Petén hacia la capital.

El taxista pregonaba sus servicios con gritos y gestos grandilocuentes. Era imposible ignorarlo. Por fin cruzó la calle para convencernos de ir con él. Era de esos tipos que hablan y hablan y te quieren enredar con palabras y matemáticas dudosas para seducirte con la supuesta indiscutible ventaja que tendría para nosotros llegar con él a Chiquimula, para buscar el bus de la frontera. Ya nos habían querido enredar en una circunstancia similar a la ida, así es que sabíamos que lo mejor era ignorar el asunto. Además, no teníamos ni un peso extra, por lo que tomar aquel taxi estaba fuera de nuestra consideración.

Alrededor de las 4 de la mañana apareció por fin una camioneta Coaster medio destartalada, que se parqueó para esperar a los pasajeros que íbamos a Chiquimula. Saldría a las 4:30. Nos sentamos adentro a seguir esperando y a escuchar los ronquidos de un hombre que estaba dormido en el asiento detrás del chofer.

Más adelante nos esperaba otra Coaster hasta la frontera en Anguiatú, llegar a Metapán, desayunar pupusas a la vuelta de la terminal y por fin, llegar en San Salvador.

Días después, mientras trato de escribir esta columna (para la cual había seleccionado un tema totalmente diferente), las imágenes de la madrugada de espera en Río Hondo y de todo el viaje a Tikal se me imponen de manera abrumadora. Algo en esos recuerdos me hace sentir descolocada con mi realidad geográfica. Reconocí esa insoportable inquietud del “querer seguir allá”, ese síndrome que sufrimos algunos viajeros: el cuerpo y las maletas regresan pero el alma queda todavía en el lugar donde se estuvo y tarda algo más de tiempo en volver.

Pienso en cómo los viajes nos impactan de maneras insospechadas; que el viaje no consiste únicamente en llegar al lugar de destino, y que igual de importante es el proceso de traslado, con esperas incluidas, tanto de ida como de vuelta.

Algo de revelación tiene siempre un viaje. Algo de aprendizaje. Conclusiones y reflexiones personales a las que quizás no llegaríamos si no saliéramos de la seguridad de nuestra cotidianidad. Eso hace el viaje también, interrumpir nuestra vida y colocarnos en espacios y situaciones donde nuestros sentidos están más receptivos, porque todo es nuevo, diferente y extraño.

A ver cuándo vuelve ese pedazo de mí que quedó allá en Tikal.

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