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Todo es relativo

Este tipo de declaraciones pendencieras y arrogantes fue una tendencia durante el mandato del expresidente Funes y la costumbre se quedó, a pesar del daño que hacen a la dinámica dialogante.
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El borde del abismo puede verse muy distinto, dependiendo de la perspectiva de quien lo mira.

Por ejemplo, en Chile se caldean los ánimos mientras se discute la vigencia, el uso y sentido de las AFP, se cuestiona el modelo de gratuidad de la educación recientemente puesto en ejecución, se planifica la nueva Constitución a través de diálogos ciudadanos a escala nacional, se enjuicia a empresarios y políticos envueltos en escándalos asociados a colusiones, en fin, existe un ánimo de discutir temas de país.

Sin embargo, hace poco el Sr. Ricardo Lagos Escobar, uno de los recientes expresidentes, expresó: “Esta es la peor crisis política e institucional que ha tenido Chile”. En una entrevista ofrecida a un importante diario local, dijo que “la desconfianza ciudadana está poniendo en entredicho la legitimidad del sistema político” y que “hace falta un gran reencuentro nacional que restaure el prestigio de la política y la credibilidad de las instituciones”.

Esas últimas dos frases son perfectamente aplicables a la realidad salvadoreña, aunque, a mi juicio, El Salvador está atravesando una crisis política mucho más profunda que la chilena.

El más reciente ejemplo es el escándalo provocado por la sentencia que inhabilitó a los diputados suplentes, dejando a los diputados propietarios con la obligación de participar en todas las sesiones plenarias. Este hecho produjo una serie de molestias en los diputados propietarios y las consecuentes declaraciones de uno de los diputados con más ausencias, Medardo González, quien, en un evidente contraste con la propuesta del expresidente Lagos, decía: “¿Cómo es posible que nos ofendan y nosotros bien portaditos? ¿Por qué nosotros vamos a responder de manera decente? Tengo derecho a rebelarme”.

Ese contraste llamó poderosamente mi atención: mientras un expresidente se pronuncia preocupado y llama a un reencuentro nacional para restaurar el prestigio de las instituciones en el país suramericano, un diputado centroamericano se indigna porque lo obligan a sesionar y dice que tiene derecho a rebelarse, cual adolescente caprichoso, y encima afirma que no tiene por qué responder de manera decente.

Eso es el reflejo de una crisis institucional. Más allá de las casi increíbles declaraciones, tiene que ver con el ánimo, con el espíritu que reflejan: la indiferencia hacia un comportamiento político maduro y dialogante.

Hay muchos más ejemplos que podrían traerse a colación y que no solo tienen que ver con el Poder Legislativo. Este tipo de declaraciones pendencieras y arrogantes fue una tendencia durante el mandato del expresidente Funes y la costumbre se quedó, a pesar del daño que hacen a la dinámica dialogante.

El Salvador necesita una clase política que pueda poner en perspectiva las necesidades de país que existen, que no son pocas, son urgentes y apremiantes: delincuencia, cárceles, salud, educación, vivienda, tecnología, etcétera.

Mostrar una actitud afín a estas necesidades de país está en absoluto contraste con lo reflejado hasta ahora por el cuerpo de diputados, quienes aparentan estar más preocupados porque se ha puesto en evidencia que ni siquiera se acercan al pleno legislativo que por realizar un trabajo que ayude a solucionar la gran cantidad de temas pendientes que afectan a los salvadoreños.

El mensaje es para aquellos diputados que no se sienten identificados con este perfil de político, para que se hagan notar y nos permitan creer que hay quienes sí están trabajando por el país

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