Todos nos queremos ir

Le conté que la cabeza apareció aquí, a unas cuadras, pero que no la vi personalmente. Aquella conversación me pareció surreal. Hablábamos así, casual, de cabezas y torsos aparecidos a la orilla de nuestras casas. Me sentí un personaje de Quentin Tarantino.
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Hace algunos meses se metieron a robar en casa de un conocido mío. Fue amenazado cuchillo al cuello. El ladrón se llevó lo que pudo. Mi conocido y su pareja se marcharon del apartamento ese mismo día y se mudaron a otra parte. Pagan más que antes, pero el precio supone mejorar la seguridad personal. El caso me impresionó tanto que desde entonces no he vuelto a abrir las ventanas ni la puerta que dan al patio interno de mi casa. Ninguna medida de protección es excesiva en este país.

Esa historia me recordó a la de otro conocido. Al llegar a su casa y mientras bajaba las compras del carro, un par de extraños lo encañonaron, lo hicieron entrar en su casa y se llevaron todo. Adentro estaban varios familiares, incluida una niña. Todos fueron amenazados.

Igual le pasó a una amiga que viene una vez al año a visitar a su madre para Navidad. La noche antes de regresar al país donde vive, mientras su hermana llegaba para despedirse, un par de hombres aprovecharon para meterse a la casa. En ese momento solo había mujeres, entre ellas, dos señoras mayores de 80 años; una estaba recién operada. Las tuvieron quietas a todas a punta de pistola.

Un día me tomé un café con una amiga a la que no veía hace rato. Me contó que ella y su esposo se van del país. Tienen una hija pequeña y no quieren que se críe en un entorno limitado por la violencia.

Algo parecido me dijo otro amigo, a quien llamaré Pedro, quien planea casarse con su novia. No quieren criar a sus futuros hijos en este país. Eso fue por los días en que aparecieron varias partes de un cuerpo humano dispersos por la ciudad. La cabeza apareció a pocas cuadras de mi casa. Esa noche no dormí pensando mil abominables cosas. Mi imaginación es mi látigo.

Pedro me contó que en la calle de su casa apareció el torso. Vio la maleta en la que estaba. Era negra, muy grande. Debajo había un charco de sangre. Olía mal. Le conté que la cabeza apareció aquí, a unas cuadras, pero que no la vi personalmente. Aquella conversación me pareció surreal. Hablábamos así, casual, de cabezas y torsos aparecidos a la orilla de nuestras casas. Me sentí un personaje de Quentin Tarantino.

Hace un par de semanas platiqué con otra amiga. Hablamos de personas que ya no están en el país. Me contó que a un amigo suyo le robaron 15 celulares en el transcurso de un año. Para no quedarme atrás, le conté de una amiga a quien asaltaron tres días seguidos, en el bus. Eso sin contar todas las veces que le agarran la nalga.

Buena parte de la población vive sumergida en un terror cotidiano insufrible. Pagar la renta, no cruzar al territorio de la otra mara, no quedar perdido o caminando en calles que no se conoce, cuidarse y desconfiar hasta de su propia sombra. Ver, oír y callar.

Conozco a algunas personas que aseguran que en el país la cosa no está taaaaan mal. Que los demás somos unos exagerados. Que los medios de prensa son los que nos infunden el miedo. Son personas que no se bajan del carro. Que jamás se montan en un bus. Que jamás van al mercado. Que no hablan con personas fuera de su círculo de semejantes. Que jamás caminan por zonas populosas. Que hace años no van al centro. Que se mueven en zonas exclusivas, de puerta vigilada; a carro con guardaespaldas armados, a colonias con verjas, murallas de seguridad y cercas electrificadas. Que tienen trabajo garantizado, estable, cuantiosamente remunerado. Una pensión generosa y un seguro médico en el extranjero, además de incontables recursos adicionales.

Entonces, de un tiempo para acá, aparecemos en esas listas de los países más felices del mundo. La verdad es que no sé de qué país están hablando. Concluyo que estoy parada en el lado equivocado del espejo. Y que al otro lado, está el país donde todos sus habitantes son felices; donde fluyen ríos de leche y miel; donde hay empleo abundante y salario digno; donde los espacios públicos son puntos de encuentro con la comunidad y la naturaleza; donde se respetan las diferencias; donde no se te insulta ni excluye por ser mayor de 40 años; donde la cultura nos enaltece; donde los sabios se sientan a reconstruir la memoria de los suyos con compasión y generosidad; donde los políticos asumen, con humildad, las lecciones aprendidas de la historia; donde se sabe que la única manera de construir una nación es haciendo a un lado las mezquindades personales y entregarse al servicio colectivo. Por más que trato, no logro llegar a ese país.

En el pecho tengo un agujero negro llamado “Desolación”. Cada vez que alguien comienza con esa plática de irse, siento lo profundo que se está haciendo ese agujero. Peor aún, cuando hasta el hombre dueño de mis afectos me dice que también se quiere ir.

En cada partida se quiebra algo, tanto para la persona que se va como para los que quedan atrás. Algo se rompe de una manera tan fina e invisible que no puede volver a enmendarse, créanme que no. Lo sé por experiencia, por dolorosa experiencia. Porque siempre fui “la que se fue”.

Pienso en la tristeza que implican estas separaciones. Tantas familias dispersas por el mundo, con lazos rotos que no podrán remendarse; con angustias, frustraciones, rabias, pérdidas, sacrificios en vano. Tantos amigos ausentes. Tantos hijos resentidos. Tanto anciano abandonado. Tanta depresión. Tanto suicidio. Tantos mutilados. Tantos muertos. Tantos desaparecidos. Tanto llanto. Tantos amores perdidos.

Algunos tomarán el camino desesperado para seguir alimentando esa arteria rota nuestra que nunca para de manar sangre. Esos cientos de compatriotas que, todos los días, prefieren jugarse la vida antes que tener que seguir viviendo en este país.

Así de mal están las cosas. Ciego el que no lo quiera ver

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