Lo más visto

Más de Revistas

Tumbas jóvenes

Estos cinco estudiantes, quienes eran reconocidos en sus centros educativos y sus comunidades por sus calificaciones y talentos, fueron víctimas de la violencia que azota al país por distintas circunstancias. Sus historias dan cuenta de las zonas grises del entorno al que un joven se enfrenta en un territorio dominado por las pandillas y hacen preguntarse qué pierde el país con su partida.
Enlace copiado
Vulnerables. Las estadísticas de estudiantes asesinados en 2015 revelan que entre los 14 y 16 años los adolescentes están más expuestos a ser víctimas mortales de la violencia. Son espectadores desde pequeños.

Vulnerables. Las estadísticas de estudiantes asesinados en 2015 revelan que entre los 14 y 16 años los adolescentes están más expuestos a ser víctimas mortales de la violencia. Son espectadores desde pequeños.

Resiliencia. La violencia tiene un efecto negativo en el desarrollo normal de un adolescente. Expertos como Óscar Picardo Joao aseguran que la familia y la existencia de un modelo positivo a seguir colaboran con que este se vea aminorado.

Resiliencia. La violencia tiene un efecto negativo en el desarrollo normal de un adolescente. Expertos como Óscar Picardo Joao aseguran que la familia y la existencia de un modelo positivo a seguir colaboran con que este se vea aminorado.

Víctimas.  A la izquierda, el diploma de graduación de noveno grado que recibió Josué Daniel Ramírez un día antes de ser asesinado. Iba a trabajar a una panadería. A la derecha, la fotografía de Jorge Adalberto Maravilla Cruz, muerto de forma violenta en el cantón Casa de Piedra de San Marcos.

Víctimas. A la izquierda, el diploma de graduación de noveno grado que recibió Josué Daniel Ramírez un día antes de ser asesinado. Iba a trabajar a una panadería. A la derecha, la fotografía de Jorge Adalberto Maravilla Cruz, muerto de forma violenta en el cantón Casa de Piedra de San Marcos.

Joyas de Girón.  Un policía trabaja en el sitio donde fueron asesinados Brandon Mejía, Alfredo Mejía y César Chávez, en Olocuilta. El lugar estaba separado de su vivienda por un terreno boscoso.

Joyas de Girón. Un policía trabaja en el sitio donde fueron asesinados Brandon Mejía, Alfredo Mejía y César Chávez, en Olocuilta. El lugar estaba separado de su vivienda por un terreno boscoso.

Alumno destacado. Brandon Mejía junto a sus compañeros como parte del pabellón nacional en su escuela.

Alumno destacado. Brandon Mejía junto a sus compañeros como parte del pabellón nacional en su escuela.

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Tumbas jóvenes

Enlace copiado
En este solar de Joyas de Girón, Olocuilta, una abuela vuelve a recordar a sus nietos, en uno de los últimos días de noviembre. Lo hace, primero, a cuentagotas, con las frases habituales (“nunca tuve una queja de ellos”, “eran tranquilos y no se metían con nadie”), para después rememorar las labores en el campo (la siembra de maíz, frijol y maicillo), los afanes diarios en la escuela, los saludos al volver tras subir la empinada vereda que lleva hasta su casa.

Esta abuela se llama Mayra y apenas pasa de los 50 años. Y de quienes habla son Brandon Mejía (17 años), Alfredo Mejía (14) y César Chávez (15), sus nietos asesinados el 15 de julio de este año. Los tres vivieron con ella de forma definitiva después de que sus madres decidieron construir, cada quien por su lado, nuevos hogares.

César, hijo de Carolina, llegó a los dos meses. Brandon y Alfredo, vástagos de Raquel, cuando tenían nueve y siete años. A los tres Mayra los consideraba su mano derecha, el apoyo que esperaba tener por el resto de sus días.

Era su abuela, y es hasta ineludible que solo tenga palabras de elogio para quienes ya no están. Sin embargo, sus opiniones no difieren un ápice de las de los docentes del centro escolar de Joyas de Girón, ubicado a unas decenas de metros de este solar.

“Si hubiéramos tenido que escoger un estudiante modelo, él hubiera sido una de las opciones”, aseguró más temprano Noé Arévalo, subdirector de la escuela, acerca de Brandon, el mayor de los muchachos. En los registros del primer año de bachillerato, el último que el adolescente completó, aparecen notas que, si bien no alcanzan la perfección, dan fe de un estudiante preocupado por su educación: nueves, ochos, un siete intruso.

El subdirector habló en términos parecidos de su hermano Alfredo y de su primo César. Ambos ocupaban puestos en las directivas de sus respectivos grados (Alfredo en octavo y César en noveno). Ambos, también, habían conseguido que los dos grupos trabajaran en un plan para atraer recursos y así tener el dinero suficiente para realizar una celebración a final de año. Este consistía en recoger botellas para venderlas.

Cuando los jóvenes murieron, sus compañeros decidieron entregar parte de lo recaudado a su familia. Évelyn, coordinadora de César, aseguró que la iniciativa se canceló tras su deceso. “Eran el motor de todo”, sostuvo. El subdirector y la maestra coinciden en que su liderazgo no pudo llevarse más allá, en proyectos más notables, simplemente porque la escuela y su entorno no les dieron más oportunidades.

En torno de la muerte de los muchachos, según confesaron los educadores, ha aparecido la duda entre algunos lugareños de si eran o no partidarios de una pandilla, con el clásico “quizá en algo andaban” como bandera suficiente para justificar un asesinato.

Para el maestro Melvin Martínez, quien fue coordinador de Brandon, eso es poco probable. Sin embargo, destaca que aun si hubiera sido así, el homicidio sería igual de condenable.

“No sé si andaban en algo. De lo que estoy seguro es que Brandon me llevaba mi café y mi pan a la cancha. Las personas que pertenecen a una pandilla no son así... A él no le daba pena, hasta se ofrecía a llevarlo”, comentó Martínez, quien enseña en una escuela para la que llorar estudiantes fue habitual este año. Además de los nietos de Mayra, otros tres alumnos fueron asesinados.

En este día, uno de los finales de noviembre, Mayra toma coraje para recordar la madrugada en que mataron a sus nietos. Ese día se levantó al escuchar los disparos. Provenían de muy cerca, de la quebrada que pasa a un lado de su propiedad, desde donde los adolescentes acarreaban agua cada mañana. Mayra corrió para comprobar lo que temía y dejó, en el cuarto donde había dormido, solas a sus dos nietas menores de cinco años.

Al llegar al sitio, dice, sus ojos se encontraron con los de César. El joven agonizaba junto a los cadáveres de sus dos primos, tras recibir varias descargas. No lo atendió en el momento, dice, porque la paralizó el temor (piensa que si lo hubiera podido sentar, para que vaciara la sangre, tal vez no hubiera muerto).

Corrió otra vez a su casa, mientras sentía que las piernas se le tornaban demasiado gruesas y pesadas, como en un mal sueño. En su vivienda, un niño, vecino suyo, la esperaba para preguntarle por lo que ocurría. No pudo pronunciar palabras. Mayra regresó a la realidad solo después de un rato. Decidió llamar a sus dos hijas y a su hijo menor para informarles la noticia.

La misma llegó a la escuela después de las 6:30 de la mañana, justo cuando los docentes desayunaban. Decenas de estudiantes lloraban al llegar a las aulas. El director decidió, sin embargo, que las clases continuaran con normalidad. El subdirector y los demás maestros discutieron con él, intentando hacerle entender que se trataba de tres jóvenes queridos por casi toda la planta estudiantil. No lograron cambiar su idea. Pero el intento solo duró una hora: los grupos de estudiantes lloraban en el interior de los salones y su interés esa mañana estaba en algo que no era aprender. La pausa se extendió a toda la semana.

“Han sido los estudiantes más llorados, hasta en grados donde no tenían familiares”, afirmó el subdirector de la escuela, Noé Arévalo, más temprano. Melvin Martínez, coordinador de Brandon, guarda en su computadora las imágenes de los recuerdos que se colocaron en los salones de clases a los que asistían los muchachos, los que solo el tiempo pudo quitar.

En su solar, Mayra habla de los sueños de sus nietos. Brandon quería ser maestro y, para ello, ya estaba asistiendo a un curso en la Universidad de El Salvador. De sus dotes para la docencia hablan las personas de las dos iglesias evangélicas a las que asistía: en una de ellas tenía a su cargo el impartir lecciones a los niños que se congregaban. César, por su lado, quería dedicarse a algo relacionado con la mecánica. La familia había decidido que estudiara una carrera afín, que no se quedara en los niveles más básicos. A Alfredo le gustaba dibujar; sin embargo, para “su buena mano”, dice su abuela, todavía no habían decidido qué camino tomar.

—Han pasado tres meses, pero yo los espero. Y así, siempre al mediodía, yo siento que ellos van a venir y voy a escuchar esas frases que ellos decían, “ya vino el rey”, “aquí está su príncipe”. Siento que van a venir pronto –dice Mayra en su solar este día, uno de los finales de noviembre.

***

La violencia es el síntoma de una acumulación de problemas: desigualdad económica, falta de oportunidades, migración, una historia violenta. Por eso, los miembros de pandillas son tanto victimarios como víctimas en una realidad como la salvadoreña. Así lo sostiene el psiquiatra Carlos Alberto Escalante, fundador del Programa Nacional de Salud Mental en el quinquenio pasado.

Por eso, dice, toda muerte es lamentable, la de un pandillero y la de un joven que no lo es. Algo con lo que, al menos como se refleja en los comentarios de las redes sociales, una parte de la sociedad salvadoreña no está de acuerdo. Eso, asegura Escalante, constituye un error.

“No diría que la gente se alegre cuando asesinan a un pandillero, sino que tiene miedo y es una percepción ilusa de que al morir una gente como esta, que cree que es la causa de la crisis social que vivimos, entonces habrá alivio. Es una fantasía”, sostiene el experto, quien califica a la salvadoreña como una sociedad, desde el punto de vista psiquiátrico, “enferma” por los altos niveles de ansiedad a la que su situación misma la somete.

Para el investigador en educación Óscar Picardo Joao, es un quebranto de capital humano, “sobre todo cuando se trata de jóvenes talentosos”.

El capital humano, dice, es la única riqueza con la que cuenta El Salvador ante la falta de otro tipo de recursos, sobre todo naturales. “Es una pérdida no solo a nivel de familia, sino a nivel del tejido social, yo diría que de país”, asegura.

En su opinión, lo anterior es trágicamente común en El Salvador, como lo demuestra el hecho de que casi un mes antes del triple homicidio en Joyas de Girón, otro estudiante fue asesinado.

Aquella mañana calurosa del martes 23 de junio dos maestros del Instituto Nacional Profesora Bertha Fidelia Cañas, de Los Planes de Renderos, subieron a toda prisa las seis gradas que llevan a un improvisado estacionamiento frente a la institución para abordar un vehículo. Ambos querían confirmar la noticia que recién habían recibido por teléfono: uno de sus mejores estudiantes había sido tiroteado en el cantón Casa de Piedra, en San Marcos, un par de kilómetros cerro abajo. La persona que llamó dijo solo lo básico, sin chance a preguntas: acababan de encontrar el cadáver de Jorge Adalberto Maravilla Cruz, de 19 años, alumno de la institución, en una quebrada junto a otro joven. Colgaron el teléfono.

Todo lo que conocían los docentes del cantón era lo que se mira desde la calle que conecta la capital con Los Planes de Renderos: un desvío pavimentado donde hay rótulos de restaurantes y comercios que invitan a ver San Salvador desde las alturas. Jorge vivía hasta el fondo de esa zona turística, donde habitan tres tipos de personas: los dueños de casas de campo, los restauranteros y los pobres, cuyas viviendas están en la parte baja del cerro. Jorge era de estos últimos.

A minutos de haber tomado el desvío hacia el cantón, sobre una calle impresentable y agreste, los maestros se toparon con personas que les sugirieron no ir hasta la comunidad de donde Jorge era originario porque “corrían peligro”. Detuvieron la marcha del vehículo y se vieron por unos minutos sin pronunciar palabra; sin embargo, estaban dispuestos a comprobar lo que les habían informado. No hizo falta llegar hasta la escena, una patrulla de la Policía Nacional Civil (PNC) regresaba de la zona y un agente policial les confirmó la noticia.

Los hechos ocurridos fueron, más o menos, así: Jorge Maravilla salió de su casa apurado porque tenía poco tiempo para alcanzar el bus que lo llevaría hacia el instituto donde cursaba segundo año de bachillerato en contabilidad en Los Planes de Renderos. El bus pasaba a las 6 de la mañana y ya eran las 5:30, debía caminar unos 25 minutos hasta el desvío para poder abordarlo. Su padre había salido con media hora de ventaja.

El muchacho caminó unos 12 minutos por un sendero rústico y poco poblado hasta que se encontró con Denis Cabrera, un amigo y compañero de la iglesia a la que asistía. Cabrera caminaba en sentido contrario a Jorge, regresaba de dejar a su mamá para que abordara el bus que la llevaría al mercado a vender hortalizas y verduras. Ambos, según le contaron testigos a los investigadores, intercambiaron unas palabras. Familiares dicen que los dos tenían algo en común: su deseo de prepararse para dejar de vivir en el cantón. Cabrera recién se había inscrito en un curso de inglés, quería ser bilingüe. Estaba seguro de que con eso lograría salir de la pobreza. Para mientras, trabajaba en la siembra de las hortalizas que su mamá comercializaba. Maravilla quería estudiar Administración de Empresas, pero también estaba interesado en aprender inglés, como su amigo.

Nunca llegaron a despedirse. La PNC dijo que mientras hablaban, un grupo de jóvenes armados, a quienes la policía identificó como pandilleros, salió de los arbustos ubicados a la orilla del camino y los sujetó. Los llevaron hacia una quebrada que pasa contiguo a la calle principal del cantón. Por la forma en que los investigadores encontraron las evidencias, la policía dedujo que Cabrera Ortiz fue introducido profundo en la quebrada, le quitaron la camisa, lo arrodillaron y le dispararon con una escopeta en la cara. A unos 15 metros de ahí hallaron a Maravilla Cruz, quien vestía pantalón azul y camisa blanca. Sin la camisa, lo recostaron en una piedra grande y le dispararon con la misma escopeta en la cabeza. Un investigador dijo que, ya muerto el futuro bachiller, los atacantes le dieron varios machetazos en el cuerpo.

***

El cantón Joyas de Girón es parte de Olocuilta, pero se encuentra en sus límites noroccidentales: linda con los municipios de Santo Tomás y Panchimalco, dos de los más violentos del país. Por tanto, es parte de un corredor lleno de peligros y es difícil que un joven de la zona no se vea afectado, aunque sea un poco, por el clima de violencia.

Ese era el caso de Brandon, el nieto mayor de Mayra. Por lo menos así lo cuenta uno de los docentes de la escuela de Joyas de Girón. Unas semanas antes de la muerte del muchacho y sus familiares, otro estudiante de la institución había desaparecido. El educador mandó a llamar a Brandon para conversar, pues se le veía cabizbajo, triste. También había oído rumores de que comenzaba a simpatizar con la pandilla.

—Le dije “han desaparecido a aquel”. “Ya está muerto”, me dijo. Que fueron unos pandilleros de Panchimalco –comenta el docente.

Tras eso, cuenta, le hizo ver a Brandon que si era verdad que simpatizaba con la pandilla, estaba cometiendo un grave error, pues dentro de la escuela era uno de los alumnos más respetados. Brandon le dijo que no era verdad lo que había escuchado; sin embargo, el estudiante le confesó algo que todavía lo sorprende.

—Me dijo “yo anduve en eso. Comencé a hacerles paros cuando era chiquito”. Dijo que alguien cercano a él había sido pandillero. “A mí me mandaban a hacer mandados. Yo no sabía qué era una pandilla, pero me dieron el pase para salirme porque estaba chiquito”. El papá no vivía con ellos, se desentendió de su crianza –asegura el educador. En efecto, según comentará su abuela Mayra, Brandon y Alfredo llegaron a su casa cuando su hija Raquel se separó de su esposo. El padre sí estuvo presente el día en que los asesinaron, pero, dice Mayra, no ha vuelto a aparecerse desde esa fecha.

Días después de la plática con el docente, en la Unidad de Investigaciones de Zacatecoluca, entidad que mira los crímenes en el departamento de La Paz, el subinspector de apelativo Cornejo hablará del caso de Joyas de Girón.

Cornejo comentará que todavía es difícil establecer un vínculo entre los muchachos y una pandilla. Eso mismo dirá más tarde la subinspectora Sara, encargada de labores de prevención en Zacatecoluca, a quien le fue entregado un cuaderno que pertenecía a Alfredo, el menor. Ahí confirmará que solo hay dibujos de personajes de ánime, de “Dragon ball Z” y “Pokemon”, que “muestran una excelente técnica”.

El subinspector Cornejo revelará una de sus hipótesis. Él estuvo presente el día del asesinato y en los testimonios pudo recoger opiniones en las que los jóvenes, sobre todo Brandon, eran descritos como estudiantes con buenas calificaciones y con dotes de liderazgo.

—¿Un líder qué es? Es un joven inteligente, dedicado, que saca buenas notas. Los pandilleros tratan de atraer a esos bichos porque a ellos los siguen otros jóvenes para que les expliquen las tareas, para que les den copia. Así, la pandilla puede aprovechar esos dones para aumentar su reclutamiento. ¿Qué pasa cuando el líder les dice que no? Pues lo matan –comentará el subinspector Cornejo, quien ha visto casos similares en otros municipios de La Paz.

La de Joyas de Girón es, según datos del Ministerio de Educación, una de las escuelas que más estudiantes asesinados sufrió este año en todo el país, con seis homicidios. Algo que resulta grave si se considera que este centro escolar, que tiene una planta estudiantil apenas mayor a los 300 matriculados, registra igual número de estudiantes muertos de forma violenta que todo el departamento de Usulután. Solo los departamentos de San Salvador, San Miguel y La Paz superan esa cifra. El educador entrevistado se queja de que a pesar de lo anterior, el centro escolar todavía no cuente con la presencia constante de las autoridades de seguridad.

Un caso parecido pasa en el Instituto Nacional de Santiago Nonualco, en La Paz. Ahí dos de sus alumnos fueron asesinados y uno más se encuentra desaparecido (ahí mismo, también, se graduó este año Edgardo Ángel Cerón, ganador de la medalla de bronce en las Olimpiadas Iberoamericanas de Biología y dueño de la mejor nota de la PAES del sector público en el departamento de La Paz).

Entre estos dos centros educativos, el de Joyas de Girón y el instituto Nacional de Santiago Nonualco, reúnen ocho de los 11 homicidios de estudiantes que ha registrado todo el departamento de La Paz.

Estos jóvenes se suman a las estadísticas que maneja la Policía Nacional Civil, que fija los homicidios de estudiantes para este año en 73. Las edades más afectadas por el fenómeno son 14, 15 y 16 años, a las que corresponde la mitad de los hechos. Justo en las que se encontraban Brandon, César y Alfredo. También los jóvenes muertos y el desaparecido de Santiago Nonualco.

***

“Mucho se dice que los jóvenes son el futuro del país. Pero si pasa que a aquellos jóvenes que se esfuerzan por salir adelante aunque vivan en zonas peligrosas –que me atrevería a decir que son la mayoría en el país– no les damos oportunidades y, es más, terminan siendo víctimas de la violencia, podemos concluir que este es un país que no tiene futuro”, opinó hace unos días Ernesto Américo Hidalgo, director del programa de Talentos Matemáticos de la Universidad de El Salvador.

Ahora, en la delegación de la PNC de Ciudad Delgado, el clima de diciembre hace que el galerón donde está la mayoría del personal sea acogedor. Aquí, un investigador habla con entusiasmo de uno de los trabajos que más lo enorgullecen: la resolución del asesinato de Josué Daniel Ramírez, de 16 años.

En tan solo siete días logró dar con los tres responsables del hecho, ocurrido el 24 de noviembre de 2014 en la calle principal del cantón Plan del Pino, Ciudad Delgado. Un día antes, el joven se había graduado con honores de noveno grado en el colegio Robert A. Mundell, ubicado cerca de su vivienda. El caso difiere de los otros cuatro asesinatos porque se trata de un alumno del sector privado y porque su muerte no ha quedado en la impunidad.

Según el investigador de la PNC, uno de los homicidas había embarazado, aparentemente en una violación, a la hermana del adolescente, por lo que llegar a la casa de la familia se le volvió una costumbre a este miembro de la Mao Mao, pandilla minoritaria que cuenta con tres territorios dominados por ella en todo el país: una en Soyapango, la de Ciudad Delgado y, la más grande, en San Antonio Abad, San Salvador.

El padre, harto de la situación, decidió enfrentarlo con una escopeta. Consiguió su objetivo y alejó a su acosador. La muerte de Josué, por tanto, se debió a una venganza. La muerte de un muchacho que soñaba, según las notas de prensa aparecidas en esos días, con convertirse en doctor.

***

La pequeña sala de reuniones ha sido inundada por la tormenta de un día anterior. Aquí, sentado frente a un viejo escritorio, el docente encargado de la sección B del instituto de Los Planes de Renderos, donde estudiaba Jorge Adalberto Maravilla Cruz, recuerda que, un par de días después del sepelio, a los compañeros de Jorge se les ocurrió hacer una excursión al cementerio para rendirle tributo, pues solo dos alumnos lo acompañaron al camposanto. Pero no les autorizaron el viaje por la inseguridad de la zona donde se encuentra el cementerio de San Marcos. En su lugar, idearon una forma diferente para rendirle respetos: hicieron un altar en el salón.

Pegaron un cartel en una de las paredes laterales y colocaron dos fotos de Jorge: una en blanco y negro, de esas que pedían las alcaldías para obtener la cédula de identidad, y otra en la que aparecía sonriente, vistiendo una camisa roja a cuadros. Alrededor de los retratos colocaron pequeños pedazos de papel con una frase de cada compañero. Al centro, sobre una pequeña tabla, un florero transparente: rosas, margaritas y cartuchos fueron renovados constantemente durante los dos meses que duró el altar.

Una de las docentes que aquella mañana calurosa de junio intentó llegar hasta la escena del crimen de Jorge lo recuerda como un joven respetuoso, amable, aplicado en sus tareas. “Demasiado honesto, diría yo. Le decía a sus maestros cuando la tarea iba incompleta porque no la alcanzaba a hacer. Sus compañeros le llamaban tonto por eso”, dice la docente mientras mira un reporte de las calificaciones de Jorge en la pequeña sala de reuniones inundada por la tormenta de un día anterior.

El informe de notas refleja a un estudiante promedio pero con rendimiento sobresaliente en inglés, Lenguaje y conducta. Los compañeros de Jorge lo describen como un muchacho callado, que no buscaba sobresalir en el salón pero que era inteligente.

***

Este día, uno de los finales de noviembre, hace frío en este solar de Joyas de Girón. Si no fuera por los perros y las gallinas, todo estaría en silencio. Y si no fuera por sus dos nietas más pequeñas y las eventuales visitas de su hijo menor y sus hijas, Mayra estaría en soledad.

Confiesa que días después del asesinato, sintió como si se le inflamara la cara, como si su boca no la obedeciera y quisiera, por cuenta propia, comenzar a torcerse: un principio de derrame facial. También resiente que la partida de sus nietos la haya dejado sin nadie que la ayude en las labores de cada día, como acarrear agua. El sitio de donde la recogían los muchachos está a unas decenas de metros de terreno boscoso, vedado a pies inexpertos.

—Hoy tengo que pagar para que me hagan todas esas cosas, para que alguien le ayude a mi hijo con los cultivos, para que me traigan la gaseosa para la tiendita que tenemos –dice Mayra.

Ahora, Mayra se queja del hecho de que después del día en que murieron sus nietos, ningún policía o fiscal se haya acercado a indagar más para dar con las respuestas. Pasa unos minutos quejándose de la autoridad hasta que, en un momento de enojo, revela que ocho días antes de la muerte de sus nietos, dos presuntos policías y un contingente de soldados llegaron a su casa para realizar un operativo a las 2 de la madrugada.

Mayra asegura que entraron a la fuerza a todos los cuartos, incluyendo al de ella, buscando a los muchachos. Ella les pidió una orden de allanamiento. Los agentes de la PNC, que no portaban indicativos en sus uniformes, le dijeron que no llevaban ninguna y que venían de San Marcos porque alguien “les había puesto un dedazo” a sus nietos.

Buscaban armas. Cuando sacaron a Brandon, Alfredo y César, los presuntos policías y soldados intentaron hacerlos confesar, dice, la supuesta ubicación de los objetos. Desde lejos, asegura Mayra, vio cómo a los tres los ponían a hacer flexiones con un pesado trozo de laurel. Tras eso, asegura, los soldados golpearon a César con las puntas de sus botas. A Brandon lo llevaron aparte para iniciar con un proceso que consistía en meterle la cabeza dentro de una bolsa con agua hasta que quedaba sin respiración. No encontraron nada, dice Mayra, por lo que se retiraron sin hacer detenciones.

Al consultar en la delegación de la PNC de San Marcos a su Unidad de Investigaciones y a varias subdelegaciones, no se encontraron evidencias de dicho operativo, por lo que cabe la duda de si este, en efecto, existió oficialmente.

El subinspector Cornejo, de la Unidad de Investigaciones de Zacatecoluca, al ser consultado sobre lo anterior, asegurará días después que es posible que sí se haya realizado un procedimiento, pero que no se registró porque no encontraron lo que buscaban. “Los operativos sin resultados no se registran en novedades”, dirá el agente.

Horas antes, los docentes y el subdirector de la escuela de Joyas de Girón comentaron que, por lo menos en este cantón, es muy común que jóvenes que no tienen vínculos con las pandillas reciban un trato demasiado fuerte por parte de las autoridades de seguridad, lo que consideran contraproducente.

“Cuando los pandilleros se dan cuenta de que han golpeado a algún cipote, se le acercan y le dicen ‘hey, te pegaron esos perros’, y luego les comienzan a decir ‘nosotros somos tus amigos, ellos tus enemigos’. Psicológicamente eso tiene un impacto bien fuerte, más en un cipote de esa edad”, dijo Arévalo.

***

El caso del asesinato de Josué Daniel Ramírez en Ciudad Delgado tuvo una amplia cobertura mediática. El investigador del caso asegura que, debido a ello, la PNC decidió darle prioridad a este sobre otros casos e incluso le canceló sus vacaciones.

Por eso, arriesgando el pellejo y vestido de civil, caminó sin compañía por la misma calle donde había ocurrido el asesinato. Tocó dos, tres puertas, hasta que alguien lo puso en contacto con alguien que presenció el hecho. Ahora esa persona está bajo el sistema de protección de testigos.

La coincidencia de la descripción de los disparos por parte del testigo (uno en la mano, otro en el pecho y un tiro de gracia en la cabeza) con lo que después arrojaría la autopsia terminó de armar el rompecabezas. Tres órdenes de aprehensión se giraron y se capturó a dos de los autores. Uno de ellos, César Alberto Palomo García, alias “Sombra”, fue condenado en mayo de 2015 a 20 años de prisión por el delito de homicidio agravado por el Tribunal Quinto de Sentencia de San Salvador.

***

Uno de los investigadores encargados del caso de Jorge Adalberto Maravilla Cruz, asesinado en Los Planes de Renderos, no logra armar el rompecabezas que le forman varias hojas del expediente sobre su escritorio. Dice que no entiende las razones por las que mataron a “esos dos muchachos”. Los archivos dan cuenta de que ninguno pertenecía a pandillas. En la zona donde vivían, según el investigador, tampoco hay presencia de esos grupos. Aún.

La hipótesis más fuerte de la PNC es que las dos pandillas más numerosas del país están intentando, por separado, tomar control de la comunidad donde vivía Jorge, la del cantón Casa de Piedra, por lo que están mostrando su fuerza a base de homicidios. Además, están intentando reclutar a los jóvenes que viven en el cantón para tomar posesión de la zona con más celeridad.

Maravilla Cruz era uno de cuatro hermanos. Dos de ellos mayores y que ya hicieron sus familias. Su hermana, quien aún continúa viviendo en la casa de sus padres, se encontraba estudiando en la universidad cuando le avisaron del crimen.

A cuatro meses del homicidio de Jorge, ningún investigador se ha acercado al instituto a indagar sobre el muchacho. Tampoco la familia se ha acercado, no han retirado los documentos: Jorge aún aparece en el listado oficial de matrícula, por lo que el registro académico automatizado ha comenzado a reportar ceros en las notas de los exámenes finales.

A los docentes les preocupa la desidia de las instituciones en la investigación fiscal y policial. La razón: sospechan que un joven de la misma institución pudo estar involucrado en el ataque a Jorge. Se trata de un estudiante de tercer año de bachillerato vinculado a una estructura de pandilleros que abandonó la institución en julio, un mes después del homicidio de Jorge, justo cuando terminó un paro de transporte de varias rutas del Área Metropolitana de San Salvador ordenado por pandilleros, según la conclusión de la Policía.

“Solo desapareció. Nadie ha llegado a retirar sus documentos, no hay rastros, no hay señales de él”, dice una de las coordinadoras de la institución.

“¿Sabe qué es lo más triste de todo eso? Que no solo perdemos vidas, también perdemos la oportunidad de que gente inteligente y honesta deje de vivir en un país lleno de tanta corrupción”, dice una de las docentes al señalar la foto del altar que sus compañeros hicieron en homenaje a Jorge y que el coordinador aún guarda en su celular.

***

De los tres primos asesinados en Joyas de Girón, César fue el que más tiempo estuvo con Mayra, su abuela. Lo trajo Carolina, su madre, cuando mataron a su esposo. Mayra lo describe como el más inquieto de los tres, quien dedicaba sus días, además de al estudio y al trabajo del hogar, a cuidar una vaca de la que era propietario.

Quizá también como el más fiel: cuando su madre formó otro hogar, le ofreció irse a vivir con ella a una casa no muy alejada del lugar. No lo hizo y prefirió quedarse con su abuela. Aun así, dice Carolina, quien hoy visita a su madre, nunca dejó de rendirle los respetos y cariños que ella necesitaba.

—Lo vi en la tarde del martes, un día antes de que lo mataran. Solo recuerdo a ese niño alegre y esa última sonrisa que me regaló –dice Carolina.

Todavía no quedan claros los motivos del asesinato, ni siquiera para la autoridad. “Murieron por un problema circunstancial: vivir en un espacio donde no lograron sobrevivir, peor desarrollarse”, asegurará días después el subinspector Cornejo, de la Unidad de Investigaciones de Zacatecoluca.

Mayra y Carolina, por su parte, este día, uno de los finales de noviembre, solo suspiran y miran al vacío, pensando en qué harán este 10 de diciembre, la fecha en que César cumpliría 16 años

Tags:

  • juventud
  • jovenes
  • muerte
  • violencia
  • pandillas
  • acoso
  • abuso
  • centro escolar
  • duelo
  • centros educativos
  • estudiantes

Lee también

Comentarios