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UNA DAMA FORCEJEA EN EL JARDÍN

Aquel jardín era un amplio lugar público, y a él acudían los ciudadanos comunes para distenderse de las presiones cotidianas, y lo hacían sobre todo en los fines de semana. Durante los días hábiles era escasa la concurrencia, pero nunca faltaban los paseantes distraídos entre los arriates saturados de arbustos, los grandes árboles que parecían vigilantes estratégicamente ubicados entre la maleza y las zonas encementadas por donde transitaban los ciclistas.
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UNA DAMA FORCEJEA EN EL JARDÍN

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Como ocurre casi siempre en los distintos espacios urbanos, los que se desplazaban por ahí apenas les prestaban atención a los que hacían lo mismo. Por eso la presencia de aquella señora envuelta en un amplio velo casi fosforescente pasaba prácticamente inadvertida, aunque desde luego la imagen era lo menos común que podía esperarse.

Esa mañana, ya con el sol en plena posesión de sus espacios naturales, la cantidad de transeúntes era menor, como ocurría en los días medianeros de la semana. Unos cuantos ancianos que buscaban las bancas sombreadas y unas cuantas cuidadoras de niños que los transportaban en sus carritos inconfundibles.

La señora apareció por el rumbo de siempre, lo que hacía imaginar que vivía no muy lejos, quizás en alguno de los condominios apiñados al fondo, unos más antiguos que otros. Se dirigía hacia el interior del jardín, mirando a un lado y a otro, como si buscara a alguien.

Luego de dar algunas vueltas con la misma actitud se detuvo en una banca que estaba bajo el ramaje de un árbol de flor de fuego, en aquel momento en plena floración. Se quedó ahí, inmóvil, como si meditara casi en éxtasis; y las corolas rojizas empezaron a caer sobre su velo, y al tocar la tela parecían recibir un leve toque fulminante. Estuvo en esa posición por muchos minutos y en el curso de los mismos nadie cruzó frente a ella, ni siquiera en las inmediaciones.

Como si quisiera verlo todo desde la máxima altura posible, el sol iba ascendiendo hacia el cenit. Estaba ya muy cerca de alcanzarlo cuando algo comenzó a manifestarse en torno al banco donde estaba la señora.

La figura de un hombre apareció por uno de los senderos aledaños. No era una persona común, a todas luces. Vestía una raída túnica oscura y sus movimientos daban la impresión de ser pequeños saltos en el aire. Cuando estuvo muy cerca de ella, la dama salió abruptamente de su abstracción y tuvo el inmediato impulso de incorporarse:

— ¡Por fin te encuentro, eres tú!

El hombre no dio señal de darse por aludido y siguió caminando.

— ¡Oye, dame la cara, es hora de que lo hagas!

Y lo detuvo aferrándolo. Al contacto, él reaccionó como si recibiera una descarga eléctrica. Se detuvo y extendió los brazos. Ella se los tomó con las manos crispadas y lo sacudió con fuerza.

— ¡Eres tú, maldito, y vas a responder por tu arrogancia absurda! ¿Qué pretendías al quemar mi templo: ser recordado para siempre? Tal vez tu nombre lo será, pero nadie sabrá cómo fue tu fin, ¡te lo juro!

— ¿Quién eres? –le preguntó él, con los labios temblorosos y la piel repentinamente descolorida.

— ¿No me reconoces? Soy la diosa Artemisa, y tú, malvado Eróstrato, quemaste mi templo en Éfeso. Yo, como diosa de los bosques y de los animales salvajes, voy a cobrarme la ofensa…

— ¡Nooo! –quiso desprenderse el aludido, pero ella lo mantuvo agarrado con una fuerza fuera de lo común.

Y así lo arrastró hasta que se perdieron entre las marañas circunvecinas.

Al día siguiente apareció una breve noticia en los periódicos y en los medios televisivos: una mujer de buen ver aparentemente desquiciada le había dado muerte a un indigente desharrapado en una zona boscosa de los alrededores.

HADAS

Toda aquella zona urbana parecía un muestrario de lo inhóspito, con muchas áreas pedregosas, perspectivas de arboledas despojadas por el rigor del clima y cárcavas amenazantes que eran la repetida herencia de los inviernos inmisericordes.

Pero aquel joven que estaba en la medianía de la adolescencia y que era un pensativo impenitente daba la inmediata impresión de no tener nada que lo vinculara con el ambiente que imperaba a su alrededor. Y aunque todos los habitantes del lugar lo conocían desde siempre, él deambulaba por todas partes como un perfecto recién llegado.

Hasta que un agente del orden entró en sospechas sobre las vinculaciones que el joven podría tener con el crimen organizado, y lo atajó en una esquina para interrogarlo en el sitio:

—¿Cómo te llamás? ¿Tenés papeles? ¿Estás estudiando o trabajando?

Él no mostró ningún signo de inquietud:

— Me llamo Ángel. Papeles no tengo. No trabajo ni estudio.

— ¿Entonces?

— Ellas me dan albergue y me permiten hacer mis rondas. Les cuento lo que miro para que recuerden cómo era la vida cuando estaban aquí…

—¿Ellas? ¿Quiénes?

— Ellas: las hadas.

El agente hizo un gesto y esbozó una sonrisa:

— Estás loco, muchacho. Pero te dejo ir porque la locura no es delito.

— Gracias.

— Ah, y me las saludás.

UN MENDIGO PELEA EN MEDIO DE LA CALLE

Los que habían vivido ahí por largo tiempo, desde que era una colonia casi suburbana hasta llegar a ser lo que ahora era, un suburbio en vías de desarrollo urbanístico, podían recordar muchas mutaciones en el ambiente. Para el caso, hacía muchos años pasaba por ahí una quebrada que en los inviernos entusiastas se alzaba con fuerza caudalosa hasta casi llegar al desborde. Luego esa quebrada fue encajonada en una estructura de cemento, que permitió crear encima una callecita peatonal, donde por las tardes los adolescentes paseaban con el bullicio propio de sus años.

A un paso estaban la iglesia católica y el instituto del barrio. En el atrio del templo, que era una estructura sencilla con su campanario erguido, se acomodaban algunos mendigos escuálidos en busca de ayuda tanto de la parroquia como de los fieles. Y de la institución educativa salían los jóvenes que circulaban por los alrededores sobre todo en las horas vespertinas.

Pese a que la seguridad en las calles se había venido deteriorando constantemente, en esa zona parecía que la normalidad seguía siendo total.

¿Qué pasó entonces aquella tarde?

Uno de los mendigos, que parecía haber perdido repentinamente la razón, estaba saltando y voceando entre los jóvenes recién salidos por la puerta principal del instituto:

— ¡Soy el Enviado de Dios y entre ustedes están mis apóstoles! ¡Déjenme que los escoja, seis niños y seis niñas, para estar a tono con los tiempos! ¡No me tengan miedo, no me rechacen, soy el Enviado de Dios!

Los jóvenes se alborotaban, aterrorizados, y uno de los maestros llamaba de inmediato a la autoridad, porque aquello bien podía ser el augurio de algún atentado masivo.

En unos minutos los agentes del orden se hallaban en el lugar. Y al verlos el mendigo redoblaba su prédica estentórea entre movimientos descontrolados:

— ¡Soy el Enviado de Dios y ninguno de ustedes, servidores del poder maligno, va a poder detenerme!

Los agentes se le iban encima y él les respondía como una fuerza de la naturaleza. En unos instantes los cuerpos exánimes estaban tirados aquí y allá; los jóvenes, inmovilizados por la sorpresa y el estupor, le hacían coro al mendigo exaltado; y este, respirando con rugiente inspiración, ahora había convertido su clamor en susurro:

— ¡Gracias, discípulos amados, la pelea solo está comenzando!

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