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UNA PAREJA DUERME EN EL CEMENTERIO

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Caminaban por la ciudad en la que estaban viviendo, pero de la que sólo conocían los lugares aledaños a su vivienda, que era un cobertizo improvisado. Sus recursos de vida eran escasísimos, y prácticamente se sostenían con alguna ocupación casual de limpieza por parte de él y con algún apoyo callejero a gente muy mayor por parte de ella. Ese día se decidieron a hacer una caminata más extensa por el entorno. Los espacios urbanos en realidad no parecían augurar nada nuevo. Se sentaron en la banca de piedra de un pequeño parque para reposar por unos instantes:

—¿Así será todo lo que nos queda por ver? –se preguntó él, bostezando.

—Es que quizás nunca vamos a saber qué es lo que nos queda por ver… –señaló ella, evidentemente más práctica.

—Entonces, sigamos caminando, a ver qué pasa. Ya no tardará en empezar a anochecer, y eso puede ser peligroso en estos tiempos.

Así lo hicieron, ya con los resplandores envolventes del crepúsculo circulando por todas partes.

—¿Recuerdas cómo era allá? –le preguntó él, con un suspiro.

—Sí, los mismos colores, ¿verdad?

—Más o menos.

Y así llegó el momento en que las sombras lo invadieron todo. Ahí, enfrente, estaba un terreno que no sabían identificar. Pequeños promontorios de cemento con trozos cruzados en lo alto. Entraron porque la puerta metálica estaba entreabierta. La oscuridad les indujo la necesidad de reposar. Y fueron a acomodarse en un rincón engramado, que mostraba vocación de lecho. Estaban dormidos en total tranquilidad cuando una voz imperiosa los sacó abruptamente del sueño:

—¡Levántense, vagabundos, y salgan de aquí ahora mismo! Este es el lugar para los que ya no existen en este mundo.

—Por eso estamos aquí, joven. Por eso.

—¿Ah sí? ¿Y cómo se llaman, si se puede saber?

—Adán.

—Eva.

EL TREN

Era una mañana de sábado como cualquier otra, y él llegó en el autobús de siempre a la estación central del ferrocarril cuando el día estaba apenas asomando. A las 6:15 en punto partía la máquina hacia su destino final en el occidente de Guatemala, y a las 7 también en punto paraba en la estación de Las Cañas, que se llamaba así por el riachuelo del mismo nombre que fluía por los alrededores. Ahí muy cerca, en una elevación del terreno rústico, estaba la casa donde él vivía con su madre y con el segundo marido de ella. Extraño destino.

Adquirió su pasaje de segunda, y al estar sentado en la banca de madera junto a la ventana tuvo la infantil sensación de que el tren aquella mañana en vez de desplazarse por las comarcas de sembradíos y arboledas iba a alzar vuelo en cualquier espacio abierto. Cerró los ojos, y como realmente era un niño, no tuvo que poner mayor esfuerzo para sentir que en vez de ir en un tren iba en un navío descubierto en los relatos de piratas de Emilio Salgari. La sensación no podía durar mucho, pero cuando abrió los ojos todo el entorno se había vuelto diferente: él era ya un joven en pleno ejercicio de adolescencia y los entornos dibujaban un paisaje de otra realidad. En ese instante se oyó una voz que anunciaba que el arribo a Granada ocurriría en los próximos minutos.

Se bajó del tren y se dirigió al hotel de destino, que tenía un nombre inspirador: Palacio de Mariana Pineda, frente a la Alhambra. Llevaba en la mano un libro, cuyo autor, el chileno Carlos Morla Lynch, se lo había entregado en la UNESCO, París, no hacía mucho: “En España con Federico García Lorca”. Y es que en verdad a lo que había llegado a Granada era a respirar el aire que respiró el poeta mártir. Antes de retirarse a descansar fue a la Catedral, que estaba muy cerca, y al salir de ella descubrió que el cielo veraniego era un manto de diamantes vivos. En el ambiente del palacio se sintió transportado hacia su más elocuente intimidad, y así se durmió como si todos los desvelos le hicieran guardia.

Pero el sueño sólo duró unos segundos, porque de pronto abrió los ojos y estaba de nuevo en la estación, a la espera del tren ACELA que lo llevaría de Baltimore a Nueva York. El día anterior había sido operado de cataratas por el doctor Walter Stark, y afortunadamente todo había salido bien. Ahora iba de regreso hacia La Gran Manzana, observando con nitidez ya casi olvidada el paisaje de arboledas, bahías y zonas urbanizadas que había en el trayecto. Ya cuando el tren estaba por llegar a la estación de Willmington, le empezó a entrar una somnolencia envolvente. Y quién sabe cuánto tiempo después despertó. Estaba de nuevo arribando a la estación de Las Cañas, su destino original. Seguía siendo un niño, que quizás sería su destino final, sin importar las vueltas que diera el tren de la vida…

LA CASA DEL PUEBLO

Durante años había oído aquella frase: “la casa del pueblo”, referida a que ahí podía reunirse la gente para ventilar sus ansiedades y sus protestas por la situación que vivía buena parte de la población del lugar. Era una casa con propósito conocido y sin identificación externa. Y, desde luego, había gente encargada de organizar lo que pasaba en aquellos espacios interiores, que en algunos momentos parecían rebosar con pulsaciones espumosas. Él era un ciudadano tranquilo, que afortunadamente llevaba una vida común, al estilo de siempre, y nunca había tenido ni la mínima curiosidad por entrar en aquella “casa”, que estaba rodeada por un terreno baldío en el que la intrincada maleza parecía darles protección a los pocos grandes árboles que se hallaban ahí desde que tenían memoria hasta los más antiguos pobladores.

En algún momento, la suerte de aquel ciudadano tranquilo comenzó a girar hacia la crisis. Su mujer laboraba como supervisora de calidad en una panadería del vecindario, pero el negocio tampoco pasaba por un buen momento, y la amenaza del despido se hallaba siempre pendiente. En cuanto a él, que se dedicaba a repartir pedidos de comida de un restorán chino del centro, lo que veía era que los pedidos iban disminuyendo.

Un día de tantos, con una sincronía curiosa, tanto la panadería como el restorán adelgazaron drásticamente su plantilla laboral y entre los despedidos estaban ellos dos.

—Ya no tengo trabajo.

—Yo tampoco.

Silencio perlado de respiraciones agitadas.

—¿Qué hacemos ahora?

—Comer un bocado y tratar de descansar.

Ni lo uno ni lo otro. Así pasó aquella noche desconocida. Y en los días posteriores, la peregrinación inútil. ¿Cuánto más se podía esperar? Los pocos dineros ahorrados se estaban yendo por los resumideros de la cotidianidad. No quedaba ya para pagar el alquiler de la vivienda. Había que desocupar.

—¿A dónde vamos?

Él tuvo un gesto de luz:

—A la “casa del pueblo”. Quizás ahí puedan darnos apoyo. Dicen que para eso están.

Cuando llegaron, puertas y ventanas estaban cerradas, quizás porque la hora era temprana. Se quedaron ahí, aguardando junto a la alambrada perimetral. Al fin llegó alguien, que los miró con desconfianza pero que después les permitió pasar. Le plantearon su situación y pidieron ayuda.

—¿Ayuda en qué? Aquí dinero no tenemos.

—Pero quizás podrían permitirnos que nos alojáramos en algún rincón…

—¿Alojamiento? Tampoco tenemos.

—¿Y no es esta la casa del pueblo?

El aludido lo miró con ojos de fulminante reproche.

—Si quiere, acomódese en el predio baldío que está aquí alrededor. Es lo más que podemos hacer por usted. Esta no es casa de beneficencia, ¿entendió?

—Lo que se dedican a hacer es demagogia –farfulló entre dientes.

—¿Cómo dijo?

—Que mi mujer se llama Eulogia –respondió él con una risotada sarcástica. Ah, y en cuanto a eso de venirnos a vivir en un rincón del predio baldío, lo tomo en serio. ¿Nos ayudarán con los materiales?

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