Un café, por favor

Supongo que será nuestra fascinación por separarnos en bandos la que nos hace despotricar con igual vehemencia de un espresso o un frapuchino con menta. ¿Cuándo dejamos de tomar solo café?
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OPINIÓN (Desde acá)

Me gusta cuando callas

Hace un par de semanas pasé delante de una cafetería que tenía un enorme rótulo cerca de la puerta principal, un intento por atraer clientes nada despreciable. Visible desde lejos, el rótulo anunciaba que dentro tenían productos sin azúcar, sin gluten, sin lactosa y un largo etcétera de prohibiciones más.

—Un café con leche de soya, deslactosada y descremada, por favor

—No se preocupe que la soya no tiene lactosa, ¿con o sin cafeína?

—Sin cafeína, por favor. Y un cupcake sin gluten, sugarfree y sin colorantes

—No se preocupe, que nuestros cupcakes son orgánicos

—¿Sabe qué? Deme solo aire.

—¿De las Rocky Mountain o de Noruega?

—De Noruega, obvio...

No pude evitar pensar y emular un relato que la revista Letras Libres publicó en el lejano agosto de 2009 (porque en estos días, lo que ocurrió ayer es del siglo pasado) del escritor mexicano Juan Villoro. “Una sencilla transacción”, como se llamaba aquel artículo, era una ácida crítica de Villoro a la cultura de los coffee shop, fenómeno entonces pujante en esta parte del mundo y que no ha parado de crecer.

No les cuento toda la columna (la pueden leer aquí: http://www.letraslibres.com/revista/convivio/una-sencilla-transaccion), pero lo interesante era que Villoro representaba con genialidad lo complicado que resulta pedir un café, una dificultad que ha variado muy poco en estos días. Uno va a esas enormes cadenas, donde insisten en poner tu nombre en los vasos, para pedir un frozen doble con sirope de mamey, un green tea de té verde o un kanemorefrapuchino, y se siente perdido.

Así pensaba yo, qué insoportables los coffee shop de los cojones, hasta que nos ocurrió el incidente que les voy a relatar en una cafetería acorde a mis creencias.

—Quisiera un café, por favor

—¿Cómo le gusta el café?

—Con sabor intenso

—No, ¿cómo le gusta el café?

—Ya le dije

—¿Cómo le gusta el café?

—...

—Me refiero a si le gusta achocolatado, afrutado, más ácido...

—Afrutado. En prensa francesa, por favor

—Mmm, yo no recomiendo prensa francesa; prefiero una V60 porque...

—Hágalo donde sea y como usted quiera...

La conversación fue más larga, y el café llegó a la mesa después de interminables minutos. Tomamos el café y estaba bueno, eso sí. Pero bastaron unos segundos para darnos cuenta de que, salvando las distancias, habíamos caído en las mismas complicaciones del enemigo. A cada chorro extra de crema se corresponde un “este es de estricta altura”; a cada mocachino de pumpkin pie, un “este lo hice con mi cafetera de vacío pero la próxima vez probaré con una aeropress”; a cada americano saborizado con jarabe de flor de izote, un “este tipo de tostado quedaría mejor en una Chémex”. ¿Cuándo dejamos de tomar café como lo hacíamos antes?

No pretendo desvincularme de ninguna facción, de hecho soy de esos que se ofenden con el café soluble y que tienen tres mil cafeteras diferentes en su casa, pero lo que no sé es precisar cuándo ocurrió. Supongo que será nuestra fascinación por separarnos en bandos la que nos hace despotricar con igual vehemencia de un espresso o un frapuchino con menta. Hace años, en mi adolescencia, tomaba una suerte de infusión de café que ahora mismo no volvería a probar. No era ni mocamint, ni se había preparado con la extracción de sabor de una prensa francesa, pero aquellas tazas siempre me gustaron mucho. Era solo café, era lo único.

PD. Estuve a punto de escribir sobre la campaña, o incluso sobre la nueva tregua, pero me pareció que estas columnas comenzarían a parecer El Día de la Marmota.

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  • cesar castro fagoaga
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