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Un duro crítico de la desigualdad

El cónclave necesitó cinco votaciones para dar con él. Jorge Mario Bergoglio ha denunciado la corrupción y la pobreza en Argentina. Es fiel a la ortodoxia doctrinal católica y no comulga con corrientes progresistas dentro de la Iglesia. Así, a los 76 años, se convierte en el único jesuita y americano en sentarse en la silla de Pedro bajo el nombre de Francisco.
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Llegaron de Italia.  Mario José, al centro, es el padre de Jorge Bergoglio. Juan y Margarita, sus abuelos.

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Cortesía.   Así llegó a la Plaza San Pedro, en El Vaticano, cuando aún era cardenal elector. Aquí entrega al cardenal canadiense Marc Ouellet el solideo que el viento le arrebató.

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Ícono.  Postales con la imagen del papa Francisco I a la venta por 20 céntimos en la ciudad del Vaticano.

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Fútbol.   Así posó en marzo de 2011 con los jóvenes futbolistas del San Lorenzo, equipo del que es fan.

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Un duro crítico de la desigualdad

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Como uno más.   Esta fotografía de 2008 muestra al entonces cardenal Jorge Bergoglio en el metro de Buenos Aires. Como cardenal nunca fue aficionado a los protocolos.

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Semana Santa.  Durante la celebración de Jueves Santo de hace cinco años, en Buenos Aires, el ahora conocido como papa Francisco besó los pies a drogadictos en rehabilitación.

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Un papa que sonríe, que da las buenas tardes, que hace una broma apenas unos minutos después de recibir sobre sus hombros el peso entero de una Iglesia lastimada, que pide la bendición antes de darla, que es jesuita como tantos otros que consiguieron hacer caminar de la mano la fe y el conocimiento, que vivía en un apartamento en vez de en un palacio cardenalicio y se montaba en el transporte público para ir a confortar a los enfermos y a los pobres, un papa que hace ocho años pudo serlo y dijo que pase de mí este cáliz, un papa que viene del nuevo mundo, que tiene cara de buena persona y que elige el sencillo nombre de Francisco es una oportunidad a la esperanza.

Para los católicos y para quienes, desde la orilla de la duda o del descreimiento absoluto, desean que la Iglesia abra las ventanas y se dedique, de una vez, a remar al lado de los hombres, solo el tiempo dirá si, efectivamente, el argentino Jorge Mario Bergoglio, de 76 años, es el papa que estaba esperando el mundo, pero el miércoles por la noche, frente a Roma rezando por él en silencio, logró ganarse su oportunidad.

Hace solo dos días, cuando los cardenales, con toda la pompa y el boato de que es capaz el Vaticano, fueron entrando en la Capilla Sixtina y jurando sobre los Evangelios, no había mucho que celebrar. Las quinielas decían que para sustituir a Benedicto XVI –el papa teólogo– habría una pugna muy cerrada entre un cardenal italiano representante del poder y del dinero y un brasileño preferido por la curia. La única y débil esperanza era que el cardenal estadounidense con cara de simpático y sandalias de franciscano consiguiera convencer al Espíritu Santo.

Después de Juan Pablo II, el pontífice carismático acusado de encubrir a los Legionarios de Cristo , y del fallido Benedicto XVI, la Iglesia golpeada por los escándalos del poder y del dinero necesitaba un revulsivo, pero esa procesión de hombres ancianos vestidos de púrpura no era una llamada a la ilusión. Sin embargo, miércoles por la noche, cuando los restos del humo blanco aún vagaban por la orilla del Tíber, todas las campanas de Roma se pusieron a sonar y se abrieron por fin las cortinas del Vaticano, la sorpresa estaba allí.

El papa –que solo tiene un pulmón, ya que perdió el otro a causa de una infección infantil– sonreía. Parecía tranquilo. Habló tranquilo. Lo primero que hizo fue dar las buenas tardes. Lo segundo, gastar una broma: “Queridos hermanos y hermanas. Sabéis que el papa es obispo de Roma. Me parece que mis hermanos cardenales han ido a encontrarlo casi al fin del mundo. Pero estamos aquí, y os agradezco la acogida”. Ya en ese momento, Jorge Mario Bergoglio, quien será papa bajo el nombre de Francisco, se había ganado a la parroquia. A la suya y a la ajena.

La suya porque estaba aquí, sobre la Plaza de San Pedro, saltando de alegría, y a la ajena porque bastaba un vistazo rápido a Twitter para comprobar que muchos de los que hasta hacía un momento bromeaban sobre la relativa importancia del nombre del nuevo papa –“será un varón, anciano y talvez católico”– se quedaban impactados ante las buenas maneras, de párroco de pueblo más que de pontífice, del argentino. El primer latinoamericano, el primer jesuita, el primer Francisco.

Todavía desde el balcón, Francisco quiso hacerse cómplice de la infantería de la Iglesia: “Comenzamos este camino, obispo y pueblo juntos”. Hace cuatro años, en octubre de 2009, el cardenal Bergoglio alzó la voz con dureza para criticar al Gobierno argentino y también a la sociedad por no impedir el aumento de la pobreza. Una pobreza que definió como “inmoral, injusta e ilegítima”, impropia de un país tan poderoso. “Los derechos humanos”, dijo, “se violan no solo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”.

Bergoglio se ha distinguido por sus discursos denunciando la pobreza, la corrupción y lo que él llamaba “crispación” política. En 2003 llegó a la presidencia del país Néstor Kirchner, quien desde un principio mantuvo una mala relación con Bergoglio. En 2004, el arzobispo criticó “el exhibicionismo y los anuncios estridentes”, en un mensaje implícito contra Kirchner, que entre otras medidas había reabierto los juicios contra los criminales de la dictadura. Bergoglio siempre se ha mostrado austero y reservado. Los discursos que irritaban a Kichner y Fernández los pronunciaba en homilías.

El ahora papa fue provincial de los jesuitas argentinos desde 1973 hasta 1979, durante el inicio de la dictadura militar, y de aquellos tiempos llegan todavía sin aclarar rumores de posible connivencia con el Gobierno. Fue acusado de haber entregado al régimen militar (1976-1983) a dos sacerdotes de su orden. Pocas veces ha hablado con la prensa, y menos con respecto a este tema. Pero lo hizo en 2001, cuando negó en una entrevista con el periódico Perfil cualquier colaboración con la dictadura y contó que había ayudado a los jesuitas perseguidos. Bergoglio llegó a ser citado para declarar como testigo en los juicios por los crímenes del régimen.

Hace unos años, su discurso no dejaba duda de su compromiso con los más desfavorecidos. “Hay aproximadamente $150,000 millones de argentinos en el exterior, sin contar los que están fuera del sistema financiero, y los medios de comunicación nos dicen que siguen yéndose de Argentina. ¿Qué se puede hacer?”, se preguntó, “¿para que estos recursos sean puestos al servicio del país, en orden a saldar la deuda social y generar las condiciones para un desarrollo integral?”

La elección de Bergoglio ha durado menos de lo que se esperaba. No hay que olvidar que el cónclave se inició bajo el signo de la división después de 10 reuniones muy intensas del colegio cardenalicio –formado por los 115 electores más los cardenales mayores de 80 años– en las que 161 purpurados alzaron su voz para hablar de la situación de la Iglesia.

Aunque, al inicio de los encuentros, los cardenales prestaron juramento de no filtrar a la prensa el contenido de las discusiones, enseguida se supo que los temas más candentes fueron la necesidad de reformar de la curia, la postura de la Iglesia ante la pederastia y la situación del IOR, el banco del Vaticano.

Algunos cardenales –entre ellos los estadounidenses– solicitaron además tener acceso al informe secreto que sobre el caso VatiLeaks –el robo y filtración de la documentación privada de Joseph Ratzinger– elaboraron tres cardenales octogenarios.

Antes de su renuncia, Benedicto XVI determinó que el informe solo fuese conocido por su sucesor, pero nada más llegar a Roma muchos de los cardenales insistieron en que, antes de dibujar el perfil del papa que ahora necesita la Iglesia, sería conveniente saber la situación interna.

El primero en expresar la preocupación creciente fue el cardenal Raymundo Damasceno, arzobispo de Aparecida y presidente de la Conferencia Episcopal de Brasil: “¿Por qué los cardenales que somos los consejeros más próximos al papa no podemos acceder a los documentos?” Finalmente, los tres cardenales que investigaron –Jozef Tomko, Salvatore De Giorgi y Julián Herranz– informaron privadamente y sin entrar en detalles y nombres a los purpurados que lo solicitaron.

También llamó la atención que la décima y última de las congregaciones generales estuviese dedicada a hablar del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el banco del Vaticano. El secretario de Estado, Tarcisio Bertone, quien además es el presidente de la comisión cardenalicia que controla la entidad, informó a los cardenales de su situación. Según algunas filtraciones periodísticas, el cardenal Bertone recibió numerosas críticas durante las congregaciones generales por su manera de dirigir el Vaticano en los últimos años.

El primer papa latinoamericano siempre se ha mantenido fiel a la doctrina católica. No proviene de las corrientes progresistas ni de la teología de la liberación. Incluso, cuando se discutió el matrimonio gay en Argentina, llegó a escribir en una carta dirigida a unas monjas carmelitas que la oposición a esa ley era una “guerra de Dios” ante una “movida del diablo”. Cristina Fernández de Kirchner, ahora presidenta de Argentina, comparó su campaña con la inquisición.

Bergoglio, no obstante, está lejos de representar al ala más conservadora de la Iglesia. Él siempre representó la alternativa frente a los más ortodoxos del catolicismo argentino. Este sacerdote de la Compañía de Jesús, poderosa orden de intelectuales dentro de la Iglesia, muchas veces enfrentada con Roma y en los últimos tiempos con el Opus Dei, también se ha distinguido por permitir que los curas más progresistas de su diócesis desempeñaran su labor con bastante libertad.

En 2005, cuando fue elegido papa Benedicto XVI, Bergoglio fue el candidato opositor, el que representaba a la moderación frente al conservadurismo más extremo. El papa argentino además no tiene nada que ver con la burocracia vaticana. Es más: poco le gustaba tener que viajar a Roma.

Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936. Hijo de inmigrantes italianos: él era empleado ferroviario y ella, ama de casa. Fue a la escuela pública. Estudió para ser técnico químico y como tal trabajó en laboratorios hasta los 21 años. En 1957, decidió entrar en el seminario jesuita. Estudió Humanidades en Chile y en 1960, de regreso a Buenos Aires, obtuvo la Licenciatura en Filosofía en el Colegio Máximo San José, de los jesuitas.

Entre 1964 y 1966 fue profesor de literatura y psicología, primero en Santa Fe y después en Buenos Aires. De 1967 a 1970 cursó teología en el Colegio Máximo. Solo en 1969 se ordenó sacerdote, a los 33 años. Pero después comenzó una rápida carrera en la Compañía de Jesús. Con solo 37 años llegó a ser el jefe de los jesuitas de su país.

Fue entonces, con Argentina inmersa en la dictadura de Jorge Rafael Videla, cuando el régimen militar secuestró a dos sacerdotes de su congregación que actuaban en barrios de champas en Buenos Aires.

Ambos, Orlando Yorio y Francisco Jalics, tenían posiciones progresistas. Varias asociaciones de defensa de los derechos humanos acusan a Bergoglio de haber denunciado a los dos jesuitas ante la dictadura diciendo que ambos eran guerrilleros. Bergoglio dijo, en cambio, que hizo gestiones ante el entonces dictador argentino, Jorge Videla, para que fueran liberados, lo que finalmente sucedió.

En 1992 fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires y se convirtió en el jefe de la Iglesia de su ciudad, una de las más pobladas del mundo, en 1998. En 2001 Juan Pablo II lo nombró cardenal. Después llegó a presidente de la Confederación Episcopal Argentina, y como tal atravesó una de las crisis políticas, sociales y económicas más graves de su país y el período de enfrentamiento con los Kirchner. En la crisis se distinguió por su llamada a la lucha contra la pobreza y la resurrección moral de su abatido país.

Años más tarde, Bergoglio, sin nombrar a los Kirchner, decía que el “peor riesgo es homogeneizar el pensamiento” y también criticaba los “delirios de grandeza”. En el conflicto entre los Kirchner y los agricultores, el cardenal también dio algunas señales críticas hacia el Gobierno. Los Kirchner lo veían como un opositor político que no reconocía la reducción de la pobreza lograda durante sus años de gobierno, pero Cristina Fernández de Kirchner fue la que calmó el enfrentamiento cuando congeló los últimos proyectos de ley para la despenalización del aborto.

El nuevo papa, al que se le podía ver celebrando misas con cartoneros (personas que buscan metales, botellas y cartones en la basura para revenderlos), dejó la presidencia de la Confederación Episcopal Argentina en 2011. En el kirchnerismo respiraron tranquilos. No se imaginaban que acabaría como sucesor de San Pedro.

Las batallas del papa Francisco ahora ya no serán las de la política argentina. Sus desafíos serán globales. Ha tenido la experiencia de rivalizar con los sectores más conservadores de su país, que le exigían más dureza contra el matrimonio gay o el aborto. Por ejemplo, Bergoglio nunca se puso al frente de marchas callejeras contra las bodas de personas del mismo sexo, como sucedió con la Iglesia española.

Tampoco se le ha escuchado nunca pronunciándose a favor del uso del latín o en contra de manifestaciones populares o modernas de la liturgia. Los que esperan un papa revolucionario talvez no lo encuentren en Francisco, pero al menos podrán conformarse con que no intentará calzar en el molde de Joseph Ratzinger.

Al margen de los asuntos polémicos, la Iglesia que desde el miércoles depende de Francisco tiene numerosos retos por delante, y todos ellos fueron abordados en los días previos al cónclave.

Antes de encerrarse en la Capilla Sixtina, los cardenales parecían tener claro que la Iglesia necesita ahora un papa fuerte, un pontífice capaz de reformar la curia, organizar los dicasterios (ministerios) del Vaticano para hacerlos más eficaces, limpiar la podredumbre puesta al descubierto por el caso Vati-Leaks, impulsar el diálogo con el islam, afrontar de una manera valiente el papel de la mujer en la Iglesia y la postura oficial ante la bioética. Como dijo el cardenal Angelo Sodano en la misa Pro eligendo pontífice, “un pastor que anuncie el evangelio y la misericordia; un buen pastor capaz de dar la vida por sus ovejas”. Ahora, tras conocer al nuevo papa, un jesuita ortodoxo en cuestiones dogmáticas pero flexible en materia de ética sexual, aquellos objetivos parecen pobres.

La Iglesia, venían a reconocer sus responsables, necesitaba un fontanero, un bombero, un albañil, alguien que lograra apuntalar las ruinas y esperara a que vinieran mejores tiempos para volver a alzar el vuelo.

Dos horas después de que se supiera su nombre y se conocieran su sonrisa serena y su buen humor, a Roma seguían llegando mensajes de sorpresa y de alegría. De los principales gobernantes y también de quienes, desde dentro de la Iglesia, vuelven a tener esperanza.

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