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Un ejercicio para aprender a conversar

Las tres “d” son los principios que rigen los encuentros de estos jóvenes: debate, diálogo y democracia. El proyecto 3D organiza debates y durante más de tres años ha sido una oportunidad para crear liderazgos éticos en la juventud de El Salvador. Esta iniciativa, creada por cuatro organizaciones de la sociedad civil, es una respuesta ante los pocos espacios de discusión en una sociedad violenta que no está acostumbrada al diálogo.
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Los debates del 3D tienen una premisa simple: confrontar. En un salón se reúnen alrededor de 10 o 20 personas entre las que deben haber “legítimos contradictorios”, algo así como enemigos ideológicos. Pero no hay espacio para el irrespeto. Uno de sus principios es que “el debate se centrará en la confrontación de posturas, no en la confrontación con quienes emiten dichas opiniones”.

Tras establecer las reglas, el moderador lanza una “frase generadora” o una afirmación que origine conflicto, por ejemplo: “Solo con mano dura se reducirán los índices de violencia”. Los participantes escriben en un papel su postura y la pegan en una pizarra. De un lado están los argumentos a favor y del otro, las razones en contra.

Cada participante tiene dos minutos para presentar sus ideas. Así, se va llegando a consensos y disensos. La meta no es convencer al otro de que cambie su manera de pensar –aunque ha pasado–. El objetivo es demostrar que se puede estar en contra del pensamiento de una persona sin atacarla.

“El 3D fusiona submundos que nunca se habían chocado”, comenta Emilio Orellana, miembro de una de las organizaciones que lo fundaron. En El Salvador la cuna en la que se nace marca el destino de la vida de las personas más allá de las oportunidades laborales. El Informe sobre Desarrollo Humano 2013 del Programa de las Naciones Unidas explica que un país tiene movilidad social cuando garantiza igualdad de oportunidades para sus miembros y la gente pierde o adquiere ingresos gracias a su esfuerzo. Ese no es el caso de El Salvador.

El índice de dependencia temporal de ingresos se mide entre 0 y 100. El cero indica que la sociedad tiene movilidad social perfecta y el 100 da cuentas de una sociedad estancada. En El Salvador el indicador es de 95. Es decir, una sociedad estancada en el que las personas, en su gran mayoría, están destinadas a perpetuar la condición socioeconómica en la que nacen y a no conocer otras formas de vida.

Eso marca la manera de ver la realidad y posicionarse en ella. Marlon Anzora, director ejecutivo del 3D, recuerda una vez que se encontraban planificando una reunión y las diferencias socioeconómicas de los participantes se evidenciaron. “Un miembro de Global Shapers me dice: disculpa, voy para Davos (Suiza), donde se reúne el Foro Económico Mundial, y no voy a poder ir. Y otro joven me dice: no pude ir porque tuve que ir al mercado Tinetti. Uno vive en una zona controlada por pandillas, el otro anda con guardaespaldas”.

“Tengo un mes de no ver a mis hijos porque vivimos en colonias a las que dominan diferentes pandillas”, dijo un joven en un debate de abril de 2016. En algunos territorios, la pandilla decide quien transita en la zona, quiénes pueden visitar y hasta quién puede seguir viviendo en la colonia. El temor a que el poder de los pandilleros se extienda con la misma intensidad fuera de El Salvador llevó a que en abril de 2016 las autoridades de seguridad de Honduras y Guatemala dictaran órdenes de fortalecer sus controles fronterizos. El objetivo es evitar el ingreso de pandilleros a sus países.

Los debates dejan en evidencia las diferentes preocupaciones de los ciudadanos que comparten un mismo territorio. Frases como las del padre que no puede ver a sus hijos y otras similares pueden encontrarse en Twitter bajo la etiqueta #3Dsv. Los jóvenes hablan libremente porque a través de la red social se hace público el argumento pero no quién lo dice. Para que las personas llegaran a desenvolverse con esa soltura, el proyecto 3D recorrió un camino de años construyendo confianza.

“El 3D nació en una cochera”, afirma uno de sus fundadores. El proyecto se originó a finales de 2013 en el parqueo de la Fundación Friedrich Ebert de San Salvador al unir el trabajo de cuatro organizaciones de ideologías distintas.

Ahí, las Juventudes Socialdemócratas de El Salvador (JSD) realizaban discusiones llamadas Viernes de Coyuntura y los fundadores de Xpressate.net estaban lanzando su plataforma web. Por otro lado, jóvenes que pertenecen al programa Global Shapers, del Foro Económico Mundial, organizaban un evento que se llamaba Pláticas del Pueblo y los creadores de la página Censura Cero se encontraban debatiendo a través de Twitter.

Entre esta mezcla de jóvenes había quienes estaban vinculados familiar o profesionalmente a políticos de diferentes partidos. Sin embargo, eso no los detuvo para crear una alianza y lanzar los debates 3D con la idea de brindar herramientas de solución de conflictos.

En 2016 se cometieron 5,278 homicidios a escala nacional. Por años el país ha sido nombrado como “uno de los más violentos del mundo”. Pero, existe violencia más allá de las pandillas, una que nace en la intolerancia de ciudadanos que no están dispuestos a entender al otro. Titulares como “Asesina a su vecino en disputa por parqueo”, “Vigilante mata a taxista por un dólar” y “Hombre asesina a niña de 12 años por cortar pitos de un árbol” dan prueba de ello.

“Somos un país demasiado violento. No podemos ni platicar sin estarnos puteando. El 3D fue nuestra solución de enseñarle a la gente que se puede dialogar sin tener que matarte”, relata Emilio Orellana desde su oficina de publicidad.

Con este objetivo en mente, representantes de las cuatro organizaciones se juntaron a pensar en la lista de invitados para discutir temas de seguridad, participación política, educación, medio ambiente y derechos sexuales y reproductivos.

Para conformar la lista hicieron un ejercicio: pensaron el nombre de un joven que sabían que defiende cierta postura y luego pensaban quién de sus conocidos tenía ideas opuestas a las de la primera persona. Marlon Anzora lo explica así: “Una de las reglas es invitar a aquel que no vas a invitar a tu cumpleaños, el debate no es para invitar a los que te caen bien”.

Los coordinadores de las cuatro organizaciones enviaron las invitaciones y pensaron que no llegarían más de 20 personas aquel primer viernes de 2014. La respuesta que obtuvieron les sorprendió. Llegaron cerca de 60 jóvenes de ideas contrarias con ansias de expresarse en un espacio público y seguro.

Los espacios de participación de la juventud en debates son pocos. La mayoría de organizaciones sociales que realizan foros y conversatorios lo hacen dirigidos hacia personas que se alinean con su pensamiento. El mérito del 3D es propiciar el encuentro de personas que se rigen bajo principios distintos.

También en el país existe una Liga Universitaria de Debate; sin embargo, iniciativas como esa priorizan la voz de la comunidad estudiantil. Pero, no todos los jóvenes tienen acceso a la educación superior. Al contrario, quienes pueden costearse una carrera universitaria son minoría. El 26.6 % de jóvenes de 15 a 24 años no estudian ni trabajan y en la Encuesta de Hogares con Propósitos Múltiples de 2015, se registró que 946,037 personas habían obtenido un título de bachiller, pero solo 212,937 contaban con un grado universitario.

En 2014 el debate se extendió a 75 personas y en 2015 a 150. Esos años funcionaron sin fondos asignados y con el trabajo de voluntarios. Así lo asegura Margarita Valdés, la coordinadora nacional del proyecto.

Andrea Ramos, coordinadora logística de los debates y miembro de la JSD, explica que los participantes asisten por el deseo de expresarse y “no por una cena gratis”. Es más, en los primeros años del proyecto 3D lo único que recibían los asistentes era el pan dulce que alguien se detenía a comprar para compartir.

A finales de 2015 las organizaciones fundadoras se propusieron llegar al resto del país. Para ello, solicitaron un desembolso del Fondo para la Democracia de Naciones Unidas (UNDEF, por sus siglas en inglés). Así consiguieron $180,000. Eso significó poder ofrecer algo más que pan dulce a los participantes y hacer debates en cuatro sedes a escala nacional con jóvenes de todo el país.

La imagen es un tanto extraña: muchachos vestidos con camisas bien planchadas y sacos cargan sillas hacia un salón elegante de un hotel capitalino. No venían preparados para tener que trabajar, pero no les importa sudar un poco a pesar de su vestuario distinguido. Es noviembre de 2016 y un grupo de jóvenes de entre 15 y 30 años se ha reunido para presentar los resultados de los debates en los que participaron en el año.

Se esperaba a menos asistentes y por ello no hay suficientes sillas. Entre los invitados hay quienes pertenecen a partidos políticos, a instituciones de gobierno, feligreses católicos conservadores, miembros de la comunidad de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB), activistas de derechos humanos y estudiantes con perfiles académicos sobresalientes.

A pesar de las diferencias ideológicas que los colocan en polos opuestos, el ambiente dentro de este salón es festivo. Los invitados se han vestido con sus mejores trajes y dicen celebrar sus diferencias.

“Hay país después del Lempa”, dice Emilio Orellana. Menciona eso porque por primera vez, gracias a este proyecto, algunos jóvenes capitalinos conocieron las realidades del interior del país. Estudiantes privilegiados de escuelas o universidades privadas acostumbrados a privilegios han visto a los ojos y escuchado los argumentos de jóvenes de comunidades estigmatizadas por la violencia.

El fondo de Naciones Unidas les permitió llevar su metodología al resto del país y lograron llegar a 400 jóvenes en más de 50 sesiones de debate. Por eso, Emilio Orellana dice algo que parece obvio pero que algunos no habían visto con sus propios ojos: hay otra realidad fuera de la burbuja de privilegios de San Salvador. Desde este hotel capitalino, Orellana cuenta algo que los sorprendió: “Cada vez que íbamos a oriente encontrábamos un cadáver en el camino”.

Es viernes 10 de febrero y en la radio hay una mujer hablando de repartir condones en los centros escolares, mientras otra chica a un metro de ella defiende que la escuela no es el lugar para repartir anticonceptivos.

Sara García pertenece a la Agrupación Ciudadana por la Despenalización del Aborto. A las 5 de la tarde en una radio con transmisión en vivo en redes sociales dice algo que podría escandalizar a grupos conservadores. “Se deben repartir condones no solo en las escuelas. También en los hospitales, en las universidades y hasta en un bar”.

El “Mapa de Embarazos en Niñas y Adolescentes en El Salvador 2015” reveló que una niña o adolescente resulta embarazada cada 21 minutos. Y no todos esos embarazos se deben a la falta de educación sexual de las niñas. Los embarazos también son resultado de delitos como violación y estupro. En 2015, 1,500 niñas entre 10 y 14 años dieron a luz.

Claudia Ortiz pertenece a la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) y responde en la radio a título personal: “La escuela no es el lugar para entregar esa clase de tecnologías. La información es poder. ¿Hasta dónde te empodera que te entreguen un condón hacia tu proyecto de vida? Son más empoderadoras las charlas”, defiende.

Además de las mesas de debate, el proyecto quiere probar otras maneras de darse a conocer. Este programa radial de 3D se realiza para alcanzar a sectores de la población que también tienen derecho a formarse una opinión sobre los temas que les afectan. El moderador, Marlon Anzora, lanza preguntas y Williams González, Claudia Ortiz y Sara García argumentan sus posturas en un par de minutos.

El debate se desarrolla hasta que llegan a un punto en el que el disenso es total: el aborto. Sara expresa que está a favor de la despenalización del aborto en cuatro casos: cuando la vida de la madre corre peligro, cuando hay incompatibilidad del feto con la vida, cuando el embarazo es producto de violación y cuando exista estupro.

En 2016 el Ministerio de Salud le dio atención a 1,654 personas víctimas de violencia sexual. El 89 % de estas agresiones fueron hacia mujeres. Hay niñas violadas desde los meses de edad. En el rango de uno a 14 años fueron atendidas 579 niñas y adolescentes. Y solo las violaciones atendidas por el sistema de salud en mujeres de 15 a 24 años de edad suman 595.

Claudia dice que está en contra del aborto y defiende el derecho a la vida del embrión o feto. “Sería grave abrir la puerta a esto en el país”, explica. Por su parte, Williams se coloca en una postura central y argumenta: “La mujer también está viva, también fue un feto. Es una decisión personal y no me siento en la capacidad para imponer ni una ni otra respuesta”.

Los temas que discuten son considerados por los mismos organizadores “tabús políticos”. Además de sentar a debatir a jóvenes sobre salud sexual y reproductiva también propician espacios para la confrontación de ideas en cuanto a género, orientación sexual y derechos civiles.

Por ejemplo, hubo un debate en el que se discutió el matrimonio entre personas del mismo sexo. Jóvenes del Opus Dei expresaron que no estaban de acuerdo y expusieron argumentos bíblicos. Entonces, una chica transexual respondió citando versos de la biblia en los que se niega el derecho de salir a la calle a la mujer cuando se encuentra menstruando. La chica trans les preguntó: “¿Ustedes cumplen eso? No creo. Porque si no solo me están diciendo la parte de la biblia que les conviene”.

Con cada sesión realizada, el proyecto 3D se posiciona como un espacio en el que el conflicto es bienvenido. “El objetivo de estos espacios es poder mostrar el pluralismo y la diversidad. La idea es desmontar el concepto de pensamiento único. Eso no existe”, sostiene Sara García un par de días después de su intervención en la radio.

Los conflictos no surgen solo cuando se habla de temas relativos al sexo. También brotan cuando se habla de cómo solucionar la problemática de violencia y seguridad.

Los chicos que tienen guardaespaldas no viven la realidad de la misma forma que jóvenes expulsados de sus hogares por amenazas de pandillas. En un debate, adolescentes que viajan en sus vacaciones, escucharon historias como las de una chica parecida a ellos que por vivir en una comunidad donde usualmente la policía hace redadas se fue presa un par de días sin aparente razón.

Por ello, Roberto Juárez, miembro de la organización Global Shapers, considera que el 3D también representa “una forma de desahogo” para los participantes.

Lourdes*, una joven líder de la zona oriental del país, contó en un debate anterior su experiencia ante el accionar pandilleril. Tenía miedo de hablar, pero lo hizo. “Todos hemos sido víctimas”, dijo.

Un día encontró en el buzón de su casa una nota pidiendo extorsión. El papel detallaba los horarios de trabajo de su familia, a qué hora regresaban a casa, los lugares que frecuentaban los fines de semana y hasta los nombres de las personas a las que visitaban. Fue como tener a un investigador privado siguiéndonos todo el tiempo, explica Lourdes.

La joven no conocía a los participantes del debate y temía ponerse en riesgo. Estaba debatiendo entre desconocidos. “Hablé con temor pero más que nada con coraje. Todos callamos. ¿En qué momento va a haber alguien que pierda el temor y diga ‘puya, está sucediendo esto y yo voy a hablar por los demás’?”, se pregunta.

La historia de Lourdes se suma a las de miles de salvadoreños. En el 2015 el Consejo Noruego para los Refugiados calculó que en El Salvador hay 289,000 desplazados por violencia interna. Y no solo eso, el país está lleno de personas que buscan cambiar de casa por motivos ajenos a ellas. Cifras de Naciones Unidas indican que en el 92 % de los municipios en El Salvador se registra peticiones de ayuda de personas desplazadas por la situación de “violencia generalizada” o por problemas medioambientales.

Después de meses de paranoia, Lourdes supo que el debate era su momento para hablar. Ahora, más segura, explica: “Estos espacios son necesarios para generar conciencia y expresarnos de manera legal para decir: ‘hey, jóvenes, tenemos derechos’”.

El 3D ha demostrado ser un espejo de país. Una nación desigual también toma lugar en las mesas de discusión. Desigualdades tan básicas desde la manera de llegar a los debates, en bus o en carro, hasta el encuentro entre activistas de la justicia restaurativa con hijos de militares de la guerra.

Las desigualdades no solo tienen que ver con el origen socioeconómico de sus participantes. A pesar de que los organizadores invitaron en 2016 tanto a mujeres como hombres a ser parte de las discusiones, los debates estuvieron marcados por una presencia eminentemente masculina. De todos los realizados en la zona paracentral, central, oriental y occidental del país durante 2016, nunca se conformó una mayoría femenina. Por ejemplo, en la discusión de salud sexual y reproductiva en la zona paracentral, de 27 participantes, solo 9 eran mujeres.

Laura Chavarría es una líder de la zona oriental de 27 años. Ella formó parte de los debates 3D en 2016 y cuenta que en el primero al que asistió “era la única mujer en la mesa y de ahí todos los demás eran hombres”.

Chavarría considera que “hace falta incentivar a otras jóvenes líderes o llegar a otros grupos juveniles para que mujeres tengan acceso a espacios como ese”.

Para las mujeres que forman parte de la junta directiva del proyecto 3D es lamentable que aún en espacios que busquen la inclusividad, se perpetúen modelos con menos participación de voces femeninas. Margarita Valdés cree que este es un “problema cultural porque no estamos acostumbradas a ver mujeres empoderadas” sin asumir que la mujer está en esa posición por algún favor.

De acuerdo con cifras de 2015 de la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) la tasa de participación laboral de la población económica activa está marcada por sexos. Mientras que en los hombres la tasa es de 80.23, para el caso de las mujeres es de 46.71.

“Cuando vemos a una mujer en una posición de poder, solo vienen insultos detrás”, dice Valdés. En esa misma línea opina Andrea Ramos. Ella cuenta que prefiere estar “detrás de bambalinas” de los procesos pero que, poco a poco, se ha ido convenciendo de la necesidad de ver mujeres en roles protagónicos. “Falta ese empoderamiento, falta decir: Yo asumo”, menciona mientras estira la espalda y levanta la barbilla.

Para mediados de 2017 se está planificando el encuentro nacional de todos los jóvenes que han participado en los debates durante tres años. Se espera una reunión con al menos 300 participantes. Marlon Anzora explica que en ese encuentro, los frutos del debate se convertirán en “propuestas de solución que pueden ser leyes, acciones o políticas públicas referente a dos temas ligados a salud sexual reproductiva y violencia y seguridad”.

La rebeldía de los que integran el debate 3D consiste en una cosa: aprender a discutir en un país que se desangra a diario y no busca entender las razones del otro. Aun así, los coordinadores de los debates saben que su labor no ha sido suficiente para las necesidades de diálogo del país y es que, en palabras de Emilio Orellana, “el proceso va a tardar porque tenemos que desaprender un montón de cosas que nos han enseñado”.

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