Un héroe de las libertades

En su monumento mortuorio hay una placa conmemorativa: “Marcelino García Flamenco, salvadoreño, 19 de julio de 1919. Dio su vida por las libertades de Costa Rica”. Su ejemplo lo hicieron suyo los maestros costarricenses.
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En 1924 tres personalidades de la educación en El Salvador fundaron un colegio con el nombre de Marcelino García Flamenco. Los tres maestros (Rubén Dimas, Salvador Cañas y Francisco Morán) de la misma generación graduada en la Normal de Varones, San Salvador, nominaron el centro educativo en recuerdo de otro maestro que 10 años antes se había titulado en esa misma Escuela Normal: Marcelino García Flamenco, nacido en San Esteban Catarina en 1888, El Salvador, y emigra a otros países donde deja un gesto heroico. Su sacrificio tiene que ver con la historia democrática de Costa Rica. Se trata de un salvadoreño sencillo, sin pretensiones de poder como lo demuestra una carta de despedida que cito más abajo.

No se sabe el motivo de su emigración, quizás por cultura migratoria del salvadoreño, o por vacíos de oportunidades o para cumplir una misión que le estaba destinada. Su martirologio se origina luego de haber sido testigo de un asesinato cometido contra reconocidos luchadores que huían perseguidos por oponerse al dictador costarricense general Federico Tinoco.

Su historia de héroe comienza cuando se traslada a Honduras y luego reside por tres años en Costa Rica, radicándose en una comunidad muy al sur de ese país, cerca de la frontera con Panamá: Buenos Aires, “población solo con 11 casas y 100 ranchos”. En la escuelita se dedica a dar clases a los pocos niños del lugar. Y es aquí donde llegan en calidad de perseguidos hacia Panamá siete políticos democráticos. Huyen de las fuerzas represivas del general Tinoco. En ese lugar son capturados y luego asesinados, entre ellos un líder reconocido: Rogelio Fernández Güell, diputado, escritor, periodista, personalidad pública, director de la Biblioteca Nacional de México “un hombre de lucha por el bien”. Y hasta ese lugar, en un azar predestinado, la muerte se encontró con el salvadoreño.

Cometido el crimen llamaron a atestiguar para el informe oficial por el único letrado de la aldea, el maestro Marcelino García Flamenco. El maestro quedó impresionado y escondió a sus niños para no enfrentarlos a los cadáveres. Quiso conocer más el motivo de los asesinatos y acudió al llamado de los criminales: “Acepté porque quería conocer los datos de sus muertes… recordando mi posición de maestro, mi calidad de hombre civilizado”. Y sin ser actor del acontecimiento escribió lo que dictaban los asesinos. No duró un mes para trasladarse a Panamá y denunciar los actos de crueldad cometidos por el ejército de Tinoco (1915). Camina a pie por ocho días hasta David, Panamá, para denunciar el crimen “pues no podía hacerlo en Costa Rica”.

Tiempo después se traslada a la isla Ometepe, en el lago de Nicaragua, famosa porque en el medio hay dos volcanes de belleza cautivadora. En Moyogalpa, pueblo de la isla, obtiene plaza de maestro. Pero al lugar llegó un grupo de políticos costarricenses opositores al general Tinoco. Quieren conocer a la persona que tuvo la valentía de denunciar el crimen contra Rogelio Fernández Güell y le invitan a sumarse en contra del dictador. Por un compromiso ético García flamenco acepta.

Enamorado de la isla nicaragüense escribe una carta de despedida para quienes lo apoyaron con la plaza de maestro y demostrativa de su vocación: “Si salgo vivo regresaré a la escuela de este paraíso de Ometepe… me voy con los compañeros de aventura, un día antes subí al volcán y desde ahí pude ver a Costa Rica y presencié el más bello crepúsculo que han visto mis ojos”. Continúa: “será locura mía (pero) el deber de maestro centroamericano me llama… si salgo con vida volveré a dar clases en Moyogalpa”.

Lo imagino recorriendo en aquella época grandes distancias para cruzar Costa Rica y llegar a Panamá. La idea es organizar una invasión. Solo lleva su ropa y sus libros dentro de un bolso, tal como había salido de El Salvador.

Por falta de experiencia y ante un hecho de tanta envergadura organizada por jóvenes para derribar al dictador, son detectados y capturados por el ejército de Tinoco poco después de haber ingresado a Costa Rica, en el mismo poblado de Buenos Aires. Los asesinan a todos en un combate sostenido en Guanacaste. Al salvadoreño lo arrastran con un caballo y como se negaba a morir lo queman vivo. “Brilla su memoria en la conciencia de Costa Rica, puesto que es un símbolo, y que los niños lo amen siempre, de una y otra generación”, dice de él un expresidente de aquel país: Julio Acosta Rodríguez. “Es un altísimo, singular y mágico símbolo de la conciencia, y la generosidad” (citas de Reforma Social, Nueva York, 1918 y Ediciones García Flamenco, San Salvador, 1954).

En su monumento mortuorio hay una placa conmemorativa: “Marcelino García Flamenco, salvadoreño, 19 de julio de 1919. Dio su vida por las libertades de Costa Rica”. Su ejemplo lo hicieron suyo los maestros costarricenses que en protesta por los crímenes organizaron una huelga que culminó con la caída de la dictadura tinoquista, tal era la conmoción por el asesinato del profesor salvadoreño y de sus compañeros, y el anterior crimen contra Centeno Güell.

Muchos salvadoreños desconocemos este hecho de García Flamenco que muere a los 31 años (1919), quien hizo suya a Costa Rica en una acción centro americanista, pese a que siempre estuvo distante de los centros políticos.

Su crimen está relacionado con una decisión parlamentaria en el hermano país: Tinoco es el único presidente que no se encuentra en la galería de la Asamblea Legislativa. Según acuerdo parlamentario, para formar parte de esa galería presidencial se requiere haber sido un ciudadano ejemplar e íntegro. Y en Costa Rica al único que no le reconocen esos valores como mandatario es al dictador Tinoco, cuyo retrato ha sido removido de la Asamblea. No existe. Pero a García Flamenco se le recuerda como “Héroe de las libertades costarricenses”. Libertad en el sentido de humanismo equitativo, derechos sociales, honradez en el manejo de dineros públicos. Leyes no solo para los descalzos.

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