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Un historiador en el exilio

No importa que ahora radique a más de 8,000 kilómetros de distancia, en Barcelona. Cuando de historia salvadoreña se trata, muchos terminan consultándole a Carlos Cañas Dinarte. El investigador salvadoreño de 42 años confiesa, a veces con guiños de malestar, que su visión del país y la de su propia vida se han ido modificando en el transcurso de estos tres años que lleva de autoexilio.
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Obra.  Madrid, enero, mientras firma ejemplares de “El Salvador, la guía de turismo” que escribió para la editorial Límite y el Ministerio de Turismo.

Obra. Madrid, enero, mientras firma ejemplares de “El Salvador, la guía de turismo” que escribió para la editorial Límite y el Ministerio de Turismo.

Frutos.  El “Atlas cartográfico de El Salvador” cuando acababa de salir de la imprenta. Esta imagen la envió Cañas Dinarte y a él le llegó como cortesía del departamento de Comunicaciones del CNR.

Frutos. El “Atlas cartográfico de El Salvador” cuando acababa de salir de la imprenta. Esta imagen la envió Cañas Dinarte y a él le llegó como cortesía del departamento de Comunicaciones del CNR.

Hoja de vida.  Cañas Dinarte es miembro de la Academia Salvadoreña de Historia. Aquí, posa con el escritor y editor guatemalteco Armando Rivera.

Hoja de vida. Cañas Dinarte es miembro de la Academia Salvadoreña de Historia. Aquí, posa con el escritor y editor guatemalteco Armando Rivera.

En familia.   Hace ya tres años que Carlos Cañas Dinarte reside en Barcelona con su esposa, Paty, y su hija, Filippa.

En familia. Hace ya tres años que Carlos Cañas Dinarte reside en Barcelona con su esposa, Paty, y su hija, Filippa.

Un historiador en el exilio

Un historiador en el exilio

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En catalán, “carrer” significa calle. Y Carlos Cañas Dinarte, el historiador salvadoreño, vive sobre una céntrica carrer de Barcelona cuyo nombre recuerda, un poquito, al del país, la Salvà. Su piso casi roza las aspas de neón de El Molino, la versión barcelonesa del Moulin Rouge.

Dinarte podría jurar que es un vecino para nada escandaloso, a diferencia de una apasionada pareja que vive en el piso de arriba. Dinarte prefiere obviar que tiene a tiro de piedra la playa, La Rambla y hasta un Pollo Campero. “Hay gente que me dice que es fácil vivir fuera del país. Y no, no es nada fácil”, se desdobla serio el historiador, quizá el más prolífico y consultado de El Salvador, quizá el que más seguidores tiene en Facebook y Twitter: más de 10,000 y sumando.

Desde que vino a España, ya hace tres años —junto a Paty Guerrero, su joven esposa mexicana, y Filippa, su hija de tres años nacida en San Salvador—, ha conseguido publicar un puñado de documentos dedicados a un país tan pequeño como desmemoriado: “Enciclopedia digital de El Salvador”, “Atlas cartográfico de El Salvador”, “Mujeres en la independencia de El Salvador”, “Gritos de libertad”, un detallado catálogo de billetes antiguos...

Sin embargo, él se siente inquieto, inconforme, porque en algunos casos ha habido hasta robo de ciertos proyectos cuando ya los ha terminado. O porque sus investigaciones se las pagan mal o, de plano, no se las pagan. Por ejemplo, hace poco más de tres años tuvo que quejarse con la gubernamental Secretaría de Cultura por los derechos de autor de su diccionario de autores salvadoreños.

Frente a la creciente crisis económica que golpea con saña a España, ya ha adoptado un estilo de vida más sobrio: comer siempre en casa, racionar el gasto en el transporte colectivo, visitar lugares gratuitos... Y pese a lo anterior, dice que buscará la manera de no regresar pronto al país, porqu, a pesar de la tarareada crisis española, la vida, en términos económicos y políticos, es mucho menos constreñida que en “la aldea guanaca”, porque dicho en sus palabras, “eso es El Salvador: una aldea, llena de poblanos, aunque se digan intelectuales”.

Dinarte se labró el título de historiador con el cincel de la investigación innata sin tener un título académico que lo acredite como tal. La historia, la ciencia que estudia el pasado de las sociedades humanas, es aún un nicho poco, muy poco explotado en el país, eso a pesar de que se tararea que la historia sirve para interpretar los tiempos en los que vive una sociedad, y sobre todo, para educarla. Hay muchos vacíos. Dinarte estudió Letras porque a la historia salvadoreña, la que se enseña en universidades, recién le salen dientes. Para esta sociedad, la historia no ha sido tan prioriataria como la medicina o el periodismo. La Universidad Tecnológica abrió la carrera de historia en el ocaso de la década de los noventas. Y la Universidad de El Salvador, la única de la red pública, la consideró como carrera recién en 2002.

¿Por qué tomó distancia del país? Dinarte resume que hace poco más de tres años, su esposa consiguió ser la becaria de un Doctorado en Ciencias Cognitivas de la Universidad de Barcelona. Y decidirse a acompañarla, cuando dependía de su empleo como docente y del pago de esporádicas publicaciones, fue como “una solución a corto plazo” para sus problemas de índole económica.

—En El Salvador de hoy, muchas cosas dependen de padrinazgos políticos. Y no sirvo para eso —explica la razón de su exilio.

Dinarte tiene una especial manía por las efemérides, por los aniversarios. Casi todos los días tuitea efemérides históricas en una de sus dos cuentas: @efemeridessv. Y aunque no lo tuiteó, este lunes 20 de mayo es la suya: cumple 42 años de edad. Y lo celebra como un día más, en su apartamento. Un sitio limpio y bonito, pero con nada más que lo necesario.

En el apartamento llama la atención el picaporte de la puerta de su sala, donde cuelga una bolsita de “El Salvador impresionante”. Se observan tres libros de Horacio Castellanos Moya, el cáustico escritor salvadoreño, y una pila de libros infantiles para su hija Pippa, que suelen ser prestados en alguna de las muchas bibliotecas públicas de Barcelona. Dinarte asegura que este es su espacio de trabajo. Y señala un extremo de la cercana mesa del comedor donde sobresale una laptop que depende de un enorme monitor, porque desde hace dos años la pantalla se quedó en blanco.

—Cualquiera pensaría que tengo un equipo de última, pero tecnológicamente, mi computadora es un vejestorio, tiene siete años. Pero aquí están los materiales (investigaciones) reunidos en 20 años.

En 20 años, Dinarte asegura que ha reunido cualquier cantidad de apuntes sacados de lecturas de libros, revistas y periódicos salvadoreños o relacionados con El Salvador. Posee también una suerte de fotografías antiguas de El Salvador, todas en alta resolución. Y curiosidades documentadas, como la visita al país, a mediados del siglo XX, del existencialista francés Jean Paul Sartre; o de la nacionalidad salvadoreña de la esposa de John Nash, el famoso matemático ganador del premio Nobel.

De momento, Dinarte descarta comprar una nueva computadora porque no puede quitar 1,000 euros o 500 euros de sus gastos fijos. De hecho, para ahorrar alrededor de 300 euros mensuales, que es lo que cuesta una guardería en promedio en Barcelona, ha buscado la forma de educar a Pippa en casa. “Con Paty aprende ciencias y conmigo aprende algunas cosas de lenguaje. O con Paty hace muchos de estos libros de modelismo, o se va conmigo a una biblioteca”, lo dice Dinarte, dueño de una apretada hoja de vida: Licenciado en Letras, investigador histórico, editor, docente, exjefe del Departamento de Comunicaciones y Archivo de El Diario de Hoy, miembro de la Academia Salvadoreña de la Historia y ganador de varios premios de ensayo, poesía y cuento. Y sobre todo, el autor de cualquier cantidad de investigaciones: “Montessus de Ballore, un sismólogo francés en El Salvador en el siglo XIX”; “Nápoles en El Salvador: Giovanni Juan Aberle”; “Historia de la energía geotérmica en El Salvador”, entre muchos otros más.

Según el propio Dinarte, sus horarios de trabajo están amarrados a los de su hija y a los de Paty, quien casi todos los días debe ir a la universidad. “Mi hora favorita para trabajar es entre 6 y 8:30, cuando Pippa se levanta”. Cuando en El Salvador son las 10 de la noche, Dinarte despierta a revisar sus materiales, su correo y los proyectos de investigación que lleva anotados en una agenda negra que dice “Star Wars”. Barrer, cocinar y poner ropa a lavar también está en agenda.

Este día, por ejemplo, el de su cumpleaños, Dinarte ha pasado absorto en criar. El historiador llevó a Pippa a jugar a un parque cercano, llamado Sant Pau del Camp, que está jalonado por cipreses y una inglesita románica del siglo IX. En su afán familiar ignoraba que este día hasta el logo de Google estuviera dedicado al 125.º aniversario de la Exposición Universal de Barcelona. Igual, Dinarte parece tener siempre un comentario histórico bajo la manga.

—Resulta que esa fue la exposición a la que vino David J. Guzmán trayendo productos salvadoreños a exhibir a Barcelona. Cataluña y El Salvador tienen una relación enorme. Por ejemplo, uno de los que trabajó con Gaudí fue el responsable de toda la herrería de las puertas y los balcones del Palacio Nacional.

Históricamente, en Barcelona es muy raro que nieve. Sin embargo, este último fin de semana de febrero, la mitad de “la ciudad condal” ha amanecido blanqueada, escarchada. Y Dinarte —abrigado con una sencilla sudadera negra— se dispone a visitar el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona, donde se presenta por último día, y de manera gratuita, una exposición sobre otra de las calles que discurren frente a su piso, la avenida Paralelo, llamada así, según explica él, porque está trazada sobre un paralelo terrestre, concretamente con el de latitud 41.°22'34 norte.

Mientras empuja el cochecito de su hija, pasa revista a la exhibición. “Cosas como estas podrían hacerse perfectamente en San Salvador”, dice mientras observa un video que traslapa fotografías antiguas de la Avinguda del Paral·lel con animaciones y sonidos antiguos. Después, reflexiona algo.

—Los catalanes tienen muchas cosas positivas, pero son una sociedad dura de abrirse. Son muy enconchados.

Dinarte critica que los catalanes hablen tanto de independencia y tengan que, en determinado momento, ir a Madrid a pedir dinero para pagar su planilla. Que alardeen tanto de tener al mejor equipo de fútbol del mundo, un equipo que se infla el pecho dentro de España, pero que se desinfla contra Alemania. “Lo mismo le pasa a los salvadoreños con su mito de ser trabajadores: ¿somos trabajadores frente a quién? ¿Frente a los ingleses o los japoneses? No”.

No hay día en el que Dinarte no republique, a través de Facebook, artículos de prensa de medios internacionales o salvadoreños y añada algo de su cosecha, como aquel día en el que publicó: “Welcome to Impunilandia, donde la memoria y la historia son meras interpretaciones”. Y agrega: “Los salvadoreños somos muy cómodos a la hora de ver nuestra realidad, nos pasamos quejando entre nosotros pero no tratamos de entender qué es lo que está pasando dentro del país. Entonces les tiro un post así, irónico o cruel, para que reaccionen y se den cuenta de las burradas que ven”.

Dinarte asegura que en el país queda por investigar casi todo, podría jurar que se inventa mucho, pero se sabe poco de la época colonial. Mientras ve a su hija jugar en el parque El Raval, Dinarte confiesa una serie de cosas. Que tiene una afición cara: la de recopilar en 11 carpetas varias publicaciones de Francisco Gavidia y un detallado periplo biográfico de Rubén Darío en El Salvador. “Pero casi nada de esto logra financiamientos para investigación o publicación, por lo que mejor lo defino como una afición cara de mi parte”, dijo. Y que, contra lo que muchos pensarían, tampoco posee documentos históricos originales: “Entre las pocas cosas originales que coleccioné estuvieron unos mapas centroamericanos y salvadoreños de los siglos XVIII, XIX y XX, pero la crisis económica ha hecho que los vaya vendiendo poco a poco”.

Dinarte cambia de tema. Mira los centenarios edificios que lo rodean y lamenta que exista una enorme ignorancia alrededor de alguien como Edmundo Barbero, un español que transmudó el teatro universitario a partir de 1961: “Medio mundo dice que era el viejito que fundó no sé qué, pero de allí no pasamos. Ese viejito era amigo personal de Rafael Alberti (un famoso poeta español) y de otros personajes destacadísimos. A estas cosas no les prestamos atención. Nos sigue pesando más el 10 a 1 contra Hungría”.

Su rostro adquiere la expresión de estar chupando al más ácido de los tamarindos. Lamenta, de manera personal, que “nuestros logros son bien chiquitos y los verdaderos logros no los dimensionamos”. “A El Salvador le pudo valer que Jorge Galán ganara el premio Adonay, que es el premio Nobel de la poesía latinoamericana. Y no pasa nada, no le mandaron una limusina cuando regresó al país.” Lo tiene claro, la cultura siempre es minusvalorada.

Es mayo. Y Barcelona respira una primavera fría. Abrigado con una sudadera gris, Dinarte se asoma a su terraza para ver la avenida Paralelo con su eterno vaivén de taxis y rostros cosmopolitas. Para el historiador, esta ciudad es “apantallante”, pero a nivel arquitectónico: un mosaico urbano con destellos de gótico, de modernismo, de art nouveau... Ya se siente capaz de ser un guía turístico, dice mientras entra a la sala, sobre cuyas baldosas su hija hojea unos libros de los que brotan castillos y princesas y que le fueron obsequiados por unos argentinos que promocionaban libros en la calle.

Sobre el sofá descansa otro tipo de libro, “Atlas cartográfico de El Salvador”. Uno gordo y cuajado de mapas de entre los siglos XVI y XX que Dinarte trabajó junto a su colega Pedro Escalante Arce. “El libro costó una décima parte de lo que gastó el Gobierno para andar peleando el tema de La Haya (el diferendo limítrofe con Honduras), $100,000, asegura Dinarte.

—¿Y con estos mapas habría cambiado en algo el fallo de La Haya?

—Sí, porque El Salvador se fue a presentar a La Haya con mapas escolares y cosas por el estilo. Aquí en la casa tuvimos a uno de los discípulos de los profesores españoles que fueron a defender el tema, y nos contaba que el país daba pena, no tenía nada que pelear. Y se gastaron $1 millón. ¡Si me dieran $1 millón!

Dinarte adelanta que en unos meses se publicará un “Diccionario de la traducción en América Latina”, uno que edita la universidad catalana Pompeu Fabra y donde Dinarte describe la biografía de algunos traductores salvadoreños. ¿Eso le significará algún ingreso? “En España hay tradición de pagar los trabajos, pero entre el momento en que te contratan y en el que terminan de pagar, uy, el dinero es bien poquito”, ríe Dinarte mientras corre a atender su teléfono fijo.

Paty, su esposa, cuenta que a mediados de abril el teléfono estuvo sonando repetidamente para darle el pésame, como si hubiese enviudado: “Era gente que preguntaba por el fallecimiento de su tocayo salvadoreño Carlos Cañas, el pintor (de 88 años). Me tocó explicarles que no, que aquí vivía el otro Carlos Cañas, el Dinarte, el historiador”.

Dinarte se reincorpora. Toma asiento en una de las sillas del comedor. El mismo Dinarte se pregunta si todo esto ha valido la pena. “Sí, porque he aprendido muchísimo de algo que no sale en los libros, he aprendido a vivir afrontando situaciones feas. Y que lo más importante es el afecto de la gente”, asegura.

En la distancia, desde Barcelona, asegura que continuará armando su propia historia y la de El Salvador. Ya ha enviado varios e-mail a San Salvador para ver si sale algo, otro proyecto de investigación. Le han respondido que, talvez con suerte, le darán luz verde en noviembre o diciembre.

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