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Un legado que se apaga

La herencia indígena en Panchimalco parece estar reduciéndose a los rasgos determinados por el código genético. Mientras una generación reniega por la apatía y el menosprecio, otra busca desligarse de sus raíces como si fuera una prenda pasada de moda. En medio de este dilema, las tradiciones ancestrales han pasado a pender de la vida de aquellos que se van acercando a la muerte.
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Preparada. Andrea tiene todo listo para el día en que vuelva a juntarse con su esposo muerto. Acumula los cabellos que se le desprenden y quiere llevárselos a la tumba.

Preparada. Andrea tiene todo listo para el día en que vuelva a juntarse con su esposo muerto. Acumula los cabellos que se le desprenden y quiere llevárselos a la tumba.

Un legado que se apaga

Un legado que se apaga

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<p>En la piedra de moler están triturando guacaladas de maíz cocido. A la par, sobre una hornilla encerrada entre paredes de madera y lámina, cuatro mujeres golpean masa y avientan pegostes redondeados a un comal de al menos 40 pulgadas. Otras tres soplan la leña sobre la que han puesto a hervir frijoles dentro de varias ollas en las que bien podría caber un niño de 10 años. A la par, un perol de similares proporciones achicharra pedazos de carne de cerdo en una manteca que parece oro líquido. Esta casa amplia pero descuidada se ha saturado de gente en segundos.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquí, en el barrio El Calvario, Panchimalco, los lugareños han dado inicio a la cofradía de San Antonio de Padua. He subido y bajado por las calles de esta ciudad, que fue levantada sobre un puñado de chichones de tierra, con tal de encontrar a una pancha que lo sea desde más allá de su piel y de su ropa.</p><p>&nbsp;</p><p>En la casa de la cultura aseguran que es improbable encontrar lugareñas que vistan con la blusa fruncida y holgada y el faldón copado de paletones. Que no ha surgido otra pancha representativa después de Martina Ventura, quien murió hace cuatro años, y cuyas fotos han figurado, como ícono cultural, en panfletos y artesanías para potenciar el turismo y el comercio del lugar... Pero espero que el mismo golpe de suerte que me ha hecho encontrar esta cofradía me ayude a encontrar a la que busco en medio de este gentío que huele a incienso y a leña quemada. </p><p>&nbsp;</p><p>En esta casa las mujeres andan de un lado a otro. Llevan consigo guacales de morro y de plástico. Trasladan más masa y más pedazos de cerdo hacia la cocina. Unas van hacia el lavadero, y otras hacia una ramada donde están asando hoja de huerta para tamales. Su vaivén me ha hecho recordar el recorrido de hace unas horas. </p><p>&nbsp;</p><p>Al igual que en este momento, la mayoría de mujeres que vi por la mañana atravesándose las calles de Panchimalco conservan rasgos indígenas, como piel morena, cara redondeada, nariz gruesa, ojos grandes y oscuros y estatura corta. Las vi esquivar algunos adoquines por estar llenos del excremento que deja la jauría de perros costilludos que pulula en los alrededores. Caminaban frente a la unidad de salud, cerca del mercado, por la casa de la cultura, y por las vías para llegar a los barrios aledaños al centro de Panchimalco. Ninguna sabía dónde encontrar a una pancha.</p><p>Una joven de unos 25 años que pasaba cerca de la alcaldía tenía clavados los ojos en un celular que puyaba con rapidez. Le pregunté si conocía a una pancha, si se consideraba indígena y si alguna vez había usado la vestimenta tradicional: “¡Jajaja! No, usted, yo ya soy del tiempo del pantalón”.</p><p>&nbsp;</p><p>Ni en las tiendas, ni en algunas casas que tenían las puertas abiertas, ni en las esquinas con postes pintarrajeados con mazorcas de maíz y estatuas de dioses indígenas me supieron dar referencia de una pancha. “¡Ay Dios! Hoy ya ni las viejitas se ven vestidas de panchas. Unas pocas se hacen blusones que se quieren parecer a los de antes”, aseguró una vendedora morena y regordeta. También mencionó que, a veces, aparece alguna en procesiones y otras actividades religiosas: “Ya ha de venir la procesión cerca. Espérela. Si tiene suerte, va a encontrar a alguna”.</p><p>&nbsp;</p><p>Y a esa esperanza tan enana estoy aferrado en este momento en que el olor a manteca invade la cofradía. Han pasado cinco minutos desde que todas las mujeres que venían por la calle con toallas, mantas o paños de los que se paren en el telar de cintura, ingresaron a la casa. Ahora están hacinadas en un cuarto reducido, hecho de adobe y con repello de cemento que es parte de esta casa ubicada a la orilla de una quebrada pestilente.</p><p>&nbsp;</p><p>Aquí no hay más ventilación que la que entra por una ventana de un metro cuadrado, y por la puerta angosta que permite el ingreso de las rezadoras. El incienso que están quemando, más la penumbra del cuarto y la escasa iluminación de las candelas de cebo, integran un cuadro de misticismo. Las mujeres, la mayoría ancianas, están hincadas rezando una cadena de padrenuestros y avemarías. Entran otras que llevan ramos de flores, la mayoría silvestres. Las acomodan en un altar repleto de colores, del que sobresalen dos palmas enfloradas que llegan hasta el techo.</p><p>&nbsp;</p><p>Los hombres no participan de los rezos. Están afuera del cuarto que en pocos minutos ha empezado a despedir ondas de calor. Platican de la procesión, de las celebraciones que se acercan, y hasta de lo rico que huelen los chicharrones que se están friendo en la cocina. A la par, unos adultos jóvenes discuten sobre qué coro van a tocar cuando acabe el primer misterio. Alistan el bombo, la trompeta, el redoble y el saxofón porque la ráfaga de rezos ha parado por unos momentos. </p><p>&nbsp;</p><p>En estos segundos de silencio en que la banda no ha empezado a tocar se escuchan, a lo lejos, los bits de un reguetón que repite sin cansancio “voy a tocarte toa”. Pero pronto quedan ahogados con la estridencia de los instrumentos que suenan desafinados al compás del canto “Es María la blanca paloma”.</p><p>&nbsp;</p><p>Algunas rezadoras salen del cuarto sauna a darse un poco de viento. Y dejan al descubierto a una anciana que, por su baja estatura, había pasado desapercibida. Está sentada en una banca de madera, cantando con las palmas de las manos unidas. Su piel es del color de la tierra fértil. Tiene la cara y las extremidades atiborradas de tantas arrugas que parece que le han trazado surcos en cada centímetro. No despega sus ojos grandes y de párpados caídos del altar en honor de San Antonio de Padua.</p><p>&nbsp;</p><p>Lleva puesto un blusón inflado de hombros y con paletones delgados, como el que usa el maniquí de barro de la casa de la cultura, pero de color rosado. Esos paletones se hacen más gruesos hacia el faldón que le llega hasta los tobillos. Desde la cintura y sobre el faldón lleva un refajo cuadriculado también copado de paletones. No es una réplica exacta, pero encaja con las características básicas del vestuario de pancha.</p><p>&nbsp;</p><p>Los cantos se han acabado y ahora todas las mujeres dentro del cuarto empiezan a tertuliar. La anciana de expresión melancólica no participa. Permanece callada con la mirada perdida. Está descalza.</p><p>&nbsp;</p><p> —Buenos días, señora. Es la única mujer que he visto con traje de pancha por aquí.</p><p> —¿Qué dice? Hábleme fuerte que ya estoy sorda.</p><p> —Que es la única mujer que he visto con traje de pancha.</p><p> —¡Ah! Sí, mis tatas me acostumbraron a vestir así y lo guacer hasta que me muera.</p><p>&nbsp;</p><p>Dice llamarse Andrea Guzmán, que tiene 90 años y que está orgullosa de ser pancha. Asegura que no aprendió a hablar náhuat porque desde los 13 años trabajó como cocinera de mozos en el centro de San Salvador. Está orgullosa de nunca haber usado zapatos, y se jacta de poder pararse en suelo caliente, pedregoso y hasta con espinas, y no sentir dolor. Menciona que solo tiene cinco trajes y que los cuida porque no tiene dinero para mandar a hacer otro, pero que prefiere andar la ropa rota a ponerse un pantalón: “A mí nunca me han cambiado de ropa, así me criaron y así me voy a morir. Como nuestros tatas, pues”.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Entre los descansos después de cada uno de los cinco misterios del rosario, Andrea ha asegurado que es la mayor de nueve hermanas y la única que queda viva. Ha mencionado que dio a luz a 12 hijos sin ayuda de ninguna partera, pero que se le murieron seis. “Yo solita me empujaba la barriga y cuando salían les cortaba el cuerdón con un cuchillo. Más tarde ya tenía que estar haciendo oficio”, ha dicho. Ha criticado que las mujeres se “capen” –esterilicen– después de dos hijos, y, mientras tanto, se ha atiborrado de pan de torta picado y chocolate caliente.</p><p>&nbsp;</p><p>Ahora que acaban de terminar las letanías y los últimos coros, vienen tres mujeres cargadas con comida. Han metido hasta el cuarto casi sin ventilación un guacal de aluminio repleto de sopa de frijoles con hueso de cerdo, y un canasto de junco encopetado de tortillas grandes y gruesas y de pedazos de carne bien dorados. Andrea, como todos los presentes, recibe una guacalada de sopa y tres tortillas. Empieza a sorber el caldo y deshace un pedazo de tortilla con los dedos. Ya no tiene dientes con qué triturar sus alimentos. “Aquí uno comparte con otros lo que tiene. Hasta en los rezos chiquitos dan aunque seya café con pan”, asegura al mismo tiempo que empieza a desmenuzar y succionar la carne que está pegada a un pedazo de hueso.</p><p>&nbsp;</p><p>Pregunto a las presentes sobre Martina Ventura, la pancha célebre. “Ella andaba de rezo en rezo. Y como siempre se da pan dulce, tortillas y comida, así iba pasando los días”, menciona una mujer carnosa, de pelo cano y corto. “Fíjese que algunos hombres que venían a surtir las tiendas de vez en cuando le daban un su cartón de huevos, y bajaba bien feliz hasta la casa donde le daban posada”, dice la morena delgada y de vestido pálido que está sirviendo los frijoles. “Decían que era famosa, pero nunca le ayudaron. Cuando no había rezo, se ponía a pedir en las calles y cobraba $1 por cada foto que le tomaran”, agrega la que está repartiendo las tortillas. Todas empiezan a escupir lo que saben de la difunta cuya imagen sonriente y arrugada va pegada a las artesanías que todavía se llevan los turistas. Debaten entre la veracidad de algunos comentarios. Que si nunca tuvo hijos porque el amor de su vida la traicionó y se decepcionó de los hombres. Que si le gustaba regalarle a los niños parte de la comida que recibía en las casas a las que iba. Que una vez siguió a unos turistas que no le dieron el dólar exacto.</p><p>&nbsp;</p><p>Entre bocado y bocado, también mencionan a Rosa Olmedo. “Ella era una pancha que no era pancha”, afirma una mujer colocha que está cerca del altar saturado de flores. De ella comentan que era zarca y blanca. Que nació en Mejicanos, que siempre la vieron con su traje de revuelo y que sabía hablar náhuat. Agregan que cuando dejó de salir en televisión se fue de Panchimalco y chismorrean que murió sola en la misma pobreza que Martina.</p><p>&nbsp;</p><p>Andrea no dice nada. Está absorta en sus frijoles y en las candelas del altar que siguen prendidas. No sonríe. Parece estar en un trance casi permanente.</p><p>&nbsp;</p><p> —Mamá, vámonos ya que tengo que ir al otro rezo –le interrumpe con un grito una mujer pequeña, robusta y con dos coronas metálicas en los dientes.</p><p> —¿Ahora vamos al del difunto?</p><p> —Sí, pero si ya le duelen los pies, mejor la voy a dejar a la casa.</p><p> —No, yo vuir con vos.</p><p>&nbsp;</p><p>Andrea mete en una bolsa negra las tortillas y el pan picado que le sobraron y se despide de las presentes. Sale, con su bolsa en la mano, delante de Rosa, su hija. Ambas agradecen a la capitana de la cofradía, quien ofreció el servicio por el descanso de un hijo que le asesinaron hace cuatro años. Madre e hija salen de la casa y dejan a sus vecinos departiendo. Andrea camina con letargo y se tambalea de izquierda a derecha. Es pasada la 1:30 de la tarde y el sol está quemando como si estuviera encolerizado. Los adoquines deben estar incandescentes porque el calor traspasa las suelas de mis zapatos. Sin embargo, Andrea avanza descalza como si caminara sobre cobijas de algodón.</p><p>&nbsp;</p><p>Rosa dice ser una de las rezadoras más activas de Panchimalco, y que no hay día de Dios que no tenga al menos un rezo que dirigir. “Pero hubo un tiempo en el que solo éramos rezos por muertos. Si casi todos los días se echaban a alguien, pues”, asegura. Recalca que no cobra por rezar, porque es un servicio a Dios que le enseñó su mamá y que no quiere perder la bendición. Agrega que a los jóvenes no les agradan las tradiciones y que han pasado a ser “cosa de viejos”. Dice que, como su madre, también se considera pancha, pero que no le gusta el vestuario tradicional. Ambas se despiden al bajar una pendiente que está después de la iglesia colonial y me invitan a regresar la próxima semana, que donde haya un rezo, ellas ahí estarán.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Ha pasado una semana y media desde que encontré a Andrea, la anciana que está orgullosa de ser pancha. Lo que he buscado en estos días ha sido la razón por la que, parece ser, que las panchas se están acabando poco a poco.</p><p>&nbsp;</p><p> “Todavía en El Salvador, el indio bueno es el que está muerto y el indio malo es el que está vivo”, respondió Ismael Crespín, un arqueólogo del Instituto para el Rescate Ancestral Indígena Salvadoreño (RAIS), mientras tomaba un café y atesoraba sobre las piernas un bolso de color amarillo quemado y hecho de yute. “El indio sigue siendo el brujo, el estafador, el ganguero, el pobre... y la exclusión es más seria en los pueblos cercanos a la capital”, enfatizó con base en los estudios que ha realizado, en diferentes asentamientos indígenas del país, desde hace más de 15 años.</p><p>&nbsp;</p><p>En estos días también escuché la teoría que brota de las entrañas de la Casa de la Cultura de Panchimalco. Walter Corado, el promotor, afirmó que la apatía de las nuevas generaciones de panchimalquenses se debe a la masificación de los medios de comunicación. Mientras me mostraba unas muñecas miniatura disfrazadas con diferentes trajes tradicionales, agregó que cuando alguna institución les pide una pancha, le ensartan un traje a una de las niñas del grupo de danza folclórica que tienen.</p><p>&nbsp;</p><p>No faltó la versión oficial por parte de Gustavo Pineda, el director de Pueblos Indígenas de la Secretaría de Cultura. Aceptó que en el país la palabra indio sigue siendo un insulto. Después, saturado de convicción como buen funcionario público, me aseguró que la lucha ha iniciado desde que el presidente de la República, Mauricio Funes, pidió disculpas a los pueblos indígenas por lo que han sufrido a lo largo de la historia. “Nuestro rol aquí es promover espacios, acompañar procesos”, afirmó. Aunque no ahondó en el cómo, mencionó que la meta es dejar instituido un espacio de inclusión de pueblos indígenas.</p><p>&nbsp;</p><p>Sea como sea, Panchimalco está perdiendo a sus panchas con cada anciana que muere. Y las teorías abstractas y las propuestas vagas y generalizadas no están cambiando esta realidad.</p><p>&nbsp;</p><p>Ahora, de nuevo en Panchimalco, me ha sido fácil encontrar a Andrea. Le he tomado la palabra a su hija Rosa y he preguntado dónde está el rezo de este viernes. En cuestión de minutos la he hallado rezándole a la Santa Cruz de Roma en una casa celeste y mixta. Hoy viste ropas celestes, con la misma hechura muy similar al traje de pancha, cuyas costureras –dirá más adelante– ya dejaron esta tierra. También porta un paño morado, blanco y negro que le regalaron hace años. Cuando se ha dado cuenta de que ha estado siendo fotografiada por mi compañero, ha chasqueado una mano sobre la otra y le ha dicho “págueme”. Después de que todos hemos recibido dos tortas secas con café, y resignada de que no recibirá dinero, ha aceptado llevarnos hasta su casa. Así, comenzamos a recorrer, a paso lento, más de un kilómetro de camino en el que los pies descalzos de Andrea han pasado sobre piedras, adoquines y tierra húmeda.</p><p>&nbsp;</p><p>Esta casa tiene un patio amplio, pero el espacio construido es poco. Hay un galerón de concreto de menos de 10 metros de largo en el que viven Rosa, dos de sus nietos, sus cinco hijos y su esposo. Anexo, en un cuarto más pequeño, que mide menos de 5 metros cuadrados y hecho de bahareque, duermen Andrea y dos nietos que la cuidan desde hace cinco años. Este espacio, donde también hay unas sillas viejas, una mesa de madera, varias plantas ornamentales, un volcán de chiriviscos secos, un lavadero patojo y un limonero cargado, es demasiado reducido para que convivan 12 personas, pero no tienen opción. Unos polluelos amarillentos pían por todos lados y el bisnieto menor de Andrea gatea detrás de ellos en el suelo terroso.</p><p>&nbsp;</p><p>Andrea está sentada en un banco de madera. Todavía jadea por haber caminado. “Es que por ustedes pegué carrera”, dice en son de broma. Se peina la melena larga, lisa y negra casi en su totalidad, que le llega hasta debajo de los pechos. Asegura que lo hace “para espantar la calor”. Sin pudor alguno, guarda cuidadosamente, dentro de una de las bolsas de su refajo cuadriculado, los pelos que se desprenden de su cuero cabelludo. “Estos se van conmigo a la tumba”, afirma. Dice que los empezó a recolectar cuando las arrugas la empezaron a invadir, y que cuando se haga parte de la tierra quiere que no se le escape ni uno solo de estos hilos negros.</p><p>&nbsp;</p><p>Mientras se trenza la melena recuerda cuando trabajó de cocinera en Los Planes de Renderos y en el centro de San Salvador. Con la mirada en el lavadero, donde tiene unos trapos que debe enjuagar, cuenta que tenía 13 años cuando hacía el viaje de casi dos kilómetros en carreta. Su trabajo consistía en echar tortillas, cocer frijoles y revolver huevos para 20 mozos.</p><p>&nbsp;</p><p>Termina de hacerse dos trenzas que le cuelgan en la espalda. Se levanta a limpiar una hornilla que tiene sobre un barril oxidado que está al aire libre. Bota algunas hojas y pedazos de plástico y recuerda las muertes de sus hijos. Dice que dos le nacieron muertos, que a uno le hicieron mal de ojo, que una dejó de respirar por una calentura y que dos se le murieron grandes. Aparta una de sus blusas rosadas que está tendida en un alambre. Está a punto de encender fuego y no quiere que se le ahúme. Dice que todas las señoras que le cosían su ropa con revuelo ya están muertas.</p><p>&nbsp;</p><p>Se queja porque antes pagaba 5 colones por la hechura, y que ahora cobran hasta $35. Cada vara de tela hecha en el telar de cintura cuesta $6 y ella necesita al menos 8 varas para que le hagan su faldón con paletones. Por la falta de dinero, su hija menor, de 45 años, le confeccionaba los trajes con cualquier tipo de tela que estuviera barata. Deja el pedazo de leña en la hornilla y se le queda viendo al blusón rosado que acaba de apartar. Fue el último que le hizo su hija menor. “¡Ay! Pobrecita mija”, se lamenta, y sus ojos grandes y oscuros se le ponen vidriosos.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p>Estela, la hija menor de Andrea, está presa desde hace cinco años, y para cumplir con su condena le faltan 10. Cuando vivía en el cantón Azacualpa, al sur de Panchimalco, la acusaron de cobrar extorsiones para pandilleros. Andrea deja lo que está haciendo. Entra a traer unas fotos a su cuarto de bahareque. Desde adentro, asegura que el techo está picado y que, cuando llueve ,deja pasar varias goteras. Regresa al banco de madera. Vuelve a sentarse y a recordar.</p><p>&nbsp;</p><p>Dice que solo se ha puesto yinas las pocas veces que ha podido ir a visitar a Estela a cárcel de mujeres, en Ilopango. Dice que ahora su hija Rosa es la que intenta hacerle y remendarle la ropa, que no le sale como a Estela, pero que así es más barato. Dice que es una injusticia, que a su hija la inculparon por maldad.</p><p>&nbsp;</p><p> —Cálmese, abuelita, acuérdese que está enferma. No se nos vaya a agravar –intenta consolarla su nieta y tocaya.</p><p>&nbsp;</p><p>Andrea, la nieta, es trigueña y pequeña. Tiene 20 años, estudió hasta segundo grado y nació el mismo día que su abuela. Es la única de los 12 que trabaja. Gana $5 al día vendiendo pan en las calles. Eso debe alcanzar para la comida diaria de todos. Sus hermanos y un primo están buscando trabajo, pero no han conseguido. Así que van a buscar leña y la venden para tener un poco más de ingresos.</p><p>&nbsp;</p><p>Después de un largo silencio, Andrea le responde a su nieta: “Si yo ya no voy a durar mucho, hija. Asaber si Dios me va a permitir ver cuando la Estela regrese”. Para entonces debería tener 100 años.</p><p>&nbsp;</p><p>Andrea habla de la muerte como si fuera un regalo que espera. Ha estado enferma estos últimos días, pero no ha querido ir a un hospital. Mira la foto de su esposo muerto y asegura que ya tiene todo preparado para cuando le toque dormirse del todo. Ya mandó a hacer su mortaja, que es una especie de bata blanca llena de paletones que comienzan en el pecho. También tiene un paño colorido que estrenará su cuerpo cuando esté helado y rígido. “Así se fueron mis tatas y así me vuir yo”, asegura.</p><p>&nbsp;</p><p>Ha dejado clara su última voluntad. Quiere que la entierren con la mortaja y el paño puestos. También ha pedido que a un lado le pongan la pelota de pelos que ha hecho desde que las arrugas le empezaron a calar la piel, y las cinco mudadas panchas que tiene.

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